POR CORAL P. MENGUAL
Universidad Complutense de Madrid

Introducción

¿Quién aguanta a un superviviente? ¿Quién puede
cuestionar a un superviviente? No, es casi mejor que
estén muertos.
Michel Fais, Historias enterradas (vivas)

 

El filósofo alemán Peter Sloterdijk refiere una historia que la poetisa japonesa Yoko Tawada escuchó de su abuela: «Hace mucho tiempo, cuando los hombres todavía sufrían una extrema pobreza, a veces podía suceder que las mujeres mataran, nada más nacer, a aquellos hijos suyos junto a los que, de otro modo, hubiera muerto de hambre. Por cada niño muerto se fabricaba un Kokeshi –que significa “desaparecer un niño”–, para que los hombres jamás olvidaran que habían sobrevivido a costa de aquellos niños»[1]. Esto podría fundar el Síndrome Kokeshi, o melancolía del hermano superviviente, que cabría englobar dentro de la denominada “literatura de la supervivencia”. En esta materialización concreta, vamos a estudiar la desaparición de la figura del hermano y las consecuencias que esto puede tener en la experiencia literaria; consecuencias que, como veremos, en ocasiones resultan más terapéuticas que artísticamente valiosas, si bien en otros casos forman parte de corpus narrativos o poéticos de interés. Para ello vamos a partir de algunos ejemplos de escritores internacionales más o menos célebres, para pasar después a examinar los supuestos en la literatura española.

Pero antes, nos gustaría formular una aclaración, a título precautorio, de la mano de Wilhelm Dilthey:

La literatura es un producto cultural, y no puede ser comprendida en el esquema casual de la naturaleza, ni puede ser explicada mediante leyes necesarias, deterministas y generales. Queda, por tanto, invalidado el método determinista de Taine e incluso se desprestigian los métodos biográficos como clave para el conocimiento de la obra de un autor; aunque sea con historias y biografías para comprender el significado de las obras, los datos de la vida deben entenderse como referencias condicionantes, no como causas determinantes.[2].

Es decir, vamos a caminar por una delgada línea roja que deja a un lado dos extremos erróneos: por un lado, la falacia biográfica, que entiende que todo lo escrito es autobiográfico, y por otro la consideración de la literatura como un relato de hechos que no le suceden a nadie. La mayor parte de las páginas escritas desde el comienzo del arte literario se mueven en un enorme y pantanoso espectro de puntos entre esas dos posturas.

La pérdida del semejante

Por fortuna después de la muerte de mi hermano no
nació en mi casa ningún otro niño.
Mario Bellatin, La escuela del dolor humano de Sechuán

 

Los ejemplos de este síndrome Kokeshi se cuentan por decenas, por lo común ligados a las experiencias biográficas de los autores que desarrollan este asunto. Es decir: en gran parte de los supuestos citados, son los escritores que han perdido un hermano –sobre todo quienes, como se ha dicho, reciben el nombre del fallecido– quienes más escriben sobre el tema, convirtiéndose en algunos casos, como los de William T. Vollmann[3] o Javier Marías, en una auténtica obsesión personal[4]. Aunque en la conclusión intentaremos hacer sentido de este síndrome, una de las posibles causas las explica la narradora Berta Dávila: “A Marga le asalta la culpa del superviviente. Si un hijo muere en una familia, la hija que queda se convierte en la hija viva”[5]. De modo que literariamente la experiencia se constituye bajo la explosiva forma de dolor + culpa simbólica. Los supervivientes se debaten en un marasmo de fuerzas internas:

Como portadores de una pérdida, se lamentan; como supervivientes, experimentan una especie de satisfacción. Por lo común no confesarán este sentimiento indebido. Pero sí saben muy bien qué es lo que siente el muerto. Él tiene que odiarlos, porque ellos tienen la vida que él ya no tiene. Piden que vuelva su alma para convencerle de que no deseaban su muerte.[6]

Elias Canetti escribió ese párrafo para referirse a pueblos primitivos que creen o creían en los fantasmas de un modo público y ritual. Es aplicable, por tanto, a quienes sufren el Síndrome Kokeshi, por la mentalidad de defensa que subraya: para ellos el fantasma existe, de un modo absolutamente incontestable, corpóreo: a través de su voluntad. El fantasma es casi tangible, porque está siempre presente en su cabeza. Le acompaña en todos sus movimientos, y justifica sus actos. El fallecido es el homenajeado, el ser para el cual se destinan los hechos. La presencia del Kokeshi es a la vez un acto de convocación y exorcismo: hace aparecer al desaparecido, a la vez que aleja su posible sentimiento de venganza.

