Fernando Clemot
La reina de las aguas. Un viaje eterno por Roma
La línea del horizonte ediciones
180 páginas
POR PEDRO BOSQUED

Fernando Clemot (Barcelona, 1970) podría ser italiano. Como podría ser uno de los italianos que emigraron a América o que vive ahora en ella. Lo demuestra en la página final de corolario, podría decirla cualquier emigrante afectivo de un lugar. Lo dice en mayúsculas: «Nunca he tenido un regreso más feliz que cuando he vuelto a Roma». O desarrollando la idea: «Ni Lisboa, Nueva York, París o Berlín tienen la capacidad de trastocar o incendiar lo más remoto de tu memoria». Lo es este libro de bolsillo que todos deberíamos guardar en nuestra caja fuerte de la biblioteca. Si no la tenemos, podemos introducirla al menos mentalmente, porque no solo lo merece sino que es incuestionable eso de que es un libro joya. Obvio para los que amamos Italia, porque como ya demostrase en Fiume (2021), estupendo y costoso trabajo sobre la cuasi utópica parte italiana en los Balcanes que albergase a D’Annunzio en lo que hoy es Rijeka, se atreve a escribir algo nuevo sobre una de las ciudades más cartografiadas y narradas. Empresa complicada, pero como ya demostrase en la obra del 2021, cuando hay ese grado diáfano de pasión con criterio, nada malo puede salir.

La obra que nos ocupa, La reina de las aguas, son menos de doscientas páginas de pequeño tamaño y de extendido poso. Lo subtitula como: «Un viaje eterno por Roma». Y lo es porque ha elegido como eje o raíz, algo que no es muy sólido. El agua. Consustancial a la capitolina, a lo latino. En definitiva, a nosotros. Hispanoparlante que al escuchar el italiano pensamos de todo menos que es una lengua extranjera. En esta ocasión, Clemot aprovecha una estancia de pocos meses para regalarnos su cadencia mental, sus paseos y derivas y lo que de verdad permanece como inolvidable. La mente afectiva hecha efecto de amor sobre su familia. Compañía que de manera discreta e indirecta condiciona la voz narrativa del autor para que muestre lo que de inocente tiene el paso de los siglos.

Si dicen que Roma es el paso de la historia del mundo recogida en una ciudad, algo de lo inocente de esa historia mundial, lo que no suele venir a la mente a la primera, lo recoge y entrega al lector en este libro. Ya solo por eso hay que agradecérselo. Pero hay más, mucho más, como el agua que corre. Por La Barcaccia, el Mose, el Aqua Paula, el Tritone, Trevi, el Nettuno, le Quattro Fiumi de plaza Navona. La diseminación de fuentes por toda la ciudad refresca el pensamiento del paseante, en forma de pareja que es el lector, de este escritor Quijote que nos muestra tanto que a pesar de ser el agua cristalina, no habíamos logrado vislumbrar. Se acerca a Bomarzo, y no solo honra al argentino Mújica Laínez, nos retrae a lo que nuestra mente quería pensar, pero no se nos había ocurrido, sobre las esculturas de piedra que alivian el alma de algunos Orsini. Villa Adriana o la Escalera Santa subida de rodillas, confirman ese estado mental que se produce en la persona, cuando sabe que esa estancia es imperecedera y nada malo le puede pasar.

Ese paréntesis hecho del rumor del agua y la callada mirada de Eva y Emma, mujer e hija que terminan su nombre con la misma letra que lo hace Roma. Por siempre ligadas a esa ciudad. Por siempre queda ligado el lector a la mirada de Clemot sobre Roma. No era fácil, lo ha conseguido. Con la honestidad de la modestia que entrega el pasear sin pantallas y así poder observar quien se sienta en un banco a leer. Si no es necesario rimar para escribir poesía, sí que para escribir la verdad que conlleva la poesía hay que ser tan sincero como el autor al mostrarnos lo que significa también ser padre de alguien que todavía no es consciente. La inconsciencia de la hija se aprecia en la mirada del autor.

El trabajo de documentación artística y literaria previa hacen que sean miradas llenas de colateralidad valiosa a unos adoquines romanos que nadie que los haya pisado puede olvidar. Así se fijan los recuerdos de forma indeleble, con su buena parte alícuota de mundo interior, ese que permanece en el ser humano pasen los años que pasen. Como el agua que pasa por las fuentes de Roma, como el tiempo que pasa en la ciudad eterna. Nada mejor que el buen paseante letrado para descifrarla en nuestra mente lectora. Se lo debemos. En palabras suyas: «Dicen que de Roma solo te puedes marchar maldiciéndola o entre lágrimas. También, sin embargo, pueden ocurrir las dos cosas». Ojalá se les ocurra una tercera.