POR TANIA PADILLA

Durante un verano de los años 90 (no recuerdo exactamente cuál), mi abuelo materno, el escultor Luis Aguilera Bernier (1924-2011), miembro de Grupo Espacio y cofundador de Equipo 57, me propuso que posara en bañador para una figurita en terracota. Él siempre me dejaba entrar en su estudio y toquetear los materiales y las herramientas. El desorden que una niña pudiera armar entre sus cosas habría de tener un impacto mínimo en aquella leonera. Así que yo me tomaba mis libertades. Sin duda, aquel entorno lleno de pegotes de barro, polvillo de mármol, limaduras de acero, mondas de teflón, instrumentos acerados y herramientas enchufadas, prestas para perforar, cortar, comprimir, no era el más adecuado para una niña. Pero por entonces estos detalles se pasaban por alto. Se nos reñía a veces, se nos ponía la antitetánica y poco más. En una ocasión me hinqué una fresadora en la mano mientras trataba de pirograbar mi nombre en una tablilla. Gracias a estas tentativas enseguida supe que yo también quería todo aquello: manipular materiales mediante utensilios, inventar cosas para hacerlas yo misma desde cero: ser artista.

Por eso cuando el abuelo me propuso posar, ser modelo, sentí tanto rechazo. «Es que me interesa ese cuerpo que tienes ahora. De niña todavía pero ya apuntando a mujer». No sé cómo dejé que me convenciera, pero acabó sacándome unos apuntes, sobre una cartulina sepia, al carboncillo. Al final acabé posando durante más rato, en bañador, casi desnuda. Fueron varias sesiones. Aquello no se acababa nunca, y era pasivo, absurdo, tediosísimo. Un día puso al fin frente a él varios bloques de barro con forma ligeramente antropomorfa. Ya me había embaucado del todo. Me entregué silenciosa, domesticada, al proceso. Nunca me había parado a verlo trabajar, así que aquella podía ser una buena ocasión. Yo era una niña y el estudio de mi abuelo era una fiesta. No entraba allí para mirar, ni tampoco para ser mirada. Yo iba allí a trabajar, como él, a imitarlo. A emularlo en realidad, porque aspiraba a ser mejor que él. Por eso como modelo bostezaba, me movía. No cumplía de forma exacta con las indicaciones que el abuelo me daba. Tampoco acababa de entender todo aquello: mi cuerpo allí, semidesnudo, blancuzco, sudoroso, demasiado expuesto por la diáfana luz de aquellas tardes sureñas del mes de julio. Olía a barro, a humedad, a Ducados negro.

No sé bien por qué, pero aquella figurita jamás llegó a concluirse. El abuelo se cansó, probablemente porque yo me cansé antes. Me impacienté. Fue una escultura fallida. Podría tenerla ahora en casa, junto con otras suyas, pero no está. No la tengo porque no se hizo, y no recuerdo bien por qué no se hizo: adónde fueron todas esas horas de posado, de modelado, de miradas atentas al detalle, de mi cuerpo expuesto ante él.

Tampoco sé bien por qué suena tan sórdida esta historia cada vez que la cuento: aquí, ahora, igual que en La posibilidad de un verano (Sr. Scott, 2025), la novela que escribí partiendo de esta vivencia. Sin embargo, en mi cabeza este posado es absolutamente inofensivo. Pienso en cómo las palabras, con su concreción, tienen la facultad de ensuciar los recuerdos, tan cándidos (en el sentido de inmaculados, no de ignorantes: yo sé bien lo que viví).

En mi novela La posibilidad de un verano parto del recuerdo de este posado para contar la historia de Bárbara, una niña de 13 años que, durante el verano de 1995 (en mi ficción sí hay fechas concretas), decide no pasar las vacaciones con sus padres y su hermana, y trasladarse durante el mes de agosto, junto a su abuelo Luis, escultor jubilado, a una residencia de ancianos de la sierra. Allí vivirá una suerte de verano iniciático en el que conocerá a su primer amor (el hijo adolescente de los que llevan el bar de la residencia) y vivirá sus primeras experiencias con la vejez, la enfermedad y la muerte. En este contexto, el abuelo de Bárbara (lo mismo que mi abuelo en aquel remoto verano de mi infancia) le propondrá posar casi desnuda para una estatuilla en barro que pretenderá captar ese instante en el que la infancia empieza a mutar en otra cosa. La fijación del cuerpo en transición. El escultor como entomólogo. Esta propuesta, que la niña Bárbara aceptará, como yo misma, a regañadientes, la llevará a reflexionar sobre su identidad mutante y la aparición de esos primeros indicios de su sexualidad femenina. La conexión entre la escultura modelada por el abuelo y el hallazgo del propio cuerpo y sus inexploradas posibilidades de placer, que arrancan en un solipsismo tentativo, deviene en una difusa culpa en el entorno religioso de la residencia, regentada por monjas (el Corazón de Jesús, desde el pasillo, siempre acusatorio).

La historia de Bárbara me sirve de excusa para contar mis otras historias soterradas, que trascienden la anécdota que tomo como punto de partida: mi experiencia de supervivencia y soledad en un colegio católico; mi profundo rechazo hacia esos primeros indicios de feminidad en mi propio cuerpo; la relación con mi abuelo, de admiración absoluta, felicísima; el ansia de arte, de recontar las cosas, de hacerlo todo desde cero porque lo de la Naturaleza (o lo de Dios: quién sabe) nunca ha sido suficiente para mí, lo mismo que para él. Éramos unos inconformistas.

Al igual que la niña Bárbara, posar para el artista me hizo consciente de mi corporeidad problemática. A través de ella también rechazaba yo esa realidad que nos venía dada de antemano. El mundo de las cosas nos defraudaba. Había que corregirlo. Ser modelo me refrendó como artista. No tuve paciencia para estarme quieta, para ser contemplada, para ser trasvasada a objeto. Entonces fue cuando corroboré que yo había nacido para ser sujeto, sujeto máximo, creadora. Para escribir. Y, como novelista, para contar la historia de Bárbara y de su abuelo Luis, que es también un poco el mío.

En definitiva, siendo pasiva (a tientas, a borbotones), fui consciente de cuánto me importaba ser activa. Siendo objeto, noté las ansias con las que me reafirmaría como sujeto. Estándome quieta, aprendí que lo mío era la velocidad del tiempo y la sucesión vertiginosa de los espacios: el cronotopo novelístico. La literatura no era la vida, pero se le parecía demasiado.

A pesar de todas mis tentativas en el estudio, con el barro, las herramientas, los accidentes, enseguida supe que lo que más me importaba era contar cosas con palabras. Por eso, permanecer estática en silencio para que me mirara otro era lo más ajeno a mí misma que podían obligarme a hacer. Porque yo era precisamente neta incontinencia verbal, un panóptico desquiciado, un patológico antimodelo. Yo soy Bárbara y Bárbara es yo y el abuelo Luis es el abuelo Luis. La escultura jamás es concluida, ni en la realidad ni en sus múltiples ficciones, pero el maestro permanece, repitiéndose hasta el infinito, en el espacio y en el tiempo, vertiginoso en la literatura y en la vida, refrendando los cuerpos no-objeto de dos emancipadas Pigmaliones: Bárbara tras Bárbara, Tania tras Tania, en un continuo solapamiento mentiroso.