
Juan Gabriel Vásquez
Los nombres de Feliza
Alfaguara
228 páginas
Con Los nombres de Feliza (2025), Juan Gabriel Vásquez añade una nueva pieza a su ambicioso retablo sobre la vida colombiana en los últimos cien años. Persiste en la tarea de investigar vidas reales a partir de la ficción —como ya hiciera con el político Jorge Eliécer Gaitán en La forma de las ruinas (2015) o con el cineasta Sergio Cabrera en Volver la vista atrás (2021)— para adentrarse en el tiempo que le tocó vivir a la escultora Feliza Bursztyn, una época marcada por las crisis y la convulsión sociopolítica internacional. Con ello, ahonda en sus grandes motivos: la impronta del pasado y la manera en que se cruza nuestra existencia con el contexto sociopolítico. También mantiene el estilo «marca de la casa», fino y preciso en los detalles, hábil al imaginar estructuras que le permiten desplazarse con soltura entre pasado y presente. En este caso, se acerca a la vida de una artista profundamente bogotana como lo es él, lo que explica que la novela rezume fervor por la ciudad.
Hija de judíos polacos, emigrados a Latinoamérica cuando el nazismo hincó sus garras en Europa, Feliza se muestra desde las primeras líneas como una figura compleja —«Me di cuenta de que entender a Feliza era una empresa difícil. Nada era sencillo cuando se trataba de ella»—, que atrajo la atención del autor cuando leyó en 1996 un artículo de Gabriel García Márquez publicado catorce años antes, una semana después de la súbita muerte de la artista. Su impactante inicio —«La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10.15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París»— detonó una obsesión en el autor, mantenida a lo largo de casi treinta años. No en vano Javier Mallarino realiza en Las reputaciones (2013) una caricatura de Feliza que le acarrea bastantes problemas, lo que da fe de su presencia en otras obras del Vásquez y hecho que explica su presencia fantasmal en algunas páginas de la novela, como cuando leemos: «Feliza me miraba». El aura de esta mujer fascinante aumentará, por cierto, cuando se estrene un documental protagonizado por su nieta norteamericana, convencida de ser la reencarnación de la abuela (Feliza, 2025).
¿Cuál fue el origen de la tristeza que mató a la escultora? Frente a las causas biológicas que pudieron provocar su fallecimiento a los 48 años —el frío de París en un apartamento mal acondicionado, los años de trabajo soldando piezas sin cubrirse boca y nariz, la costumbre del cigarrillo— interesa profundizar en la veta emocional abierta por el artículo de García Márquez, uno de los mejores amigos de la artista, presente —junto a su esposa y otros dos comensales— en el momento en que esta se derrumbó en el asiento de un restaurante para no volver a levantarse.
Así, nos adentramos en un enigma que comienza con sus nombres: el de la chica que mostró una temprana rebeldía renunciando al nombre de Felicia que le impusieron al nacer para decidir llamarse Feliza (aunque en su lápida aparezca como Felisa, en una de las numerosas erratas de que fue víctima en todo tipo de documentos y que se amplían al apellido Burstzyn); la muchacha que escapó de su restrictiva existencia burguesa casándose tempranamente con un estadounidense; la joven que huyó una vez más —en este caso de un matrimonio que la encarcelaba y siendo ya madre de tres hijas— porque no podía crecer como artista; la que se enamoró de un hombre casado y no judío, escándalo por el que el padre organizó su funeral en vida —con ataúd incluido—, y que motiva el título de «La primera muerte» en un capítulo de la obra; la artista educada en París y Nueva York que, al carecer de mármol para esculpir en Colombia, se decantó por crear, a partir de la chatarra, el despojo y el descarte, obras que le acarrearon reconocimiento internacional pero, asimismo, críticas demoledoras en su país; la simpatizante de la revolución cubana que, a pesar de ello, rechazó siempre la violencia; la exiliada por un gobierno represivo y paranoico, que la acusó sin fundamento de colaborar con la guerrilla; la mujer, en fin, pionera en todas sus luchas, incomprendida hasta el fin de sus días, pero que nunca renunció a su libertad y, con ella, al arte, el amor y la vida -que, al fin y al cabo, son lo mismo.
