Como hemos argumentado anteriormente, la autobiografía y el «yoísmo» de la autora vienen a ser uno de los ejes vertebradores y esenciales en su obra. No obstante, Garra de la guerra no tiene un talante autobiográfico ni versa exclusivamente sobre la contienda civil y la larga postguerra que presenció y desgraciadamente sufrió en primera persona, sino que pretende extrapolar su vivencia individual hacia lo universal: a denunciar la guerra como acto deleznable, a condenar todas las guerras con todas sus víctimas, fundamentalmente los niños inocentes. En este sentido ha de leerse el poema titulado «Autobio», que narra cómo mientras correteaba de niña en el frente de Usera una bala «me hizo raya en medio,/ del susto me caí de culo», se sacudió el polvo seguidamente y le preguntó a su hermano: «¿Me he muerto?»[i]. Estamos tan sólo con este breve ejemplo ante su poética más pura: partir de una experiencia traumática en primera persona y expresarla en lenguaje llano y directo a través de expresiones cotidianas y coloquiales, sin olvidar su particular dosis de humor incluso frente al horror.

 

De esta manera, Gloria Fuertes consigue magistralmente que nos riamos de la guerra y en la guerra, pese a que su compromiso y denuncia social ante las injusticias del mundo y los dolientes o desahuciados siempre fueran sujeto y objeto de su atención y mirada: «el mendigo, la mujer pública, los menesterosos y los marginados en general, enfocados siempre a través de un singular prisma artístico»[ii]. Por esta razón, la guerra, su crueldad y el hambre como principal consecuencia y tema frecuente y privilegiado en sus composiciones poéticas –tal como ha señalado al respecto Vila-Belda (2008)– no podían soslayarse en sus escritos, a pesar de que ella prefiriera hablar de «poemas sobre la paz», tema principal que hilvana claramente esta antología.

En nuestra opinión, Herrín Hidalgo, compilador de este poemario antibelicista, ha sabido elegir adecuadamente todas aquellas composiciones de Fuertes que aluden a los conflictos armados como un hecho atroz; pero, al mismo tiempo y por desgracia, una constante presencia desde que el ser humano existe. Así se explica la consciente necesidad y empeño de la voz lírica a lo largo de toda su carrera por hacer un arte necesario y comprometido, de alzarse como voz individual para «el pueblo», que llegue a todos, nos haga reflexionar, sentir, reír y llorar; en este caso, por el camino del entendimiento y de la paz:

«Hay libros de poesía que tienen títulos maravillosos (a veces tan buenos que       hasta sobra el libro); Gloria Fuertes puso a uno de los suyos uno de los que más     me gusta: Poeta de guardia[iii]. Para ella la poesía era un oficio necesario, con         dedicación a tiempo completo. En una carta a Max Aub en la que se presenta al      escritor, le dice: “Estoy segura de que te gustará algo mi poesía. Quiero que          todos hagamos arte útil, o al menos necesario, llevar nuestros libros al pueblo,    no a cuatro intelectualoides, liricoides, técnicos-críticos, fríos o ñoños”»[iv].

 

Bien se aluda explícitamente en Garra de la guerra a la Primera Guerra Mundial («De guerra en guerra y matar les toca»), al conflicto de los Balcanes («Cuando Madrid era Sarajevo»), al genocidio nacional-socialista alemán («El robot nazi»), a las armas nucleares («Si hubiera atómica», «No más bombas» o «Después de aquello») o a países partícipes en la compraventa de armas («Otro a EEUU») como referentes reales e históricos reconocibles en la selección, la mirada crítica de la autora pretende, sin lugar a dudas, pasar de lo coyuntural o particular a lo universal, denunciando así que en las guerras todos pierden; en especial, uno de los colectivos privilegiados en su enfoque vital y poético: la infancia. En este sentido, «Los niños castigados sin jugar» ha de leerse en clave de «paraíso perdido» y viene a ilustrar perfectamente esta conjunción entre lo estrictamente autobiográfico con el carácter atemporal y desplazado a otros contextos geográficos donde persisten los conflictos armados, con semejantes consecuencias o secuelas para los más pequeños:

Los he visto correr

por las calles de Madrid,

por las calles de África,

por las calles de Europa,

por las calles de América Española,

no corretean para jugar

sino para no ser alcanzados por las balas.

Los niños en las guerras

sin jugar pierden.

Pierden la vida.

Y los pocos que quedamos,

perdimos la alegría.

Por las calles de Madrid[v].

 

No es de extrañar, pues, que muchas de sus composiciones poéticas hayan sido musicalizadas por grupos o cantantes como Agua Viva, Sorozábal Serrano, Ismael, Paco Ibáñez, Acción Grupo 67 o la antología sonora realizada por el Ayuntamiento de Huesca en 2004 titulada precisamente ¡Qué ganas de romper la guerra en mil pedazos!, donde aparece su poema «Gritad». Se trata de elegir otro registro divulgativo, en esta ocasión el musical, para llegar con mayor magnitud al gran público, uno de los principios esenciales de la generación poética a la que perteneció y de los orígenes humildes a los que hacíamos mención en las primeras líneas del trabajo y que reflejan magistralmente los dos versos iniciales de su «Poética»: «No es todo hacer una poesía para el pueblo,/ sino un pueblo para la poesía (…)»[vi].