Comencemos con un caso paradigmático de gran escritor actual torturado por la pérdida de su hermano, además hermano gemelo: Mircea Cărtărescu. Según ha dicho en alguna entrevista, Cărtărescu tuvo un hermano gemelo que murió con apenas un año:

Mi hermano negro (porque no puedo recordarlo) es mi gemelo Victor, desaparecido a la edad de un año. Todos los años, el día de mi cumpleaños, deposito flores en su tumba. He escrito 1.500 páginas [Orbitor, traducido como Cegador] para poder reencontrarlo en los sótanos de mi mente. La trilogía termina con nuestro encuentro en el laberinto de la historia, dramático como el enfrentamiento entre Teseo y el Minotauro. Este reencuentro cierra mi libro y, junto con él, el universo. Más allá de este accidente biográfico, todos tenemos un gemelo escondido, recesivo, oprimido. Se trata habitualmente de una hermana si somos hombres y de un hermano si somos mujeres. Muchas veces, en nuestra vida, el gemelo se rebela y exige sus derechos.[7]

En otra entrevista más reciente, el autor rumano comienza diciendo que no le gusta mencionar este asunto, para luego añadir: “es un núcleo dramático que ha determinado toda mi escritura. No se reveló de repente. Las alusiones a este hermano al que de hecho no llegué a conocer aparecen al principio en mis poemas, y luego van haciéndose cada vez más intensas, hasta que en un momento fueron abrumadoras. Vi en la desaparición de mi hermano gemelo una especie de amputación de mi interior. A través de estos se hizo presente en mi escritura mi drama personal. Y, naturalmente, no es sólo un hecho real. Hay también una metáfora, porque figuradamente cada uno de nosotros ha perdido un gemelo. La escritura nace de algo negativo, de una necesidad”[8]. En alguna de sus obras, como Nostalgia, se puede leer, casi literalmente, esa tensión gemelar: “La muerte individual de cada uno, el gemelo negro que nació con él”[9].

Por desgracia, no está solo en la experiencia. Jack Kerouac tuvo un hermano, Gerard, que murió pronto y al que recuerda en varios de sus poemas; Thomas Wolfe convirtió en literatura la muerte de su hermano Ben, causada por la llamada gripe española, y se puede recordar también el caso de la escritora Diana Evans[10], algún personaje de Michael Chabon[11] y libros como el de Franco Bungaro y Vincenzo Jacomuzzi No sabe usted quién es mi hermano y el de Rita Calabrese y Eleonora Chiavetta, De la misma madre, del mismo padre, citados por Claudio Magris[12]. Experiencias similares vivieron varios pintores, como Hilma af Klint (que comenzó sus pioneros ejercicios de pintura abstracta en 1906 para conectar espiritualmente con su hermana muerta), Salvador Dalí[13] y Vincent Van Gogh.

John Ashbery, a pesar de las elipsis esenciales que caracterizan su obra, no pudo enmascarar su propio síndrome Kokeshi. En La historia de mi vida se cuela su experiencia real, como declaró en una entrevista. Así comienza el poema:

Había una vez dos hermanos.
Después sólo uno: yo.

Crecí deprisa, incluso antes de aprender
a conducir. Allí estaba yo: un adulto apestoso. […]

Me volví muy llorón durante aquellos presuntos
felices primeros años.

De hecho, cuando el psicoanalista de Ashbery le propuso, durante la redacción de Three Poems (publicado en 1972), que escribiese no sobre las personas que le importaban, sino sobre cómo pensaba en ellas cuando las recordaba, Ashbery comenta: “Y así lo hice. Pensé en diversas personas de las que estaba enamorado y en mi hermano muerto y en mis padres…”[14].

