
Martín Caparrós
BUE
Random House
302 páginas
Los escritores Made in USA tienen como presa inalcanzable eso que han dado en llamar la Great American Novel: ese sólido fantasma cuyas radiaciones comienzan a detectarse y a influenciar desde La letra escarlata, Moby-Dick, Las aventuras de Huckleberry Finn y El retrato de una dama y sus múltiples derivas y combinaciones hasta más o menos nuestros días con Bellow, Updike, Roth (Henry y Philip), Wallace y Franzen y, por encima de todas, la paradoja de la muy nacional Lolita del extranjero Nabokov. Así, allí, todos los años necesitan patentar al menos una para mantener fresca la inolvidable promesa de esa certeza original: nada puede considerarse potencia político-geográfica real si no consigue ficción propia que la cimente y apuntale.
Los escritores Made in the UK, por su parte, tienen algo que aspira a similar y definitiva y definitoria contundencia y es eso que entienden como la State of the Nation Novel: un tan nutritivo como vigoroso potaje en más de una ocasión indigesto —léase, por lo general, el mal estado un tanto decadente del reino por haber superado su fecha de vencimiento incluso con modales triunfales— que combina denuncia con ácida picaresca de clases sociales y que ya estaba en Tackeray y Fielding y Trollope y Eliot (George) y Dickens. Algo que —pasando por Ford y Waugh y Powell y McInnes— llega hasta Rushdie, Amis (Martin), Smith y Hollinghurst.
¿Y por casa —entendiendo «por casa» a la Argentina— cómo andamos? Andamos raro; porque la condición original de ese país es la rareza (para bien y para mal). Y de ahí que entendamos como gran gesto fundante del género a esa perfecta aberración del sistema que es el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Libro que no sabemos qué es: ¿novela?, ¿relato?, ¿manifiesto?, ¿manual de Historia?, ¿crónica?, ¿biografía?, ¿ensayo?, ¿diatriba? Territorios todos que Martín Caparrós ha frecuentado en su obra. Y que, en BUE, vuelve a abordar para así poder arrojarlos eufóricamente por la borda y contemplar como flotan y nadan y llegan hasta su isla desierta y privada.
Porque, sí, las grandes novelas argentinas —pienso en Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Adán Buenosayres, El beso de la mujer araña, tan diferentes— tienen el ADN común de ser fragmentadas, atómicas: como capturadas en el momento mismo de la explosión. Y BUE es una/otra de esas: grande y particular (con sus suspendidas partículas de suspenso). Y, además, es una Gran Novela Porteña. Es, por lo tanto, la asunción de un desafío. Y es también, por suerte para el lector, una misión cumplida. Y una suerte de anexo a La Historia la Gran Novela Argentina Enciclopédica y Tlön/Aleph de Caparrós. Esa novela en la que se propuso y consiguió lo que, apenas secretamente, desea narrar todo escritor: el mito del Origen, el Verbo del Principio, el rayo misterioso que hará nido en el pelo de lo que vendrá (si La Historia es como el monolito de 2001: Una odisea espacial, entonces BUE es una especie de HAL 9000 analizando los posibles desperfectos de sus homínidos y astronautas).
Así BUE, a su manera, toma la posta del épico Big Bang de La Historia y cuenta y da cuenta de lo que vino, del íntimo Big Crash de la histeria cotidiana. Y lo hace con modales que oscilan entre lo telescópico y lo microscópico y caleidoscópico radiografiando esa polifónica y dolorida cabeza de Goliat. Modales que hacen honor —con grand style- a la condición un tanto psicótica y de parque temático de La Ciudad (así, con mayúsculas). La Ciudad en la que ocurre y transcurre todo lo fundado con, nada es casual, mítico apetito caníbal del lugar (con sus barrios queriendo reproducir y coser, frankenstianamente, parte de urbes extranjeras) que acaba «sin gritos, comiéndose a sí mismo».
Modales que, me parece, se apoyan en la memoria lectora de tres libros que (no es un descubrimiento mío, él mismo los ha conocido y reconocido) han sido claves para la formación/deformación del lector que escribe Caparrós: Manhattan Transfer de John Dos Passos, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, y Respiración artificial de Ricardo Piglia.
De la primera, Caparrós toma su sonido de libro-de-voces y de mirada coral; y ve y oye con el muy frontal telón de fondo de las idas y vueltas de una más o menos edificante casa-símbolo no tomada pero sí a tomar —desde su construcción hasta su destrucción nada realista ni mágica ni macondiana pero sí un poco parisina del barrio de Perec— por la que todo y todos pasan y poco y pocos quedan.
