Juan José Millás
Ese imbécil va a escribir una novela
Alfaguara
167 páginas
POR CARLOS BARBÁCHANO

«Je est un autre», Jean-Arthur Rimbaud
(carta a Georges Izambard, Charleville, mayo 1971).

La cita inicial de esta reseña pertenece a una de las dos cartas llamadas del vidente del genio de las Ardenas. En cuatro palabras sintetizó una de las claves de la modernidad. En su momento traduje esa discordancia sintáctica literalmente: «Yo es otro»; reduciendo incluso la síntesis. Hoy, sin embargo, diría «Otro habita en mí». Me extiendo en este detalle porque el extrañamiento, la otredad, la búsqueda de la propia identidad es medular en la obra novelística de Juan José Millás. Se lo recuerda incluso uno de los personajes de esta novela, el entrañable Serafín, y el propio autor protagonista asiente.

No exagero si digo que Millás, además de prolífico escritor y reconocido periodista, es un hombre público, con todo lo que ese adjetivo conlleva. Lo vemos u oímos frecuentemente en los medios. Su cita semanal en uno de los programas radiofónicos más escuchados de España lleva años en antena. Consciente de ello, cuando al cabo de los años promueve en su última novela un nuevo encuentro con su amigo Alberto, su «hermano alternativo», éste exclama: «Te veo en todas partes. No paras». Antonio Machado recordaba a este propósito la diferencia entre un hombre público y una mujer pública, haciéndonos reparar en el carácter machista de nuestra lengua.

La lengua, el lenguaje y su tratamiento, es uno de los pluses de nuestro autor. Su dominio del idioma cotidiano, esa manera de escribir como habla la gente, su regusto por los aciertos lingüísticos, lo convierten en un escritor popular que no deja de gustar a un lector más exigente. Millás entra, por ejemplo, en trance cuando Alberto le dice en el mentado reencuentro que ha entrado en su vida «como en su casa, por la puerta de atrás»: «frente a las frases que me gustan –concluye-, pierdo el norte». Como buen palabrista, es heredero del conceptismo literario de nuestro espléndido barroco. Herencia a la que se añade el desenfadado humorismo, con tintes entre absurdos y surrealistas, de autores como Jardiel Poncela o Edgar Neville, que prolonga y actualiza. Fuentes literarias que le proporcionan una prosa fluida e ingeniosa en la que prevalece esa oralidad donde se mueve como pez en el agua. Ocurre que su facilidad discursiva le lleva en ocasiones a rizar el rizo. Pasa algo parecido con el personaje que encarna Woody Allen en sus películas. Desconozco las preferencias cinematográficas de Millás pero pienso que no le resultaría ajena la comparación; de hecho las autoficciones de ambos tienen muchos puntos en común.

Ese imbécil va a escribir una novela cabalga en la búsqueda, a veces fatigosa, del reportaje perfecto. Por mucho que lo busque, no acaba de encontrarlo. Nos ofrece, en su lugar, este entretenido relato confesional, en la línea de buena parte de su obra (El mundo, La letra muerta, aquí citados) donde recorre algunas etapas significativas de su vida, de la juventud a la vejez, entrelazando las sesiones con su paciente psicoanalista, valga la paradoja, y los sustanciosos diálogos con tres interlocutores que conformarán los catorce capítulos de esta narración: Pascual, compañero del colegio y finalmente su dentista; el citado Alberto y el divertido y sorprendente Serafín, nombre supuesto al que va dedicada la novela, amigos ambos de juventud.

El extrañamiento de sí mismo, la persecución de la identidad, la dualidad que pugna en el interior de uno mismo, planean constantemente sobre el relato. Justo en el inicio del mismo, la madre del protagonista le presenta a quien posiblemente sea su «otro padre». El «shock» es tan grande que, desnortado, empieza a notar al poco algo muy extraño. De inicio una ligera molestia «en el lado izquierdo de la base del cuello». Primero es un grano, luego un bulto, como un huevo, que de pronto se convierte en una segunda cabeza. Un verdadero forgendro. Otra veta humorística, las criaturas de Forges y otros geniales humoristas, presente en Millás y en quienes amamantaron su espíritu crítico-lúdico en las revistas satíricas del tardo franquismo y del arranque de la incipiente democracia.

Esa segunda cabeza logra encajarse en la cabeza verdadera aunque ello suponga que en adelante tendrá que lidiar con sus dos yoes, con su dualidad en pugna. Ingenioso juguete psicoanalítico, la última entrega de Millás es también una mirada lúcida sobre nuestro propio presente. Como la de esos evocados astronautas que desde la estación espacial «al mirar el mundo desde allá arriba y al verlo tan hermoso y tan frágil se preguntan cómo es posible que ahí abajo continúen matándose unos a otros».