Pongamos tan sólo dos ejemplos más relacionados con esta visión artística en la antología poética que nos ocupa; así, en «Pacifista de verdad» expresa con sencillez: «No matemos al vecino / invitémoslo a tocino»[vii]. Y, más adelante, se incluye igualmente un poema breve, tipo haiku, pero que más bien entronca con la tradición greguerística de Ramón Gómez de la Serna, de quien absorbiera su humorismo y a quien admiraba mucho[viii]: «¡Ojalá conozcamos el día / en que no se oigan más disparos / que los del corcho / de la botella de champán!»[ix].

Con una mirada directa y valiente a su realidad en primera persona, en un país en guerra fraticida o bien ante otros conflictos bélicos que presenciara y, al igual que su coetáneo Blas de Otero, Fuertes concibe su obra «para la inmensa mayoría», abordando temas cotidianos, humildes y desdichados; puesta al servicio del «pueblo», de «la masa» y llamando siempre a las cosas por su nombre, como confiesa ella misma. Poesía profunda pero sencilla –«de andar por casa», en palabras de Emilio Ramón (2006)–; poesía cotidiana, en definitiva:

«Poesía cotidiana debe ser “al pan, pan y al vino, vino” (pero con belleza, que       para eso es Poesía). Algo directo, emotivo, con gracia. Demostrar que cualquier        sentimiento, idea, tema o cosa tiene poesía. No hay nada antipoético en la vida (a no ser el verbo “matar” y sus derivados). Cuando la Poesía es clara, viva, jugosa –sin salirse del tiesto‒, escrita con emoción y con gracia, es cotidiana y útil           como un traje barato de diario. Cuando la poesía es así, llega a los superfinos, a   los críticos, a los catedráticos y llega (¡oh milagro!) a la masa –no quiero decir             masa‒, a la mayoría, sin educación ni cultura, porque para sentir lo poético no       hace falta ser bachiller. No es un problema educacional, porque hay cierto tipo             de poesía con la que se puede llorar o reír un analfabeto –te lo digo por      experiencia propia‒»[x].

 

En suma, Garra de la guerra nos ofrece un recorrido esencial y sintético de las principales claves de la poética de Gloria Fuertes –contenidas magistralmente en su poema «Vendría la paz»–, de entre las que queremos destacar para finalizar: la profundidad de la sencillez, la humildad de lo cotidiano, el humorismo de la crueldad y, en mayor medida, la reflexión universal-antropológica a partir de un recorrido autobiográfico e individual. Esta selección antológica de cincuenta poemas pacifistas y antibelicistas con llamativas ilustraciones en blanco, negro y rojo, así pues, nos sumerge en una temática existencial y profundamente humana, que no es otra que la que define la esencia de esta poeta, galardonada justa y meritoriamente en 1986 con la Medalla del día Mundial de Cruz Roja, nombrada igualmente Dama de la Paz en 1987 y reconocida como Socia de Honor de UNICEF desde 1997. Gloria Fuertes que, aunque nunca tuvo hijos, alza su voz como una madre –individual y colectiva– en la pradera –en todas las tierras del mundo– a través de este sencillo pero contundente verso de su poema «No se pueden seguir comprando armas»: «Una madre grita en la pradera: / ‒La peor paz es mejor que la mejor guerra»[xi].

Queremos finalizar este artículo rescatando las palabras que uno de los editores de Gloria Fuertes, Pepe Morán, pronuncia durante el homenaje dedicado a la autora con motivo de la celebración del II Congreso Nacional de Literatura Infantil, el cual tuvo lugar en la ciudad de Cáceres en 1998. Con emotivas palabras, su editor y amigo pone de manifiesto el carácter ecléctico de la autora al destacar los siempre originales rasgos de su personalidad, los cuales, dado el carácter testimonial de su poesía, quedarán plasmados no solo en su actitud vital, sino también a lo largo de toda su producción poética. Así lo expresa Morán:

«En realidad es muy difícil separar en Gloria los distintos aspectos de su personalidad; en ella iba todo junto y revuelto. Gloria humorista y ocurrente, Gloria popular y queridísima, Gloria, Gloria pacifista y combativa, Gloria original y sorprendente, Gloria solidaria y solitaria. Gloria soñadora y rebelde, Gloria sufriente y creyente, Gloria alegre y profunda, Gloria pícara y niña buena…»[xii].

 

Y, en particular y tras haber hecho un recorrido por esta antología poética póstuma sobre la(s) guerra(s), no podemos estar más de acuerdo con los estudiosos americanos Hammer y Schyfter cuando argumentaron sobre nuestra autora: «Her poems are often humorous and self-mocking, playful and ironic, though at the same time loaded with awareness of human anguish, sorrow and death. She manages in her playfulness to express a deep solidarity with victims of all kinds»[xiii].