
Guillermo Saccomanno
Arderá el viento
Alfaguara
242 páginas
En toda ficción se entrelazan al menos tres voces: la del personaje, la del narrador y la del autor. Pueden coincidir o discrepar mucho, poco o nada, da igual, porque el milagro del relato se produce cuando esta Santísima Trinidad retrocede. Allah hay solo uno, por más que sea múltiple, fluctuante o use la primera del plural.
La boutade viene a cuento a propósito del narrador de Arderá el viento (Premio Alfaguara 2025), de Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948). Un «nosotros» que se articula como la voz colectiva de un pequeño pueblo de la costa argentina, la misma «Villa» de la lograda Cámara Gesell (Premio Dashiell Hammett 2013). Una antigua colonia de emigrados alemanes —puede que incluso nazis— devenido en un balneario concheto (pijo) extremadamente clasista, reaccionario y hasta misógino, flanqueado por asentamientos de gorritas (marginales) que garantizan el confort de los señores.
Esa pequeña comunidad ya lo tiene todo —hipocresía, maledicencia, corrupción política (adjudicaciones fraudulentas a primera línea de mar) y mucha violencia larvada—, para que la historia se encabrite como un potro sobre la arena. Así ocurría con Cámara Gesell a lomos de un narrador polifónico y fragmentario, tan poético como brutal, que astillaba esa descomposición social en un hipnótico caleidoscopio.
Aquí, en cambio, quien lleva las riendas de la historia es un «nosotros» mucho más monolítico, y un tanto más rudo en la conducción del animal. Pero cuidado que el corcel tiene muy buena estampa. Comienza a galopar como un policial (Saccomanno tiene otro Hammett, además del Nacional de Literatura y Biblioteca Breve, y una notable obra en su haber. Su solvencia y talento no se discuten aquí), pero pronto lo excede, como solía decir Piglia.
De hecho, excesivos también son los muertos. Si sumamos entre los suicidios, la «mano dura» policial, el tiroteo de revancha, los incendios intencionados, las víctimas de un aprendiz de terrorista y el infarto motivado, entre otras causas, la pequeña «Villa» pareciera tener más cadáveres que habitantes. Sin embargo, decía que la historia tiene brío y es cierto. Los Esterházy, una excéntrica pareja de europeos, aterriza en el pueblo para reflotar el distinguido viejo hotel Habsburgo. Él es un dudoso noble húngaro dedicado a la pintura que solo consigue llenar el vacío existencial de la tela en blanco con el juego y la bebida. Ella, Moni, verdadero epicentro del relato, es una atractiva francesa aficionada a la poesía que se pasa a la literatura erótica para conjurar el fracaso de sus versos y aprovechar, de paso, el material de su lujuria. O quizá solo pretenda costear el ruinoso negocio turístico con sus poderosos amantes. ¿Quién sabe?
Completan el cuadro sus dos incestuosos e inquietantes hijos adolescentes. Y esta monstruosa familia, como motor del relato, está en el centro de las habladurías, en el ojo de un violento torbellino de sangre, sexo, dinero. Aunque en realidad funciona como el catalizador de toda una podredumbre social de mezquindad, violencia y ambición preexistente en la «Villa» y todo eso está muy bien. Al igual que la opresiva atmósfera del hotel en temporada baja, con ecos de David Lynch y de Jim Thomposon, referencias que el autor reconoce.
El problema, en todo caso, está en ese omnipresente «nosotros», alimentado de prejuicios y rumores, que narra: «Nos arrimábamos al velorio por curiosidad…» (p. 156). Un narrador granítico a lo Fuenteovejuna: «Imaginamos quién de nosotros, los que habíamos tenido trato con la viuda, sería capaz de ocupar esa cabecera en la mesa» (p. 158), que presenta demasiadas grietas, como el enciclopedismo balístico (p. 169) o el literario (p. 153), porque resulta dudoso que los zafios y machistas residentes de la «Villa» sean también expertos en Melville. Pero mejor una muestra: «Desnuda, las palabras, las frases, le fluyen con naturalidad, la excitan y hay veces en que una sensación es tan fuerte que debe acariciarse. Esto me pasa porque escribo el deseo, piensa» (p. 67). ¿Quién narra este pasaje? O mejor, ¿quién lo escribe? Porque cuesta creer que Moni piense eso, y menos aún que escriba: «historias turbias de la Villa [que] podrían ser funcionales para la construcción de una miniserie» (p. 191). Por desear, personajes y narradores desean muchas cosas, pero seguro que no es una adaptación en Netflix.
Y es una pena, porque aquí la Santísima Trinidad que mencionaba al comienzo te explota en la cara y con ella el milagro del relato. Una pena porque de novelas milagrosas Saccomanno tiene unas cuantas, y esta no lo es.