Benjamín G. Rosado
El vuelo del hombre
Seix Barral
373 páginas
POR EVA COSCULLUELA

A principios del siglo XX, hacer un mapa era una labor compleja y laboriosa. Los encargados de trazarlos eran muy celosos de su trabajo; para evitar que otros los copiasen y proteger su autoría, los cartógrafos Lindberg y Alpers decidieron en 1930 hacer una pequeña trampa e inventar lugares ficticios que insertarían deliberadamente en sus mapas. Los bautizaron como «ciudades de papel»: se trataba de poblaciones inexistentes —topónimos inventados, caminos que no llevaban a ninguna parte— añadidas como señuelos: si otro mapa reproducía ese mismo punto imposible, quedaba demostrado el plagio. Estas ciudades fantasma habitaban sólo el papel: no tenían vecinos, ni historia, ni coordenadas reales, pero cumplían una función precisa en el trazado del territorio. Eran, en esencia, marcas invisibles que permitían detectar con facilidad quién copiaba un mapa sin haber recorrido jamás la tierra que decía representar.

Ciudad Café es una de esas ciudades. Pero no se inventó para despistar a nadie ni para evitar un plagio, sino que fue creada como escenario de una novela trepidante que narra en clave de realismo mágico el discurrir durante dos siglos de ese territorio, un lugar enclavado en Latinoamérica, pero imposible de ubicar. Su protagonista, el aviador Lucho Ortega, lo recorre con su avioneta amarilla para tejer «con sus vuelos una malla invisible hasta conectar todas las culturas latinoamericanas en una sola».

La publicación de esa novela, titulada precisamente así, Ciudad Café, fue un acontecimiento literario que sirvió a su autor, Diego Marín, para ganar un premio internacional muy bien dotado y situarlo en el olimpo del panorama editorial. Para Marín, lo que sucede con su novela es sorprendente; sobre todo, cuando él nunca se había planteado escribir. No es un escritor vocacional, ni un letraherido que haya robado tiempo al sueño para poner en palabras un relato que llevara tiempo en su cabeza. Diego Marín es un joven filólogo recién licenciado que prepara su tesis doctoral sobre el origen del lenguaje, y eso lo lleva de Madrid a Valparaíso, Chile, para asistir a un congreso de Lingüística. Marín quiere aprovechar el viaje para visitar al profesor Castro, una eminencia en la materia, autor de un ensayo revelador que nada más publicarse, años atrás, se convirtió en una referencia para los estudiosos del tema. Pero el profesor Castro, además de ser un sabio, es escurridizo y enigmático, y no se lo pone nada fácil a un desconcertado Marín. De ese fabuloso encuentro, que marca la vida del joven protagonista, nace su novela. Abrumado por el éxito, el protagonista se instala en Nueva York, donde intenta escribir una segunda obra que se le resiste. Pero una llamada de su editor en España lo cambia todo: un hombre llamado Lucho Ortega ha tenido un accidente mientras volaba una avioneta amarilla sobre un lugar idéntico al que describe en Ciudad Café. La escena que describe el editor coincide exactamente con el final de su novela.

Todo esto no es más que el pretexto del que se sirve Benjamín G. Rosado (Ávila, 1985) para armar una ambiciosa novela de aventuras moderna de la que lo contado no es más que el esqueleto: de la trama principal nacen mil y una ramificaciones que llevan a otras historias que, a su vez, se expanden y adquieren entidad propia. Rosado se recrea en la narración; parece que se haya dejado llevar por caminos insospechados surgidos durante el proceso de escritura —aunque la precisa arquitectura desmiente cualquier improvisación— y en lugar de reconducirlos para que se ajustaran a su guion ha disfrutado deleitándose en ellos. Las historias se desbordan unas en otras, de un pequeño detalle surge todo un mundo nuevo que, a su vez, da lugar a otro pequeño detalle que, a su vez… De la descripción del amigo de un amigo nace el relato de la funeraria que regentaba su padre, y de ahí nace el viaje que hacen en coche fúnebre por medio país en busca de una novia desaparecida, y de ahí… El autor no sólo se permite desviarse, sino que potencia esos desvíos y se entusiasma con ellos, juguetea y los dota de una profundidad mayor introduciendo microhistorias que hablan de la invención de la servilleta o del reloj de pulsera, del primer vuelo de un avión más pesado que el aire, de la modernización del cultivo del café, de los escritores que también han sido aviadores, de la arquitectura del valenciano Guastavino en Nueva York…: en el goce del autor en estos desvíos, que logra contagiar al lector, reside la verdadera potencia de esta novela, una matrioska casi infinita.