Vásquez es consciente de la dificultad de su empeño por lo que, como es habitual en él desde La forma de las ruinas, mezcla géneros y estrategias para lograr un retrato de cuerpo entero de su protagonista. Así, cuenta la historia en tres tiempos: su presente en París, donde persigue los escenarios recorridos por Burstzyn en su juventud; el último día de Feliza, relatado exhaustivamente desde que se levantó de la cama hasta su muerte, búsqueda que roza el fetichismo y por la que leemos, por ejemplo, detalles como el siguiente: «Según mis averiguaciones, el 8 de enero de 1982 el sol salió faltando 17 minutos para las 9 de la mañana». Finalmente, la indagación se amplía a la última semana de la escultora y, con ella, a otros momentos de su existencia que permiten aventurar las causas de su tristeza.
El libro, dedicado a Pablo Leiva —último esposo de la artista—, revela el deseo por aventurarse en los pensamientos y emociones de la pareja, lo que lo distancia del procedimiento seguido en Volver la vista atrás. Para conocer lo que sucedió se realiza un extraordinario trabajo de investigación, que ha llevado al autor a entrevistar a Leiva en numerosas ocasiones —entre otros personajes cercanos a su protagonista— y, luego, a reconstruir los pasos de la escultora en París. Viene después el trabajo de archivo por el que, como buen historiador, da cuenta de fotos, documentos históricos e imágenes de la época. Por último, entra en escena el novelista, que revela las emociones de los personajes desde la dramaturgia de los hechos.
Es el escritor quien se permite imaginar cuando no conoce algún detalle, como se aprecia cuando señala: «yo tengo para mí que fue por entonces cuando Feliza llegó a la conclusión de que la única manera de llevar la vida era sin ataduras —ni a la familia, ni a los hombres, ni a la mirada de la gente—, pero que tener un lugar en el mundo, en cambio, era la única certeza necesaria». La frase sintetiza el espíritu de la novela, encendida defensa de la libertad individual y de la creatividad como forma de resistencia ante un contexto pacato, cruel con quienes se atreven a subvertir sus preceptos.
Los guiños al «taller Vásquez» se reiteran en el volumen: así, las páginas dedicadas a la colonia judía asentada en Colombia tras la II Guerra Mundial recuerdan lo narrado en Los informantes; Jorge Eliécer Gaitán saluda en un parque a Feliza cuando esta es pequeña, mientras en otra ocasión se presenta a Sergio Cabrera como un joven actor que actúa en una obra a la que asiste la protagonista. Muy destacable resulta, también, el retrato de los intelectuales que compartieron vida y pasiones con la escultora: Jorge Gaitán Durán, Beatriz Daza, Álvaro Cepeda Samudio, Marta Traba, Alejandro Obregón, Fernando Botero y, muy especialmente, García Márquez, cuya marcha forzada de Colombia queda explicada por las mismas razones que motivaron el exilio de Feliza. Para dar idea de la amistad existente entre ambos se nos informa, entre otros datos, de que la escultora se encontraba leyendo Crónica de una muerte anunciada el día que murió, y como homenaje a ese título capital se plantea toda la obra, pues ya en la primera página sabemos de la muerte de la protagonista.
Concluyo rememorando un episodio que explica, metaficcionalmente, el principal mérito de la novela. Cuando descubre que Giacometti modelaba en todas sus obras la figura de su esposa «hasta conocer los últimos secretos de su fisionomía», leemos: «Feliza pensaba que esto debía de ser la felicidad: que alguien nos mire como si nos tuviera que hacer de barro». Sin duda, es lo que lo que ha logrado Juan Gabriel Vásquez al esculpir, para los lectores y para sí mismo, a una mujer infinita.