El síndrome Kokeshi en la literatura española y latinoamericana actuales

No hay algo más indigno de la memoria o de la
inmortalidad que un sobreviviente.
Rodrigo Fresán, Mantra

 El número de casos en la literatura contemporánea en castellano no es en absoluto menor. Vamos a ver algunos ejemplos. César Vallejo perdió en 1915 a su hermano inmediatamente mayor, Miguel, y uno de sus primeros poemas, escrito en 1917, se titula “El hermano muerto”: “En la enlutada casa paterna aún perdura / un mundo de memorias de ti, que has muerto”[15]. Más tarde le dedicaría otro poema, “A mi hermano Miguel”, dentro de Los heraldos negros, y le citaría en el conocido poema III de Trilce.

El personaje central de la novela Mantra (2001), de Rodrigo Fresán, es un inquietante chico mexicano, que vive entre la riqueza, la admiración por la muerte, el exceso y la sensación de estar llamado a hacer algo grande. Tiene una curiosa obsesión por las palabras que contienen una x. En su noveno cumpleaños rueda una película que dura, como su natalicio, veinticuatro horas, en cuyo visionado, años más tarde, va explicándole al narrador las claves de su familia. Una de ellas, no la menos principal, es ésta:

Ésa es mi hermana perdida. Mi hermana siamesa. Martina Mantra. La Santa muertita. Nacimos juntos y pegados, inseparables. Los médicos le dijeron a mis padres que uno de nosotros podría sobrevivir, que se puede compartir un cerebro pero nunca un corazón. Algo así. Mis padres me cuentan que no sabían qué hacer, a quién elegir y que se encomendaron a una serie de rezos especialmente diseñados y a misas largas como caminos. Un par de noches más tarde me descubrieron solo en mi cuna. Mi hermanita, Martina, había desaparecido. Alguien, sospecho que ella, había sacado un cuchillito vaya a saber uno de dónde y nos cortó por la mitad, porque yo no soy más que una parte de ella y ella se llevó una parte mía. […] Yo prefiero creer que Martina está viva y que lleva la misma cicatriz que llevo yo, la misma x. Que me espera en alguna parte y que un día volveremos a encontrarnos. Y a unirnos. Para siempre.[16]

Es interesante mencionar la novela de Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado (2008). El protagonista, Óscar, pasa buena parte de la novela intentando esclarecer las verdaderas razones por las que su hermano mayor, Felipe, se suicidó hace bastantes años. Aunque al principio es un personaje que le resulta algo lejano, con el tiempo adquiere cada vez mayor gravitación: “Ah, Felipe: con los años, descubrí que tu muerte me pesaba”[17]. En una excelente simbolización de la conversión del superviviente en Kokeshi, la madre de Óscar comienza a llamarle Felipe, a causa de su mal de Alzheimer.

El poeta Pedro Sevilla escribió tras la muerte de su hermano una novela, llamada Extensión 114 (2000), que dio motivo a la crítica a hablar de escritura “terapéutica”, aunque el autor no está del todo de acuerdo, si bien reconoce el origen del texto:

[…] la novela nació, como se sabe, a raíz de la muerte de mi hermano, en unas circunstancias muy difíciles […] Yo creo que la escritura no nos salva de nada, es como ver un partido de fútbol o salir de copas con los amigos: luego volvemos a casa y nos está esperando despierto el mismo dolor. Pienso más en la escritura como una forma de pasar a limpio nuestras vidas. Es un acto moral […]: el hombre no se humaniza mientras no empieza a escribir.[18]

En un sentido parecido, Eugenia Rico entiende como un “hecho fundacional” la muerte por ahogamiento accidental de su hermano en el Mediterráneo, con dieciocho años. “Yo tenía entonces 17 y ya escribía, pero nada de lo que he escrito después se entiende sin esa muerte”[19], aclara. A él están dedicados todos los libros de la autora, quien añade que “he querido levantar a mi hermano un monumento de palabras. Cuando conoces la muerte de tan joven dejas de ser inmortal y eso te lleva a buscar”. El poeta canario Ernesto Suárez, en La casa transparente (2007) incluye un largo poema en diez partes, titulado “La pérdida”, dedicado a la muerte de su hermano. Utiliza el símbolo del lugar vacío en la mesa[20] que por siempre queda sin ocupar en las reuniones familiares: “Hoy, que estoy recordando la muerte, he nacido. Tengo treinta y nueve años o sólo un día cuando levanto los ojos y miro, en la mesa de las celebraciones, el lugar vacío de mi hermano: su centro”[21].

