Enrique Vila-Matas:
Marienbad eléctrico
Seix Barral, Barcelona, 2016
119 páginas, 16.50 € (7.99 €)
POR DANIEL B.BRO

Hay escritores que parten de una concepción previa y consistente del estatuto de narrador (si es el género en el que se expresan) y, a partir de ahí, dan cuenta del cielo y de la tierra, si viene al caso. Y algunos logran escribir obras admirables, todos lo sabemos. Para otros, que son menos, cada obra supone un desafío de carácter formal, hasta el punto de que parecieran científicos afinando sus instrumentos antes de aplicarlos a un determinado problema de la realidad. Otros, en fin, escriben situados en el desconocimiento, incluso diría que buscan esa suerte de ausencia de brújula para así, inmersos en una realidad que, en principio, es todo enigma, ir descubriendo qué es lo que está ocurriendo. No sería extraño que ese autor nos dijera que eso es lo que está haciendo también con su vida y que no distingue entre el acto de salir a la calle y de abrir el cuaderno donde anota. Se trata de un escritor atraído por los entresijos de la inspiración, esa vieja palabra que se ha tratado de sustituir por muchas otras que no la alcanzan. Los entresijos de la poesía, del cuento, del relato que forman parte del tejido sin principio de la vida. Pero no sólo es la inspiración lo que lo apasiona y desvela, sino un mundo que vislumbra pleno de señales, de borradas indicaciones, de signos equívocos que, lejos de mostrar un rostro absurdo, se revelan conducentes. ¿A dónde? No llegaremos al final, puesto que no hemos comenzado por el principio, porque el hilo inicial, justamente, lo no dicho, es lo que hace a este escritor proliferar, parecer que se repite (y lo hace en ocasiones), ensayar variantes, desviaciones, y vuelta de nuevo a otra línea del camino, que ya no es la misma, porque no hay lugar, como bien supo Funes el Memorioso, o mejor dicho: su autor y nosotros sus lectores. No hay totalidad posible y, por lo tanto, lo que llamamos obra no es otra cosa que un fragmento que no se pretende absoluto sino suficiente. ¿Para qué? Pues, como dice Enrique Vila-Matas en la primera página de Marienbad eléctrico, «para ir al encuentro de todo», porque aún es posible ir al encuentro.

Todo es posible, eso creo que quiere decir Vila-Matas con esa frase, siempre que sepamos ver lo que hay de «encuentro» en las cosas y procesos que hallamos en el acto de vivir-escribir. Breton y Claude Lévi-Strauss merodeando en el mercado de las pulgas de París o Enrique Vila-Matas y la artista Dominique Gonzalez-Foerster en el también parisino café Bonaparte. La confluencia sobre, entre la quietud y el movimiento, de Robert Walser y Marcel Duchamp. La caminata del microanotador y el espacio de la aparición, no de la obra sino de su realidad en nosotros en el momento de lectura de unos signos que se disipan.

Gonzalez-Foerster tiene el proyecto de hacer una obra (instalación) en el palacio de Cristal del parque del Retiro de Madrid y Vila-Matas comienza a colaborar por su cuenta y riesgo desde su imaginario inquisitivo. Se ve a sí mismo como un doctor Watson frente a Holmes. El texto avanza por espacios subterráneos o aéreos. Por ejemplo, surge su pasión por los hoteles a partir de una frase de su amiga sobre el hotel One, creado por el artista Alighieri e Boetti en 1971. Nos confiesa: «Voy a los hoteles igual que empiezo novelas, para tratar de cambiar de vida, para ser otro». Rimbaud, ese otro en el seno del yo europeo, propugnó la necesidad de cambiar la vida. También quiso cambiar de vida, y lo hizo al deshacerse. La artista francesa es una provocadora, desde que se conocieron en 2007, de ciertos signos suspendidos del escritor barcelonés. Rimbaud, como los ángeles de Wim Wenders, se le aparece, pálido e inmóvil, al comienzo del puente de las Artes, contemplando la Île de la Cité. Obsesionado por las sugerencias y pistas, se convierte en un artista visual y ella, en una escritora. Cierto: él es el que escribe y ella quien realiza obras visuales, instalaciones. Pero esto, en realidad, no lo es tanto si apelamos a la forma en que ambas mentes están, por momentos, trabajando. Vila-Matas lo aclara con una lucidez inquietante: «Todas las artes, sin excluir las visuales, nacen y terminan en una zona invisible, como ésta desde la que escribo».

