Guillermo Aguirre
Estival
Sexto Piso
256 páginas
POR JAVIER MORENO

Guillermo Aguirre se dio a conocer en el mundo literario al hacerse acreedor del premio Lengua de Trapo con su novela Electrónica para Clara (2010). A partir de ahí se suceden otras novelas como Leonardo (Lengua de Trapo), El cielo que nos tienes prometido (Demipage) y Un tal cangrejo (Sexto Piso). Si en Un tal cangrejo asistimos al despliegue de la adolescencia del protagonista en la ciudad de Bilbao y en Electrónica para Clara Jonás, su protagonista, se desenvuelve en un ambiente urbanita de bares y clubes nocturnos de Madrid, en Estival el contexto en el que transcurre la trama es el ambiente rural de un pueblo burgalés.

Se estructura Estival en breves capítulos que siguen un orden cronológico correspondiente a la edad de Jonás, ese alter ego del autor. Asistimos así, prácticamente ab ovo, a la vida del personaje que es el narrador y no lo es, al mismo tiempo. Despliega Aguirre en su novela un juego interesante de temporalidades -y de narradores- que consiste en que quien cuenta la historia sea el propio personaje describiéndose a sí mismo en segunda persona. Como ya dijo alguien, vivimos en primera persona, pero recordamos en segunda o en tercera persona, y esta es una novela hecha de recuerdos y, por tanto, de segundas personas. En efecto, el Jonás del futuro recrea las sucesivas estancias vacacionales del Jonás del pasado en la casa de campo burgalesa. Como en otras narraciones literarias o fílmicas (la última digna de mención podría ser Los años nuevos de Sorogoyen) es esa discontinuidad en el tiempo de la narración la que otorga buena parte de su singularidad a Estival ya que asistimos, como si de una sucesión de diapositivas se tratara, a la evolución de su protagonista a lo largo de sus estancias vacacionales.

Jonás reparte su vida entre la ciudad de Bilbao y su pueblo burgalés. El narrador se encarga de hacer notar el contraste entre un modo de vida y otro; no solo eso, sino que, a pesar de la menor cantidad de tiempo vital transcurrido en el pueblo, Jonás se va adaptando a los usos y costumbres rurales hasta asimilarse con sus habitantes. Acompañamos al protagonista durante sus excursiones a la naturaleza, sus baños en el río, en las reformas sucesivas de la casa, en sus borracheras y, por supuesto, en sus experiencias amorosas, unas veces correspondidas y casi siempre defraudadas. Fracasos emocionales, pero también profesionales, ya que Jonás parece no llegar a asentarse nunca profesionalmente tras su malogrado intento de triunfar en la pintura.

El elogio de aldea que transmite la narración no es sobrevenido como en algunas novelas neorrurales, sino adquirido durante sus estancias en el pueblo. La vida en Bilbao queda apenas esbozada mientras que la estancia en el pueblo es relatada hasta el menor de los detalles, como si el resto del año representara un gris desempeño frente a la intensidad y el colorido de los veranos. Este colorido local se contagia al lenguaje del autor, un lenguaje que incluye una considerable cantidad de localismos y que, todo hay que decirlo, adolece a veces de un exceso de preciosismo.

Pero no solo comparece la vida en el pueblo en el relato. Al hilo de los años se suceden asimismo los grandes acontecimientos del país y del mundo. El atentado de las Torres Gemelas, el terrorismo de ETA, la epidemia de Covid… son solo algunos ejemplos de cómo la realidad se incrusta en esa comunidad casi amniótica de lo rural. La secuencia temporal nos lleva hasta el futuro, un futuro que especula con los acontecimientos planetarios, pero también con los de su protagonista. La historia unidireccional que culmina en el presente (2025) se bifurca a partir de ahí en varias posibilidades, y ahí reside una de las virtudes de esta novela, que se inmiscuye en el universo de lo posible y lleva de la mano al lector a través de una sucesión de historias como si de elegir la propia aventura se tratase. Algunos de esos futuros probables conducen a realidades distópicas que no son sino una proyección de los miedos que nos atenazan en el presente: inteligencias artificiales amenazantes, premonitorios apagones eléctricos que nos devuelven a la casilla de salida de la civilización… En estas condiciones el pueblo (esa gran familia vigilante que juzga y que al mismo tiempo protege) vuelve a constituirse en refugio y espacio de rearme de los valores humanos. Tierra, amistad y amor; de esa pasta, según el narrador, es de lo que estamos hechos los hombres.