La inclasificable novela new mYnd (2014), de Colectivo Juan de Madre, aborda de lleno este problema. En un mundo futuro donde se ha conseguido, mediante la implantación de unos diamantes en el cerebro, la posibilidad de vivir varias existencias paralelas, una mujer, Gabriela –que tuvo una hermana gemela, Laura, que murió pronto a causa de un cáncer–, tiene la oportunidad de recuperar la existencia de la fallecida, haciéndose pasar por ella. La similitud física exacta y la posibilidad de vivir en un universo como Gabriela y en otro como Laura se materializa en la novela con notable destreza, empleando además un elegante truco textual: desdoblar el texto, dedicando capítulos numerados con la letra a para una y con la b para la otra. A partir de cierto momento, la Gabriela a puede decir, con todas las consecuencias, “Soy Laura”[22], y vivir en ese espacio mental paralelo como una persona distinta y como un sustituto Kokeshi.

En este caso, la experiencia, si bien traumática, consigue resolverse de forma positiva. Pero no es lo normal; por ejemplo, Jesús Ferrero incluye en su novela Balada de las noches bravas (2010) el siguiente diálogo con Louis Althusser como protagonista:

-¿Sabía usted que me pusieron el nombre de un muerto?
-Sí, alguien me contó que su madre había conocido de muy joven a un Louis del que se enamoró y que murió en Verdún. Le puso a uste el nombre de Louis en su honor, convirtiéndolo en la representación de una ausencia.
-Exactamente. Mi madre me obligó a ser la sombra de un muerto.[23]

Donde el uso de la palabra sombra apela directamente a la experiencia propia como vicaria, meramente sustitutiva. Otros casos narrativos de Síndrome Kokeshi serían novelas como El desbarrancadero (2001), de Fernando Vallejo, a partir de la muerte por sida de su hermano Darío; Esto que ves es un rostro (2008), de Lolita Bosch[24]; Missing (2011), de Alberto Fuguet; El hermano mayor (2016) del uruguayo Daniel Mella; o en algunos relatos[25], como “Encuentro en el fondo de un estanque”, de Félix J. Palma, en el que el protagonista describe la situación familiar ritual por la que cada año visitan la tumba del hermano muerto:

ya sabía yo que al caer la noche treparía la verja del parque clausurado y buscaría un sitio cómodo ante el estanque donde poder emborracharme sin prisas, brindando por mi hermano, por los hermosos cuadros que hubiera pintado si un día como éste hace ya veinticinco años la vida no se hubiese vuelto puta y se lo hubieran tragado sus aguas.

Es poco después cuando el mismo chico reflexiona sobre su hermano y muestra los primeros síntomas del síndrome:

Mejor te hablo del ritual: hoy me ha resultado mucho más insoportable que otras veces […] He derramado lágrimas por tu ausencia, y he aprovechado también para llorar por mi presencia, porque de nuevo habita en mi interior la absoluta certeza de que en vista de los deplorables resultados debí ser yo quien pereciera aquella tarde, yo y no tú quien tratara de alcanzar el barquito de puntillas sobre la mínima barandilla del estanque […][26]

La razón de esta unión permanente que vemos entre el motivo del hermano muerto y la literatura es fácil de entender: se desea una sobrevivencia, una continuidad, siquiera por escrito. Según César Aira, la joven escritora de Cumpleaños (2001) “ha concluido que hay otra vida: su hermano sigue vivo de algún modo, ahora libre del dolor que fue lo único que conoció en esta vida”[27]. El hermano sigue vivo, encarnado en la escritura. Otro pequeño ejemplo es la biografía inventada de una poeta ficticia, Jerònima Baguer, que Raquel Taranilla desarrolla en una nota al pie de Noche y océano (2020): “Jenònima Baguer cumple treinta y dos en 1940; su hermana gemela acaba de morir a consecuencia de la tuberculosis y a su memoria le dedica el poemario en prosa Blancs els carrers y blanques les cases” (p. 176). Y, para terminar, recordaríamos que Jorge Volpi[28] relata el caso de la famosa Aimée que diera pie a la tesis doctoral de Jacques Lacan.

