Luis Chitarroni
La ceremonia del desdén
Mardulce
128 páginas
POR MARIANO VESPA

En la portadilla de un ejemplar de Libro de los muertos. Apuntes 1942-1948, de Elías Canetti, puede leerse una débil anotación en lápiz: «el libro de F. Rico que cita Gimferrer». Más adelante, se ve una grafía resquebrajada que acompaña uno de los registros alrededor de la muerte que el autor de La lengua absuelta reunió: «Uno que se vuelve inmortal a milímetros». Trazos sueltos que reflejan la capacidad sináptica de lectura en Luis Chitarroni (1958-2023) y su devenir póstumo, motivados por un regalo de Ignacio Echevarría, su editor en la antología de piezas de no ficción Pasado mañana (UDP). Presentarse como un muerto, no como un genio al decir de Osvaldo Lamborghini: una treta que también resuena en La ceremonia del desdén, una pieza postmortem que circunvala el mamotreto también póstumo, resonante y ahora inhallable Borges, de Bioy Casares (2006), acaso uno de los grandes libros publicados en Argentina en el siglo XXI.

En abril de 1999, poco después de la muerte de Adolfo Bioy Casares, Daniel Martino anunció la edición final de Borges, un diario que registra cincuenta años de complicidad humana e intelectual y la materialización de un deseo biográfico, muy cerca del registro sostenido de Boswell. Según cuenta una nota de Hugo Beccacece, el manuscrito suscitó, con razón, la atención de varios sellos: «Un directivo de una poderosa editorial local, que ya recibió una copia y la leyó, le comentó a sus colaboradores: “¡Este material es dinamita!”». Es imposible no pensar en la voz de Chitarroni, cultor de una prosodia refinada y picaresca, por ese entonces director de Sudamericana. De hecho, cuenta que la primera vez que leyó Borges fue en el estudio jurídico que custodiaba el brío del material inédito, una dimensión desconocida para alguien tan conectado con la sinestesia biográfica. El libro salió a la luz recién siete años —o seis presidencias argentinas— después, y automáticamente Chitarroni se convirtió en un reivindicador: «hay una [manera] de leerlo que es casi peor que las de no leerlo: la que acata el aviso sombrío de una colonia de opiniones sin vuelo», escribió en Página/12.

Edgardo Scott, encargado de la laboriosa tarea de reunir los papeles dispersos, acierta en presentar a Chitarroni como poeta, un gesto atípico en los contemporáneos que vindicaron su faceta como editor, un exquisito sumido en las potencialidades de la literatura, en tanto «sistema de relaciones en movimiento, que mutan y se desplazan». Tal vez se apresura en pensar que hay poca tradición diarística en Argentina, pero es cierto que el Borges es un artefacto peculiar poco valorado —al decir de LC—, que exclama una pronta reedición.

Chitarroni no busca encontrar sistemas sino más bien cartografiar constelaciones de obras desde una mirada disyecta y un espíritu curioso, cimentado en la consulta intemporal y detallada de revistas —London Review of Books, Times Literary Supplement— y por la predilección de temas perdidos y vidas pormenorizadas. El espíritu de Borges, su presencia ubicua, no lo cercena; más bien lo expande: vale pensar en su primer libro Siluetas (1992), donde resuena la apuesta por las biografías breves; en sus cursos alrededor de la huella en la literatura latinoamericana, y en el modo en que desglosa al personaje que aparece en las notaciones de Bioy: «Borges va a cambiar el sistema de valores y hasta la hagiografía de la literatura», escribe.

El montaje expone las fichas de un comentador riguroso pero apegado a las digresiones y las interrupciones. Sumergirse en la exquisitez de su prosa exige abrazar los datos circunstanciales —típicamente borgeanos— y pasar por alto que en muchos pasajes el objeto —el diario en sí— se desintegre y vire hacia las misceláneas de materiales varios (se divierte con las diversas facetas de la calumnia en los personajes), los apuntes de un fuera de campo (como los personajes satelitales como Wilcock), su propio museo del chisme (se pregunta por quién es el padre de Bioy) e imagina distintas faltas en las anotaciones (hubiera querido saber qué sintió Borges al corregir el libro de su padre). Aun algunos ripios, el volumen atestigua la minuciosidad de una máquina lectora capaz de reverenciar a su maestro, pero con la suficiente soltura para poder preguntarle cosas. Con ese espíritu muestra un hallazgo: «El gran viajero y crítico inglés J. A. Cuddon, cuyo Diccionario de la literatura y términos literarios es uno de los más precisos y completos en este campo, incorpora en la entrada a la palabra «Ficción» la firma de Borges. Es algo así como la firma de Giotto en los cuadros del Renacimiento». Así como Brodsky dijo que Auden era el único que podía usar el diccionario para sentarse, Chitarroni es uno de los pocos capaz de hacer de un recodo un universo entero.