Leonardo Valencia
Kazbek
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108 páginas
POR DIEGO GÁNDARA

Hay novelas breves que, pese a su brevedad, y a pesar de no ser, tampoco, una nouvelle sino más bien un artefacto literario, ofrecen, sin embargo, un abanico de lecturas en cuyo centro está, quizás, la escritura misma, pero relacionada, la escritura, con otras artes, con otros registros, sin dejar de ser, por ello, o quizás debido a ello, la novela breve, una novela profundamente literaria.

Es el caso, por ejemplo, de Kazbek, novela breve y de corte moderno del escritor ecuatoriano Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969) pero que, profundamente, literariamente, abre las puertas a una amplia gama de sentidos, y todo condimentado, además, por un estilo que, más que distante, es más bien sobrio, aunque destila, a partes iguales, tanta erudición como imaginación.

Publicada por primera vez en España en 2008, cuando Valencia (que hoy vive en Quito y trabajaba como profesor de literatura y coordinador de la Maestría en Literatura y Escritura Creativa de la Universidad Andina Simón Bolívar) vivía en Barcelona, adonde había llegado para hacer un doctorado en teoría literaria en la Universidad Autónoma, Kazbek, más allá de su brevedad, de su profunda brevedad, es un libro complejo y sugerente que dinamita, de alguna manera, la concepción de género.

¿Novela? ¿Cuento? ¿Imaginación desaforada? Da igual. Porque la propuesta de Valencia no se interroga sobre los registros establecidos ni tiene que ver, mucho menos, con el realismo ni con el folklore de la literatura que se escribe en Ecuador en estos tiempos, pues Valencia, con Kazbek, va un poco más allá y se adentra sin fisuras en cuestiones que tienen que ver con otra cosa: con la aventura, con el mito, con la memoria cultural y con la relación entre la literatura y la vida. Una relación que, más que verbal, en el caso de Valencia, es una relación vital, a veces salvaje, donde lo verbal acaba adecuándose.

El libro, que puede ser leído como una novela, gira en torno a una anécdota central: un pintor alemán afincado en Ecuador, el señor Peer, encomienda a Kazbek una carpeta de dibujos inspirados en los quiméricos «bichos» que habrían poblado el interior de un volcán, animándole a que los complete con una serie de textos de su propio cuño y a que restrinja a cambio su extensión y su forma a fin de contenerlos en un «Libro de pequeño formato».

Atrapado en una vida real que no le ha permitido edificar hasta ahora una obra alineada con los gruesos volúmenes de su biblioteca, Kazbek, quien pese a todo aspira a abordar algún día la historia de su amigo Dacal, se verá así contravenido en su empeño, consumido por las vacilaciones frente a la escritura al tiempo que estimulado por el diálogo con el viejo maestro. Un diálogo en el que Valencia invita al lector a sumergirse en una experiencia de lectura donde pesa tanto lo dicho como lo que queda insinuado y donde los dibujos funcionan como detonantes de pensamiento: son territorios que, más allá de su dimensión física, encarnan una inquietud filosófica y existencial.

Una novela de viajes o de aventuras en la cual no interesa la descripción minuciosa del trayecto físico, sino la construcción de un espacio narrativo. Un territorio literario, una excusa para hablar de la vida como recorrido marcado por peligros, ascensos, retrocesos y zonas de sombra. En este sentido, el libro puede leerse como una reflexión sobre el acto mismo de escribir. Valencia propone que toda historia es, en cierto modo, un mapa inventado, una ruta que se va trazando a partir de fragmentos dispersos. Pero cada revelación está teñida de ambigüedad: documentos incompletos, testimonios contradictorios, silencios que pesan tanto como las palabras. Es un relato donde la certeza es inestable y donde la verdad aparece como un horizonte al que se aspira, pero que nunca se alcanza del todo.

En suma, Kazbek es una propuesta literatura contemporánea que exige atención, paciencia y compromiso. Para quienes estén dispuestos a ese esfuerzo, ofrece una recompensa: encontrar, entre fragmentos, no solo una narración, sino una forma de pensarse más allá de su propio lugar. Y en tiempos donde esa forma de pensarse es urgente, su apuesta —aunque no perfecta— resulta valiosa, original y necesaria.

La escritura nómada y heterodoxa de Leonardo Valencia adquiere en este libro su expresión más íntima y decantada. Empleando un detonante narrativo de sencillez aparente, la novela despliega todo un mapa de alusiones sutiles a la pintura y la literatura que prescinden de la trama para ahondar en las líneas de tensión estética sobre las que se asienta buena parte de la ficción contemporánea.