El síndrome Kokeshi en la poesía en castellano

En poesía, uno de los ejemplos literariamente más destacados es el libro Canal (2016) de Javier Fernández, una obra extraordinaria donde recrea, después de décadas reflexionando cómo reelaborar la experiencia, la muerte de su hermano Miguel cuando él tenía tres años. El libro tiene una singular poética visual que intenta reproducir la estrechez de la existencia tras el trauma.

En sus líricas evocaciones de la infancia, el multidisciplinar Ángel Guache recuerda, en un texto llamado “La hermana muerta”, esta dolida tragedia familiar:

La hermana de mi madre se murió a los veinte años de una pleuresía. Mi abuela no consiguió superarlo y la tuvo presente durante el resto de su larga vida. Dejó su cuarto intacto, hasta que, arruinada, vendió la casa […] Mi madre […] en las noches melancólicas nos iba señalando las constelaciones, susurrándonos sus nombres, imaginando a la hermana allá en las alturas, entre las estrellas distantes. Era su formal especial de ponerse en contacto con la hermana muerta, su forma de homenajearla.[29]

La añorada poeta Marta Agudo, en su poemario Fragmento (2004), dedica dos poemas a su hermana Pilar, fallecida de cáncer años antes. El segundo de ellos reza de este modo:

Y la naturaleza olvidó
−−−que en su rostro
−−−−−−−−de infinita variedad
−−−−−−− −−−−−−había sentimiento,
−−−que cada nombre ante su fosa
−−−−−−−−bien vale una excepción.[30]

Una tensión gemelar puede detectarse en este poema de José Daniel García[31]:

Tu hermano gemelo nació
muerto,
¿
todavía le oyes asfixiarse,
atrapado en su bolsa amniótica,
mientras alguien te agarra
por la cabeza,
desde la
luz
?

En Noir (2017), el siguiente libro de poemas de García, se detectan algunos rastros de síndrome Kokeshi, de los que el lector queda alertado por las “Notas” finales, donde leemos: “El epitafio ‘Los que te quieren no te olvidan’ pertenece a la lápida de mi primera hermana”[32]. Amén de ese poema, en realidad titulado “Los que te quieren (no) te olvidan”, el posible drama familiar es aludido en otro poema, titulado “Puenting”: “Quisiera irme de aquí / -dictan sus párpados a la médium / que aprendió morse con su hermana muerta- / pero el viento no puede arrastrar sombras” (p. 20).

Juan de Dios García ha abordado el tema en estos términos:

BENJAMÍN

Venimos de la nada
y a la nada llegamos,
eso dijo mi madre en el entierro.
No lo leí en Albert Camus ni en Sartre,
lo dijo madre, negro riguroso,
mirando un crucifijo tachonado
en el ataúd blanco de mi hermano.[33]

Otro poeta donde el tema está muy presente es Francisco Irazoki: “Ni en la conversación privada ni en sus escritos oculta Irazoki la fascinación que jamás ha dejado de profesar por aquel lapso de su evolución personal, en el que suponemos que su hermana Nica, fallecida en plena flor de la edad, debió de ejercer un influjo notable”[34]. En alguno de sus poemas en prosa creemos ver, elaborada ficcionalmente, esa experiencia: “No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida […] Para mí crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos”[35]. En Orquesta de desaparecidos (2015) el poeta cuenta ya la experiencia de modo directo y emotivo en el poema “Último verano”.

