
La única vez que me asaltaron a mano armada fue en Santiago. Caminaba con mi compañera por la calle El Bosque cerca de las diez de la noche, una noche de verano preciosa que, después de una cena, pedía caminar por ese bulevar cargado de arbustos y flores. Era principios de febrero de 2020. Es decir, estábamos entre el estallido social y la inminente pandemia. En la esquina con Carlos Antúnez nos cruzó un auto blanco. Bajaron cuatro hombres, armados y, apuntándonos contra un tapial, nos sacaron todas las cosas valiosas que llevábamos encima. Yo tardé en entregar mi billetera porque me sentía suspendido. No podía procesar tener, de repente, una pistola apuntándome a la cabeza. Cuando les pasé la billetera, volvieron al auto y doblaron por Carlos Antúnez. El auto hizo una cuadra y cruzó el canal San Carlos, un afluente del río Mapocho que trae las aguas de las montañas, las aguas que descienden y atraviesan la ciudad. El auto de los ladrones cruzó ese canal para luego perderse en la noche. Pero antes de hacerlo cruzaron un puente. Para escapar buscaron un puente.
Los puentes, según Simmel, son una creación humana que permite conectar y separar lo que la naturaleza ha dado de un modo irreversible. «Los objetos, dice Simmel en su famoso ensayo Puente y puerta, permanecen desterrados en la despiadada separación del espacio, ninguna parte de la materia puede compartir su espacio con otra y no existe una unidad real de lo múltiple en el espacio». Las personas rompen esos límites naturales y a la vez crean otros. Otras fronteras. La experiencia de atravesar un puente siempre es conmovedora. Hay algo del paisaje que se desprende, que muta cuando uno comienza a desandar ese camino artificial que hace posible lo imposible: cruzar, por ejemplo, un río.
Santiago es una ciudad atravesada por el río Mapocho. En sus orígenes ese río funcionó como una frontera no solo natural, sino también social. La Plaza de Armas, el centro cívico, la estación del ferrocarril, los barrios aristocráticos de un lado, y, del otro, la Chimba, que significa del otro lado, así se nombraba a los sectores populares. El río como esa frontera que delimita a las clases sociales, que constituye el borde entre la civilización y la barbarie, como decía Sarmiento que vivió en Santiago y allí escribió Facundo. De algún modo esos ladrones que nos asaltaron en el coqueto bulevar del Bosque también habían cruzado una frontera. Andaban, ahora, del otro lado con nuestras pertenencias. Sabíamos eso porque comenzamos a detectar, con algún dispositivo que habíamos salvado, la ubicación de nuestros teléfonos celulares. Nunca había utilizado esa búsqueda y quedé impactado. El movimiento de los ladrones estaba allí, en vivo y en directo. Al parecer estaban en el barrio Franklin. Un lugar donde se venden cosas viejas, un mercado de usados. Un barrio hermoso por la diversidad. Inmigrantes, trabajadores, turistas, vendedores ambulantes, músicos y la comida en todas sus variantes. Hay una calle allí que se llama Placer. Y en una esquina hay un cartel que indica que esa calle está cerrada los días de feria. Dice así: Sábados y domingos, Placer cerrado.
Para llegar al barrio Franklin, los ladrones, después de haber cruzado una serie de puentes, seguramente se hundieron en la carretera subterránea que viaja en algunos tramos por debajo del Mapocho. Ahora al río se lo señala, no sólo de un lado o de otro, sino hacia arriba. Esa obra que va adherida al río por debajo destrabó el tránsito de la ciudad y la conectó a otra velocidad. Por eso, en la noche, si los ladrones tomaron esa carretera en pocos minutos habrán llegado al barrio Franklin. En ese barrio descubrí una tarde de paseo, un sábado que Placer estaba cerrado, un libro que me había recomendado mi amigo y escritor Matías Celedón. Se trata de El Río de Alfredo Gómez Morel.
***
La escritura de Alfredo Gómez Morel se funda sobre una vida negada y perseguida. Gómez Morel tiene algo de «El Niño Proletario», el cuento de Lamborghini, pero, a diferencia de Stroppani, hará sonar, de a poco, su propia voz. Es el desplazado que cuenta.
Gómez Morel escribe desde la cárcel de Valparaíso su libro más famoso, El Río, publicado en 1962. La solapa, esa forma de reproducir mitos, dice que estuvo preso más de doscientas veces y que fue custodio de Perón en la década del setenta, un dato, por otro lado, incomprobable. Luego de El Río escribió La Ciudad y El Mundo componiendo una trilogía autobiográfica.
El río es el Mapocho. Pero el Río, así, con mayúsculas es también un espacio de contención para los pelusas que, poco a poco, irán filtrándose en el mundo de la delincuencia. Gómez Morel en El Río cuenta, entonces, su vida. La vida de un chico que fue despreciado y golpeado por una madre prostituta; internado en un colegio de curas y abusado por los curas; y que elige huir de toda esa violencia para vivir debajo de un puente, a orillas del Mapocho.
El Río se inscribe dentro de un realismo anacrónico para los años sesenta, un realismo que responde más bien a la estética de los años de infancia de Gómez Morel, es decir, la década del treinta y del cuarenta. Años en los que el hecho de ser delincuente o «lanza» implicaba una ética semejante al modo de ser de los malandrines que describe muy bien González Tuñón en sus poemas. Eso es, precisamente, lo que distancia el mundo de «El Niño Proletario» del modo en que se narra la marginalidad en El Río. La escritura clara, inocente, por momentos folletinesca de Gómez Morel, nostálgica, contrasta bien fuerte con esa lengua sucia de Lamborghini. Pero lo que tiene Gómez Morel de Stroppani es lo vivido. La humillación entre los humillados y la violencia de los poderosos. Todo eso recae sobre el cuerpo del niño Gómez Morel. Y es en ese cuerpo donde acecha la sombra de una madre desmadrada que lo arrasa con todo.
