Constantino Molina
Niño parabólico
Periférica
200 páginas
POR JAVIER MORENO

Odiamos la autoficción. Amamos la autoficción. La odiamos porque estamos cansados de tanto yo que impregna las páginas de tantísimas novelas, un yo a menudo narcisista que solo persigue la atención del lector y un like compasivo o solidario del morbo que supone la exhibición de intimidades. La amamos porque a veces, como la proverbial aguja en el pajar, encontramos una voz que revela una subjetividad pero que al mismo tiempo es capaz de mirar hacia afuera y mostrarnos -de otra manera- eso que pasa -o podría pasar- por delante de nuestras narices todos los días o una vez en la vida. Es esa inverosímil lente que permite mirar al mismo tiempo hacia el exterior y hacia el interior y, de ese modo, fundir lo particular y lo universal, lo que nos reconcilia con el género. Y sí, digámoslo desde ya, Niño parabólico forma parte de estas afortunadas excepciones.

Niño parabólico es la primera novela de Constantino Molina, un autor asociado hasta ahora al género poético. Podríamos mencionar en su haber poemarios como Silbando un eco extraño o Premio Cervantes. Constantino Molina sigue el rastro de otros poetas que decidieron en un momento dado de su escritura operar un cambio de género o, al menos, ampliarlo. Esta transición, sin embargo, no supone una discontinuidad. La prosa de Niño parabólico está colmada de poesía si entendemos que la poesía es una manera de mirar (poner la mirada, podríamos decir, en modo metafórico) y una preocupación por la forma en la que esta mirada se traduce en lenguaje. Al fin y al cabo ese niño parabólico que anticipa el título de este libro es el propio poeta que tiende su antena al mundo (también a sí mismo) para captar sus señales, esa radiación de fondo que escapa a menudo a la mirada desatenta del resto de mortales.

Constantino Molina recorre las calles del barrio madrileño de Argüelles mientras reflexiona sobre lo humano y lo divino, aunque mucho más de lo humano, todo hay que decirlo. Hay un deslumbramiento continuo por el barrio y por la ciudad, el que experimenta el niño y adolescente de pueblo que se traslada a Madrid para triunfar o para ver cómo fracasan todos sus sueños. Recuerda a veces esta novela de Constantino a las observaciones sobre la ciudad de París de Louis Aragon en El campesino de París, solo que cambiando de ciudad y trasladándose un siglo más tarde. Si Aragon miraba la ciudad desde su particular filtro surrealista, Constantino Molina lo hace desde una materialidad trascendida por la belleza y el amor, una mística de las pequeñas cosas que reinventó Manuel Vilas en Ordesa y cuya estela persigue este Niño parabólico. Aunque también hay cierto surrealismo en las páginas de este libro, un surrealismo trufado de humor que encontramos en tantas y tantas anécdotas, como en la propia genealogía del título, que no desvelaremos, en la impresión en 3D de un tomate de mercado, en la ambigüedad fonética entre el come y el cum, o en los asesinatos virtuales que el narrador perpetra en aras a conservar su preciado reloj de oro.

Se habla en este libro de brandy, de arte, de ese paisaje madrileño que es el Parque del Oeste y la Casa de Campo. Comparecen personajes como el viejo loco y Vilde. Oímos hablar desde el más allá a Vicente Aleixandre desde su casa de Velintonia e incluso asistimos a un mini ensayo a propósito de Montaigne, que sirve como paradigma de esa mezcla que persigue el autor y que sin duda consigue, esa alquimia que funde lo personal y lo universal. Porque también se prodiga Constantino Molina en la reflexión, bien con connotaciones estéticas o psicológicas, porque tal vez sea el pensamiento esa herramienta (bomba de fusión) que nos permite ubicarnos en ese terreno intermedio entre lo micro y lo macro. Valga esta cita como ejemplo: «Porque ésa es la tarea de la literatura, la de recoger los elementos que uno va cosechando por ahí en el día a día y meterse luego con ellos al cuarto de trabajo para formar una cosa distinta. Es un exiliarse de la vida durante un rato cada día por caer más de lleno en ella cuando se sale afuera. Es el momento de la catálisis, en el que vida y pensamiento se fusionan, en el que la vida se ensancha más allá de sus límites corpóreos a través de la palabra y genera un algo que antes no estaba pero que ahora existe y que, mira tú por dónde, nos hace más felices, conscientes, plenos y sensatos que antes. Y que, además, resulta que también es vida». Y amén.