En el libro de poemas de Juan F. Rivero, Raíz dulce (2024), hay un personaje, Daniel, que es hermano gemelo de otro chico que se suicidó, Emilio. Y Daniel “tendría que llevar el horrendo fantasma de un suicidio encima de su propia imagen”[36], pues su rostro siempre recordaría al del muerto[37]. También Teresa Soto ha escrito bajo en este registro, en su libro Un poemario (2008). Allí podemos leer un poema titulado “Poemas a la hermana”, del que transcribo una de las partes:

IV

Caímos las dos por el mismo agujero,
caminamos sujetas a las mismas manos,
jugamos con las mismas lombrices,
los mismos grillos, las mismas virutas.
Nos hundimos en la misma tierra,
nos bañamos en las mismas aguas.
Ahora habitas un invierno desconocido,
¿qué mano te llevó a ese invierno?[38]

También hay menciones en los poemarios Anacronía (2021), de Gerardo Rodríguez Salas, Hermano (2023), de la mexicana Mónica Licea; poemas como “Oración por la hermana muerta” (1922), de Adriano del Valle, “Hermano muerto” de Rocío Hernández Triano en Pisar cieno (2016), algún texto de Rafael Ballesteros[39] o “Ella ve centinelas replegados en cada habitación”, de Rosana Acquaroni (La casa grande, 2018).

Conclusión

Es seguramente Freud quien trata el tema de la supervivencia y el duelo de la forma más útil para acabar de situar este síndrome Kokeshi. En un conocido texto de 1915, “Duelo y melancolía”, aborda los que llama trabajos de duelo. Según se ha definido en algún diccionario psicoanalítico, el trabajo de duelo sería el “proceso intrasíquico, consecutivo a la pérdida de un objeto de fijación y por medio del cual el sujeto logra desprenderse progresivamente de dicho objeto”[40]. Según la descripción de Freud, una vez que alguien querido muere nos colocamos, de un modo inconsciente, en el lugar del muerto, con una mezcla de sentimientos que incluyen agresividad, dolor y culpabilidad: todo sobreviviente se siente culpable de alguna manera de la muerte acaecida e intenta negarla y negársela. “El examen de la realidad –escribe Freud– ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus relaciones con el mismo. Contra esta demanda surge una resistencia naturalísima”[41]. Se produce un proceso de identificación con dos fases, una depresiva y otra maníaca, que preceden a la curación por el paso del tiempo. En los casos habituales, el que muere es otro, tiene su propio nombre, y el movimiento atávico de colocarnos en su lugar, mediante la identificación transitoria, acaba remitiendo. Pero ¿qué ocurre cuándo el nombre es el mismo, cuando la identificación con el muerto es estructural, y nuestra identidad se ha erigido sobre la de otro, que es lo que sucede en el síndrome Kokeshi? Pues que la superación no se produce. Que no hay sanación, porque el sujeto pervive, indefinidamente, en la fase maníaca, de modo que despliega su agresividad, más o menos consciente, contra el muerto durante toda su vida. Esa agresividad es clarísima en algunos casos, pero está latente en todos: en el mismo tratamiento del tema está la angustia de no poder liberarse de esa identificación con el muerto impuesta por los progenitores a la fuerza. La curación es imposible. Y los trabajos de duelo, siempre irresueltos, se confunden con la existencia. Y esa angustia es la que grita en todos los textos marcados por la presencia del síndrome Kokeshi.