La única alternativa de salir de ese desamparo brutal – posibilidad que «El Niño Proletario» jamás tuvo – será a través del Río. Aquí no hay masa de trabajadores unidos que puedan redimir a los explotados. Se trata del mundo del hampa – y esa ética – la que le dará una pertenencia, una conciencia grupal. «El Río sabe cuándo uno de los suyos está en peligro y acude sin que lo llamen ni le avisen. Se trata de luchar contra la Ciudad».
Gómez Morel piensa, de este modo, a la literatura no como un modo de reconversión, es decir, de salvación: escribir en la cárcel para corregirse; sino más bien como una manera de perfeccionar su oficio de delincuente. La escritura de Gómez Morel nace por fuera del imaginario burgués y seguirá así, en las orillas. Es decir, Gómez Morel escribe – y piensa la escritura – como una forma de torcer el mundo.
*
Claro que era curioso que los ladrones que nos habían abordado en el Bosque a mano armada ahora estuvieran en el mismo barrio en donde había encontrado ese ejemplar notable de Gómez Morel. La aplicación mostraba el lugar en donde estaban nuestros celulares. Por eso inferíamos que allí estaban los ladrones. A pocos metros de la calle Placer.
Para hacer la denuncia policial tuvimos que cruzar uno de los puentes del río Mapocho: El Arzobispo. Un puente que se levanta a la altura de la estación de metro Salvador. Recibe un importante flujo de tránsito. Y es de los más llamativos en términos de arquitectura. En verdad varios de los puentes de Santiago llevan nombres religiosos. El Pío Nono, Purísima, Concepción. Además de una profunda tradición católica en la cultura chilena, hay algo en el nombre de los puentes que remite a lo religioso. Pontífice quiere decir «hacedor de puentes». El que tiende un brazo hacia el otro y hace posible la resolución de un conflicto, por ejemplo. Los puentes tienden un brazo a la otra orilla, al otro lado, ¿a la Chimba? Pero también, y la novela de Gómez Morel lo retrata con crudeza, esa tradición católica deja huellas de violencia, expulsa a los excluidos debajo de los puentes: la vejación, el maltrato físico. Todo puente tiene su contracara y es lo que esconde debajo. Lo que no quiere mostrar.
¿Qué es lo que no quiere mostrar una cultura, una ciudad? Se puede empezar por ahí para entender un poco lo que ostenta. Se viene hablando, desde hace unos años en Chile, del problema de la delincuencia a pesar de figurar en casi todos los índices de delitos de América latina como una de las ciudades más seguras junto a Montevideo. Ciertos casos resonantes, la irrupción de una modalidad más violenta y una amplificación mediática del tema fue tramando una agenda. Pero a esa agenda le falta algo. Un sujeto real que viene a ser constituido como fantasma. El agente policial que nos tomó la denuncia en un momento hizo una pregunta que detonó una inquietud extraña: ¿Ustedes creen, dijo, que se trataba de extranjeros? El extranjero era yo, que paseaba por Santiago, la pregunta apuntaba claramente a un destino. Preguntar si se trataba de extranjeros buscaba asociar a cierto tipo de migrantes con ese acto delictivo. Y lo otro, más lombrosiano, era si podíamos detectar por la cara si se trataba de ese tipo de extranjero. Me desconcertó tanto como el acto mismo del asalto.
Pero a los fantasmas hay que tomárselos bien en serio. No es cuestión de discernir entre inseguridad o sentimiento de inseguridad. Sabemos que las palabras hacen cosas. Y la derecha en Chile supo agitar ese fantasma y proponer políticas de expulsión para los extranjeros. Es decir, «poner orden expulsando a los que traen el caos». El inmigrante aparece, como sucede en Europa, indicado como un otro peligroso, el que debe estar del otro lado, en la nueva Chimba. Allí, precisamente, hay que mandarlos, y hay que hacer lo que haya que hacer para detonar todos los puentes posibles, eso dice la derecha legitimada ahora por el voto popular.
Hay una leyenda que recupera Nona Fernández en su novela Mapocho, esa novela en la que resuenan fantasmas, traiciones y la complejidad de la historia chilena en la que siempre ganan los mismos –«la Historia, dice la Nona, se inventa con las palabras a partir de un verdadero acto de Ilusionismo»-, me refiero a la leyenda de Lautaro. Es notable cómo se narra la historia entre Pedro de Valdivia, el fundador de Santiago, y Lautaro, el mapuche que fue tomado por el español como prisionero y que poco a poco el español desea de un modo irrefrenable. La Nona narra una escena sexual en la que Valdivia lo busca y finalmente lo somete. Lautaro tiene miedo y no reacciona. Y mientras ve y siente a Valdivia penetrándolo descubre que ese conquistador así desnudo es igual que él, es igual que ellos. Hay una revelación extraordinaria en esa escena. Es decir, el esclavo se da cuenta en el acto mismo del sometimiento de que puede ser libre. Porque ve desnudo al amo que lo desea, que desea someterlo. El dilema del otro, el dilema de la Chimba, está condensado en ese Jinete del Diablo que, luego, recorrerá las calles, los puentes y el río Mapocho como un fantasma en busca de su propia cabeza que le ha sido cortada y expuesta en la Plaza de Armas hasta pudrirse y ser arrojada a las aguas del río. Y no tendrá paz Lautaro, y no habrá paz en la ciudad hasta que no la encuentre.
