Gonzalo Maier
Mal de altura
Random House
136 páginas
POR JAVIER SINAY

En el principio de Mal de altura hay un fallo de la Corte Suprema: se declara a un hombre culpable de los delitos de cohecho e influencia indebida, y se lo condena, primero, a una multa simbólica y, luego, a asistir a clases de ética durante seis meses. La ley —la chilena— no especifica dónde tendrán lugar esas lecciones, ni con qué profesor, ni bajo qué perspectiva teórica. «La justicia tiene una idea rara de la ética, pero seguro que los filósofos también tienen una idea antojadiza de la justicia», dice el profesor asignado al caso, que es el narrador de Mal de altura.

Este es el noveno libro de un escritor chileno ágil y singular. Se llama Gonzalo Maier. Ha explorado distintos niveles de la novela y del ensayo: en El libro de los bolsillos meditó sobre la billetera, las llaves de casa y otras cosas que llevamos en los bolsillos; en Leer y dormir se dedicó a los placeres de la lectura y del ocio; en Otra novelista rusa contó la historia de un jubilado chileno que aterriza en Moscú para derrotar a los mejores ajedrecistas rusos; en Piña siguió a un artista, también chileno, que deambula entre cafés berlineses y galerías under, y es interceptado por el fantasma de una curadora y crítica de arte recién fallecida.

Ahora, en Mal de altura, Gonzalo Maier observa la actividad de Sócrates Saavedra —el narrador—, que da clases de filosofía en una universidad para estudiantes adinerados de Santiago, una universidad situada en la precordillera. El terreno elevado termina por imponerse en el título de la novela: lo de «mal de altura» es una referencia a los padecimientos que podríamos contraer a varios metros sobre el nivel del mar, que son molestias muy distintas a los que sentimos en el llano. Por supuesto, es una metáfora.

El nuevo alumno del profesor Sócrates Saavedra es el ricachón Juan Agustín Echaurren y Patrón, que fue condenado a tomar clases de ética (por meter su dinero a jugar en política ilícitamente). Echaurren y Patrón es un empresario fanfarrón, dispuesto a debatir y a intercambiar opiniones sobre el poder, el tener y el saber. El profesor Sócrates Saavedra no es tan malvado como, si acaso, alguno de los personajes de Michel Houellebecq (especialmente los de la época de Ampliación del campo de batalla), pero en este narrador se puede leer, por momentos, un tono cínico que recuerda a aquellos, hasta que luego se revela más bien como estoico.

El narrador dice, por ejemplo: «Los profesores de filosofía somos famosos por decir que tenemos preguntas y no respuestas, y aunque suene fácil e idiota, un cliché entre tantos otros, no deja de ser cierto. Como ser comunistas. Todos creen que somos comunistas. Que los profesores de literatura son comunistas, que los de historia son comunistas, que los de filosofía somos comunistas y no lo somos ni de cerca (pero sí somos lo que la mitad de Chile imagina que son los comunistas)». Sea comunista o no, sea cínico o estoico, la cuestión es que Sócrates Saavedra se ha separado de su pareja, ha perdido la fe en su trabajo y necesita encontrarse con algo que lo sacuda para reparar su mundo. Y ese algo en verdad es alguien, y ese alguien es aquel ricachón.

Gonzalo Maier, el autor, dijo en una entrevista que para crear el mundo provocador de su novela, lleno de contradicciones morales y existenciales, se inspiró en casos reales de la actualidad chilena, y que buscó explorar la empatía y mirar de cerca a un personaje condenado por toda la sociedad. De modo que el ricachón condenado resulta ser bastante más complejo de lo que podríamos esperar. Y el profesor Sócrates Saavedra también, porque termina replanteándose sus valores de igualdad, de democracia, de bonhomía. El dinero se vuelve demasiado colorido al lado de todo lo demás: es acción en movimiento. La ética, sin embargo, tiene un lugar luminoso en Mal de altura, que no es una novela desesperanzada ni burlona.

La ética cala en profundidad y transforma a los dos personajes cuando estudian a los filósofos clásicos y cuando dialogan entre sí a lo largo de las semanas (de la ficción) y a lo largo de las 136 páginas (de la realidad). La pluma de Gonzalo Maier corre veloz: Mal de altura no es un libro de filosofía, sino un libro en el que pasan cosas concretas, un poco más o un poco menos cotidianas, pero siempre cotidianas. En ese plan, las lecciones de ética con la que juegan el profesor de filosofía y el magnate condenado son una bocanada de aire fresco y de sentido para ambos pero más que nada, lo son para el lector.