En El vuelo del hombre, el recorrido vital del protagonista puede leerse como una variación contemporánea del viaje del héroe descrito por Joseph Campbell en 1949. Las peripecias de Diego Marín, llenas de giros y de sorpresas que cambian la dirección de la trama una y otra vez, cumplen con las etapas del periplo: el joven doctorando parte de su mundo ordinario en Madrid y recibe la llamada a la aventura cuando recibe la noticia del descubrimiento del gen FoxP2 y visita al profesor; tras el encuentro con su mentor, cruza el umbral y se expone a pruebas y desafíos mientras recorre su particular descenso a los infiernos, donde se enfrentará a la prueba final que le permitirá reconectar y renacer siendo otro. En cada etapa, Marín se transforma, descubre —sobre todo, se descubre a sí mismo— y avanza hacia la conquista de su propia identidad.

El vuelo del hombre es un continuo juego de espejos que desdibuja los límites entre realidad y ficción, hace oscilar al protagonista —y con él, al lector— entre lo vivido y lo imaginado, y convierte cada revelación en un reflejo distorsionado de su propia búsqueda, donde la identidad, la memoria y la escritura se refractan unas en otras hasta confundirse. La tensión que mantiene entre realidad y ficción convierte cada acontecimiento en una superficie incierta donde ambos planos se contaminan. Los hechos imitan a la ficción y la ficción reescribe la vida, hasta el punto de que los personajes no siempre distinguen dónde termina una y empieza la otra. En esa zona ambigua —hecha de espejos, de ecos y de versiones— la novela nos dice que todo relato es una forma de intervenir en lo vivido, pero también una manera de volverlo más enigmático, más misterioso, más incierto.

El autor despliega una poderosa reflexión sobre la literatura y el acto de escribir, entendidos no como ejercicio artístico sino como una forma de abordar la vida. En el proceso creativo del narrador, la escritura aparece como un territorio donde se dirimen el deseo de trascendencia, la necesidad de ordenar el caos y la tentación de apropiarse de vidas y voces ajenas para sobrevivir a las propias sombras. El libro muestra cómo las palabras pueden convertirse tanto en refugio como en condena, y cómo cada gesto literario lleva consigo un interrogante moral: ¿de quién es una historia?, ¿qué precio se paga por hacerla propia?, ¿hasta qué punto escribir modifica la vida que intenta narrar?

«Nadie mejor que él sabía hasta qué punto volar ha permitido a los hombres alejarse del significado de las cosas para alcanzar una sabiduría superior, una sensación absoluta de poder y transformación plena, pues a una cierta altura los objetos se van asociando entre sí en el sentido contrario al que, desde el principio de los tiempos, la humanidad ha necesitado poner nombre a todo», apunta Rosado, y traza un hermoso paralelismo entre volar, tanto en su dimensión física como simbólica, y escribir. Con Ícaro como muestra de la búsqueda de trascendencia a través de la ascensión a los cielos, el autor compara las dos empresas y profundiza en la necesidad de ver las cosas desde lejos para poder entenderlas en toda su complejidad: «Desde el origen de los tiempos, el vuelo ha representado la última utopía, un don que no está al alcance de los hombres y que, precisamente por eso, produce una irresistible atracción. Antes de que las máquinas nos concedieran la facultad de elevarnos sobre nosotros mismos (más alto, más rápido, más lejos) solo la gran belleza y plasticidad de las metáforas aladas nos permitían asomarnos a los arcanos de nuestra propia existencia. La escritura fue, siempre lo sería, la más asequible forma de vuelo de la que dispuso nuestra imaginación».

La prosa de Rosado, cuidada, precisa y exigente, arrastra al lector y lo dirige en cada momento por donde quiere que vaya, aunque, en algunos momentos, esa excesiva preocupación por utilizar un registro elevado en el lenguaje le resta naturalidad: nadie diría en una conversación informal que tiene el coche mal estacionado, por ejemplo. Esto y algún giro excesivamente forzado son las únicas pegas, que no ensombrecen el resultado final.

El vuelo del hombre, primera novela de su autor y ganadora del Premio Biblioteca Breve, es una obra que celebra el placer de narrar y fabular, desborda erudición sin lastrar el ritmo y se lee con un entusiasmo creciente gracias al acertado pulso narrativo con que convierte cada episodio en un hallazgo.