Aroa Moreno Durán
Todavía una noche
Tusquets
104 páginas
POR MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ

Hay palabras que abren la completa posibilidad de(l) ser: la palabra todavía en Todavía una noche de Aroa Moreno Durán.

El libro, contundente y preciso, está atravesado por la sombra, la herida oscura del miedo –ante el hospital, la enfermedad y la ruptura, que tiñen cada una de las tres partes en que se divide: «Material biológico», «La lesión» y «La noche polar»–. Ofrece así la vivencia del cuerpo y la psique atormentados, que resuenan en quien lee.

En «Material biológico» la poesía es cuerpo (de ahí el epígrafe elegido de Anne Sexton), en este caso, una pérdida gestacional, aquello que no se nombra pero permanece en lo más oculto. La pérdida es también la de las conjunciones y la ilación sintáctica, la de la presunta posibilidad de un lenguaje neutro. Se reiteran estructuras y fonemas con las que agudizar las sensaciones, como en el hipnótico «Veinticinco de abril», que rompe la expectativa de lectura –la revolución en Portugal– para ser amputación y grito del que
«no sale ni una boca». El fuerte sentido rítmico, en particular de esta parte, hace audible la capacidad para dolerse –(con)dolerse, escribiría Cristina Rivera Garza– en versos medidos en torno al meconio y la culpa. Así el poema «Anestesia», a modo de letanía en su cómputo inverso.

El lenguaje se muestra elidido e insuficiente, como lo está el (no) hijo en esa pérdida («Y fue verdad que el barro»), porque con versos amputados se contiene un hijo para el no hubo cuna, solo omisión. Restalla la violencia de la oralidad y en el aire se alojan preguntas que solo responden preguntas, esa vivencia que queda impresa en los versos como terror «no nato» que, al separar las dos palabras, abre entre ellas una hemorragia verbal.

En «La lesión», el nacimiento del hijo y la enfermedad de la madre supuran el terror a la elegía (lo que Ángela Figuera Aymerich nombró como «Aquellas noches del pavor sin luces» en el epígrafe elegido). De ahí la forma en que los versos se tensan, como cuando la relación con el hijo se dice también a partir de la elipsis: «Donde siempre el sin tregua,/ la simbiosis».

Y en «La noche polar», percibimos el frío de una ruptura. Los poemas tienden a ampliarse y a veces se sostienen sobre una mínima matriz narrativa pero se mantiene el peso del miedo que preside el libro y enuncia un verso estremecedor de Dickinson.

Poesía herida que encarna su dolor, que permite atisbar los límites y posibilidades de la lengua. Los deícticos hacen presente lo nombrado y lo encarnan. A la vez, la autora entrega fuerza a cada sintagma y tiende a equiparar verso y frase, lo que otorga un ritmo perentorio, vertiginoso, como un golpe de lenguaje con el que acercarse al golpe de vivir:
«No cosas esta carne todavía» (en el poema-prefacio «No quieres este libro»).

Y si el dolor es incubado y desgarra, varias presencias son el asidero: hermana, madre, padre, hijo. Un árbol genealógico que da sombra. Para Juan Gelman la poesía es un árbol sin hojas que da sombra. Este libro carece de hojas. Es un breve e intenso recorrido de lenguaje amputado que da sombra, la más difícil de vivir, la que se sabe «cuerpo que atravesó el relámpago» (del poema «Esto que hago»). Se participa a la vez de la biografía y la ficción, pero en todo caso lo relevante no es la sinceridad del libro sino los lugares hacia donde nos desplaza, la conmoción de la que participamos al leerlo. «Apresar el estruendo según se descargaba sobre mí», escribe la autora en el prólogo. Como ha señalado brillantemente Amelia Gamoneda en Cuerpo locuaz. Poética, biología y cognición (2020): «Si la poesía es escritura autobiográfica, lo es en el sentido de la vida biológica y neurobiológica de un sujeto. La poesía no relata la vida sino que la expresa imprimiéndola en el lenguaje. Y si la poesía tiene que ver con lo real, es porque es experiencia de esa vida impresa en el lenguaje».

A los cuerpos y al lenguaje les corresponde la palabra todavía. Podríamos recordar aquí a Antonio Machado y Lenore Kandel (ella concluyó así su impresionante «Poema para tiranos»: «Perdóname, pues/ no puedo amarte todavía»).

Los mejores poemas siempre permanecen en presente. Quien los habita no necesita hacerse cargo del tiempo transcurrido (más de dos milenios ante dos versos de Safo, poco más de dos meses ante este libro de Moreno Durán), porque los mejores poemas son siempre todavía.