Fuentes bibliográficas

Agudo, Marta (2004). Fragmento. Barcelona: Celya.
Aira, César (2013). Cumpleaños. Buenos Aires: Debolsillo.
Álvarez, José María (1996). Al sur de Macao [memorias]. Valencia: Pre-Textos.
Ashbery, John (2005). Tres poemas. Barcelona: DVD Ediciones.
Ballesteros, Rafael (2015). Poesía 1990-2010. Ed. Juan José Lanz. Málaga: Fundación Unicaja y El Toro Celeste.
Barceló, Elia (2008). “El juego”. En Varios Autores, Historia secreta de la Corporación. Ed. Fernando Marías. Madrid: 451 Editores.
Barthes, Roland (1997). Fragmentos de un discurso amoroso. Trad. Eduardo Molina. Barcelona: Círculo de Lectores.
Bastida Rodríguez, Patricia (2012). “El doble Bildungsroman en la narrativa británica contemporánea”, Oceánide, nº 4.
Bennet, Enoch Arnold (1955). “The Double”, Studien zur Analytischen Psychologie C. G. Jungs, vol. 1. Zurich, pp. 384-396.
Bueno Gómez-Tejedor, Sonia y Marta Peirano [eds.] (2009). El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres. Madrid: Impedimenta.
Butler, Judith (2006). Deshacer el género. Trad. Patricia Soley-Beltrán. Barcelona: Paidós Ibérica.
Canetti, Elías (1997). Masa y poder. Trad. Horst Vogel. Madrid: Alianza.
Carrère, Emmanuel (2002). Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick, 1928-1982. Trad. Marcelo Tombetta. Barcelona: Minotauro.
Cărtărescu, Mircea (2012). Nostalgia. Trad. Marian Ochoa de Eribe. Madrid: Impedimenta.
Cărtărescu, Mircea (2018). El ala izquierda. Cegador, I. Trad. Marian Ochoa de Eribe. Madrid: Impedimenta.
Chabon, Michael (2002). Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay. Barcelona: Mondadori.
Colectivo Juan de Madre (2014). new Mynd. Badajoz: Aristas Martínez.
Cuenca, Mario (2010). El ladrón de morfina. Madrid: 451 Editores.
Dávila, Berta (2024). La herida imaginaria. Barcelona: Destino.
Domínguez Caparrós, José (2019). Introducción a la teoría literaria. Madrid: UNED.
Eggers, David (2004). Ahora sabréis lo que es correr. Trad. Victoria Alonso Blanco. Barcelona: Mondadori.
Fais, Michel (2005). Historias enterradas (vivas). Córdoba: Berenice.
Fernández, Javier (2016). Canal. Madrid: Hiperión.
Ferrero, Jesús (2010). Balada de las noches bravas. Madrid: Siruela.
Fresán, Rodrigo (2001). Mantra. Barcelona: Mondadori.
Freud, Sigmund (2004). El malestar en la cultura y otros ensayos. Madrid: Alianza.
García, José Daniel (2008). Coma. Madrid: Hiperión.
García, José Daniel (2017). Noir. Sevilla: La Isla de Siltolá.
García, Juan de Dios (2014). Ártico. Germanía, Valencia.
García, Eduardo (2017). La lluvia en el desierto. Poesía completa (1995-2016). Sevilla: Fundación José Manuel Lara.
Gil de Biedma, Jaime (2006). Las personas del verbo. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
Guache, Ángel (2002). Me muerden los relojes. Valencia: Pre-Textos.
Irazoki, Francisco Javier (2007). Los hombres intermitentes. Madrid: Hiperión.
Kristof, Agota (2009). Claus y Lucas. Barcelona: Grup 62.
Laplanche, Jean y Jean Bertrand Pontalis (1971). Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona: Labor.
Magris, Claudio (2010). Alfabetos. Ensayos de literatura. Barcelona: Anagrama.
Mantero, Manuel (2002). “Hermana muerta”. En Alejandro Duque Amusco [ed.], Cómo se hace un poema. El testimonio de 52 poetas. Valencia: Pre-Textos / El Ciervo.
Marías, Javier (1998). Negra espalda del tiempo. Madrid: Alfaguara.
Marías, Javier (2014).  Así empieza lo malo. Madrid: Alfaguara.
Martínez-Conde Susana y Stephen L. Macknik (2015). «Why Salvador Dalí Loved Duplicity and Illusion», Scientific American, September 2015, http://www.scientificamerican.com/article/why-salvador-dali-loved-duplicity-and-illusion/
Martínez Sarrión, Antonio (2002). Jazz y días de lluvia. Madrid: Alfaguara.
McGrath, Charles (2009). “William T. Vollmann: An Author Without Borders”, New York Times, 29/07/2009, p. C5.
Mehlman, Jeffrey (1981). “Entre el psicoanálisis y la psicocrítica”. En Varios Autores, Psicoanálisis y crítica literaria. Madrid: Akal.
Montero, Rosa (2022). El peligro de estar cuerda. Barcelona: Seix Barral.
Montesinos, Toni (2006). Labor de melancoholismo. Alcalá de Henares: Ayuntamiento de Alcalá de Henares.
Ojeda, Mónica (2024). Chamanes eléctricos en la fiesta del sol. Barcelona: Random House.
Ovidio (2002). Tristes. Cartas del ponto. Trad. Rafael Herrera Montero. Madrid: Alianza.
Palma, Félix J. (1999). Métodos de supervivencia. Cádiz: Ayuntamiento de Cádiz.
Pauls, Alan (2003). El pasado. Barcelona: Anagrama.
Paz Soldán, Edmundo (2008). Palacio Quemado. Madrid: Alfaguara.
Pozuelo Yvancos, José María (2010). Figuraciones del yo en la narrativa: Javier Marías y E. Vila-Matas. Valladolid: Cátedra Miguel Delibes.
Rilke, Rainer Maria (1971). Obras de Rainer Maria Rilke. Trad. José María Valverde. Barcelona: Plaza & Janés.
Rodríguez, Juan Carlos (1994). La poesía, la música y el silencio. Sevilla: Renacimiento.
Ruiz de Elvira, Antonio (1982). Mitología clásica. Madrid: Gredos.
Ruiz de Samaniego, Alberto (2021). Pintores de la vida moderna. Valencia: Shangrila.
Sánchez Aguilar, Diego (2023). Los que escuchan. Barcelona: Candaya.
Sanz Villanueva, Santos [ed.] (2007). Premio Leonor de Poesía Antología 25 Aniversario (1981-2006). Soria: Diputación de Soria.
Shelley, Mary (2020). Frankenstein o el moderno Prometeo. Ed. Isabel Burdiel. Madrid: Cátedra.
Shelley, Mary (2021). Diario de duelo. Ed. y trad. Gonzalo Torné. Barcelona: Hermida Editores.
Sloterdijk, Peter (2000). En el mismo barco. Trad. Manuel Fontán del Junco. Madrid: Siruela.
Sola, Juan de (2016). “Introducción. París no era una fiesta”. En Rainer Maria Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Barcelona Alba Editorial, pp. 11-31.
Suárez, Ernesto (2007). La casa transparente. Tenerife: Cajacanarias.
Vallejo, César (1988). Obra poética. Ed. Américo Ferrari. Madrid: Colección Archivos.
Varios Autores (2011). VVAA, Doppelgänger. Ocho relatos sobre el doble. Zaragoza: Jekyll & Jill.
Vollmann, William T. (2007). Europa Central. Trad. Gabriel Dols Gallardo y Roberto Falcó Miramontes. Barcelona: Mondadori.
Vollmann, William T. (2017). El atlas. Trad. José Luis Amores. Málaga: Pálido Fuego.
Volpi, Jorge (2003). El fin de la locura. Barcelona: Seix Barral.
Žižek, Slajoj (2006). Lacrimae rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. Trad. Ramon Vilà Vernis. Barcelona: Debate.
Zafra, Remedios (2016). Los que miran. Madrid: Fórcola.


