Lina Meruane
Avidez
Páginas de Espuma
124 páginas
POR CLAUDIA APABLAZA

Lina Meruane (Santiago, 1970) reúne en este volumen de cuentos, Avidez, trece textos publicados en revistas y antologías a lo largo de su carrera, entre 1994 y 2020, y en los cuales evidencia, como en el resto de su obra narrativa, la atracción por narrar los detalles del cuerpo físico, un cuerpo que sangra o supura por determinados orificios, haciendo hincapié en cada una de sus partes y fluidos, uñas, ombligos, huesos, piel, dientes, sangre, pus y olores, una fijación que viene a demostrar un goce perverso y grotesco, pero a la vez a representar metafóricamente —otros de los temas que inundan la obra de Meruane—, la infancia y las relaciones filiales.

En este libro podemos ver la progresión en el trabajo de una estética, pues aquel cuento del año 94 sigue las mismas obsesiones que la autora trabaja en los más recientes, e incluso, y a pesar de la distancia temporal, aparece una unidad temática que celebra muy bien todo el volumen y lo profundiza. Si antes vimos en Sangre en el ojo estrategias de control del cuerpo por medio de un sistema que lo castiga y domina, acá vemos el placer, la felicidad y el goce del mismo en tanto las protagonistas están inmersas en una erótica festiva de sus partes, cumpliendo con la máxima freudiana de que el deseo y el placer se encarna según quién y cómo, incluso siendo heridas o fluidos asquerosos.

Además, este goce está encarnado en infantes, esa niñería perversa, pensando en Bustamante Escalona, en tanto la dicotomía del bien y el mal desaparece en los relatos, también los eufemismos con los que se piensa la infancia, tal como también lo han hecho otras autoras como Ojeda, Indiana o Nettel.

Vemos en «Hojas de afeitar», el ritual hermoso de rasurarse con las amigas, como si la piel fuese un durazno a punto de comerse y el clítoris jugoso un fruto que se devoran entre todas. Niñas que se obsesionan y rasuran, con una gillette, a esa chica nueva que llega al cole llena de pelos.

O en «La huesera», donde dos hermanas, Carlota y Cucho, celebran el aniversario de muerte de sus padres en un cementerio con besos, vino y bailes sobre la tumba, una obesa que apenas puede rascarse la espalda y no logra limpiarse el ombligo, el placer de la otra al meterse constantemente en ese orificio. O en las siamesas de «Doble de cuerpo» donde las hermanas temen a que desaparezca el deseo de una por sobre la otra al entrar al quirófano y ser separadas, y cómo ese roce constante que fueron sea distinto a lo que son hoy: «¿Quién será mi deseo cuando yo lo pierda?».

Así, la poética de esta entrega está direccionada por la celebración de esas obsesiones brillantes y oscuras, fijaciones que no se agotan en esa pura causa y consecuencia, sino que solapadamente intentan ser metáfora de otro detalle que también se desarrolla en cada texto, como la manía del padre por la limpieza exagerada en «Platos sucios» que luego una de las hijas imita en el baño al lavarse los dientes hasta hacer sangrar las encías para burlase de ese hombre obsesivo y enfermo. O en tan «Tan preciosa su piel» en que la carne podrida es metáfora del sexo que desaparece en un matrimonio. Un padre que abandona el hogar en busca de carne de otros territorios, porque la que busca en el hogar, en refrigeradores y alacenas, ya no existe.

Otro rumbo parecido toma el cuento «Sangre de narices». Aparece la pasión asesina en la espléndida relectura del caso de María Carolina Geel, un giro hacia el texto más extenso escrito ahora en clave ucrónica. La historia de la autora chilena que dio muerte a un amante en las afueras del hotel Crillón, así como también lo intentó la mismísima Bombal sin el mismo destino. Geel acierta en el pecho con la pistola y, según esta versión, lo justifica con un escalofriante: «para librarme de su olor».

Así, el ojo narrativo de Meruane se fija en las particularidades de estos cuerpos abiertos y sangrantes, como representación del placer a partir de detalles espeluznantes que hacen gala de esa obsesión de la autora de pensar el goce a partir de partes del cuerpo y de sus líquidos, en tanto son metáfora y combustible fogoso de la realidad que supura y se narra.