La exposición de Gonzalez-Foerster, titulada «Splendide Hotel», se inauguró en marzo de 2014. La artista tuvo en cuenta el origen de ese edificio y concibió el espacio como única sala o habitación, llena de mecedoras (treinta y una), algunos percheros y treinta y un libros atados a las mecedoras, entre ellos, Rimbaud, Dostoyevski, Rubén Darío, Conrad, Wells, Rizal, Vila-Matas… Leer, un espacio transparente. Estamos a la vez dentro y fuera. La literatura es un espacio tan favorable como la arquitectura, se puede habitar. Habitamos la lectura al tiempo que abre en nosotros espacios. Por aquellas mismas fechas, en Madrid, hubo un diálogo entre el novelista y la artista plástica sobre, por, en, desde «Splendide Hotel». ¿Qué fue con lo que se encontró el novelista? La confusión con su obra o, mejor dicho, con procesos centrales de su hacer literario. «[…] Uno no tarda en preguntarse dónde termina la obra, suponiendo que ésta haya empezado en algún lugar. ¿Termina o empieza en el jardín y el lago que hay junto al palacio, en un árbol del parque del Retiro, en las afueras de Madrid, en una plaza de Lisboa, o en un hotel portugués frente al Atlántico, en ese hotel destartalado próximo a Cascaes, donde Wim Wenders le habló del “estado de las cosas” a toda mi generación?». Lugares que son errancias, que son signos, que son microrrelatos sobre una página transparente gracias a su estructura de alusiones y elusiones, cercanías y alejamiento, como el mismo palacio de Cristal, capaz de poner en duda el esto y el aquello en el juego de las semejanzas.

¿Cómo no a va a obsesionarlo y divertirlo ese único cuarto? Homenaje a la literatura y al acto de leer, esa instalación fue también una idea: leer es bascular, una rítmica oscilación, unidos al cordón umbilical, que nos permite desde el otro ser otro. «No hay enigma más grande que éste: el del cuarto único». ¿Por qué? Si el enigma es tan grande, ¿podremos responderlo? Me apresuro a decir que no. Su grandeza tal vez radique en que coincide con nuestra vida, que es un perpetuo «ir al encuentro de todo». Para ambos artistas, ese cuarto único es la propia vida, única y, al mismo tiempo, otra. Mediados por la imaginación literaria, trascendemos y así cumplimos la realidad de ese cuarto único.

Por otro lado (quiero decir, por el mismo lado, pero ahora), éste es un elogio del arte de la conversación, que es también el de la conversión. Dos personas convertidas en personajes lanzadas a una investigación paciente y alerta, alerta a los signos. Lanzados a lo que llaman «el azar productivo», que es una suerte de actividad pasiva, de merodeo riguroso, de duermevela paranoica. Ambos, tal como lo muestra este Marienbad eléctrico, están tejiendo una novela, una narración preñada de digresiones, de glosas que, a su vez, inician un primer texto. Todo el libro, como creo que deben ser todos los de Vila-Matas, del cual he leído media docena, está lleno de citas, en el doble sentido de la palabra, logrando una «loca alegría», como si en el proceso de desplegar el texto se afirmara la vida, y ése fuera el sentido del enigma del único cuarto, del locus solus.

¿Por qué Marienbad? Se trata del filme de Alain Resnais El año pasado en Marienbad, que está basada en la novela de Bioy Casares La invención de Morel, en la que mi viejo y añorado amigo de muchos días bonaerenses trazó memorablemente una suerte de alegoría de nuestro imaginario, un libro que Borges calificó de «imaginación razonada». El guión del filme fue obra de Robbe-Grillet. Ahora todo se entiende mejor, quiero decir, seguimos cabalgando a la búsqueda de todo. La isla (cuarto único), el prófugo que allí se encuentra y que ve a los otros sin que ellos puedan verlo. Y, por último, el ingenio de Morel, una máquina capaz de fijar nuestras imágenes y así salvarlas… Muchos han pensado que esa novela pareciera escrita por Borges y yo creo que, de alguna forma, está escrita con él, como este libro está escrito con Dominique Gonzalez-Foerster. Hemos vuelto, por tanto, a la mecedora en un cuarto único y trasparente: somos el lector que ve sin ser visto, somos finalmente esos personajes, somos el otro en la casa de la transparencia.

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