De la segunda, el espirituoso mandato de que toda novela que aspire a ser algo debe hablar un idioma propio: una lengua con muchas lenguas para que el tiempo se contraiga para expandirse (y viceversa).
De la tercera, una cierta compulsión deambulante donde la acción no está reñida con la reflexión ni la práctica íntima con la teoría desde afuera en un mix de lo testimonial-ideológico con lo confesional-psicológico y sabiendo que lo universal se fabrica con los materiales de lo individual.
Y hasta es posible detectar, de entrada y recurrente, un guiño escenográfico a una de las lecturas formativas y deformativas de Caparrós donde el bar La Catedral de Vargas Llosa muta a El Tambo.
Y ahí están también esa suerte de inserts/interferencias urbano-memoriosos en los que Caparrós (ya reconocido y reconocible y admirable protagonista de esa constante tensión entre la crónica y lo crónico, entre la ficción más verdadera y la no-ficción más imaginativa) parece flotar como crono-cartógrafo y Deus Ex Machina sobre La Ciudad. Sobre La Ciudad que «quizá por eso tardó siglos en empezar a ser otras cosas, otra cosa. Quizá por eso le da miedo su origen. Quizá por eso vuelve». La Ciudad a la que casi —recién a la altura de la casi última página 300, con algo más de gemido profano que de grito sagrado— no le hace falta nombrar ese nombre que nunca es mencionado pero que bien podría ser el de Malos Vientos. Pero no, pero sí: La Ciudad es Buehnos Ayyyres, Arghentina.
No tiene sentido aquí intentar el resumen de la trama de BUE, de tantos personajes, de sus nombres y apellidos y apodos, de su entramado de parques y paseos y de avenidas y calles y callejones siempre sin salida, de sus pisos altos y sus sótanos hundidos y sus bares al nivel de la tierra infirme, de su composición de lugar descompuesto. No tendría gracia alguna aquí detallar los hallazgos y extravíos de La Ciudad más invasora que invadible. Dejo para el lector el maravillarse ante un argumento donde la blanca amistad puede llegar a devenir en delito noir: en una acechante y azarosa y conspirativa criminalidad muy literariamente argentina. En pecado capital de capital pecadora donde se vuelve a comprobar aquello de que toda familia (aquí los turbulentos Giunti) es infeliz a su manera. Y —se sabe, se escucha— si en algo son muy felices los argentinos es en su capacidad para ejecutar infinitas variaciones sobre el aria de la tristeza.
Sí cabe vislumbrar aquí que en BUE Caparrós adivina el parpadeo de las luces a lo lejos; y que lo hace acercándose hasta volver a recordarnos que La Ciudad es un victorioso matadero y sus habitantes ganado perdedor. Y que —como dijo un ciudadano visionario— a ella «No nos une el amor sino el espanto; / Será por eso que la quiero tanto».
En BUE —título que, dicho en voz alta, puede adoptar ese tan local y bonaerense para cualquier visitante «y bueh…» sonado a resignación y fatiga, a un esto es lo que hay, lo que queda, lo que permanecerá— Caparrós, ciudadano ejemplar y declarado ilustre, dispone y ofrece acaso la compleja y definitiva arquitectura de una novela de plano muy bien planeado a la vez que tan consciente de su imposibilidad de ser trazado con precisión. Y en la precisa imprecisión (entendiéndola no como falta sino como presencia: como lo inevitablemente movido, lo que no deja de moverse, lo conmovedor) reside, pienso, aquello que distingue y erige la inquietud sísmica de una gran novela de madurez que no se priva del desparpajo y la audacia de una juvenil novela con muchas novelas por colonizar. Si —como definió su amigo y colega y bonaerense Daniel Guebel— «Caparrós es nuestro Balzac», entonces BUE es su tragicomedia inhumana pero no por eso menos sensible y sentida.
Resta y suma sólo decir que el significado de BUE —ese título y sonido y suspiro— no implica ningún interrogante: no hay aquí enigma de Rosebud a deshojar y desentrañar. Lo que sí hay en BUE es la certeza de que para Caparrós La Ciudad —su Buenos Aires querido— seguirá siempre siendo incomprensiblemente misteriosa.
Por eso la escribe. Por eso y de ahí de esa extrañeza, el que —aunque nunca se la entienda, aunque jamás se la comprenda del todo— esta BUE que, antes que nada y después de todo, nos la hace extrañar menos. Porque aquí —en la buena guía de sus páginas, alzándose ante nosotros tan bien escrita, tan bien leída, tan de novela— una Gran Novela Nacional de y en Todas Partes.