[1] Peter Sloterdijk, En el mismo barco; Siruela, 2000, p. 35.
[2] María del Carmen Bobes Naves, Crítica del conocimiento literario. Madrid: Arco Libros, 2008, p. 139.
[3] Vollmann ha recordado así la experiencia: “cuando yo era un niño, mi hermana se ahogó, y fue esencialmente por mi culpa. Yo tenía nueve años, y ella seis, y se suponía que yo debía estar vigilando. Siempre me he sentido culpable. Es como si debiese tener compasión por la niña que se ahogó y por el niño que falló en salvarla –por toda la gente que la ha fastidiado-”; Charles McGrath, “William T. Vollmann: An Author Without Borders”, New York Times, 29/07/2009, p. C5.
[4] Dejamos aparte casos de hermanos adoptivos o acogidos, que también han producido literatura parecida a la aquí estudiada, como los desdichados Heathcliff de Cumbres borrascosas (1847) de Emily Brontë, o el Lakis descrito por Michel Fais (véase Historias enterradas [vivas]; Berenice, 2005, pp. 31-32).
[5] Berta Dávila, La herida imaginaria; Destino, Barcelona, 2024, p. 61.
[6] Elias Canetti, Masa y poder; Alianza, Madrid, 1997, p. 258. Como dice Mario Cuenca, “por qué odiamos a los que sobreviven, por qué los hacemos culpables de que nos falten los que nos faltan”, Mario Cuenca, El ladrón de morfina; 451 Editores, Madrid, 2010, p. 90.
[7] Mircea Cărtărescu, en José Ángel González, «Escribir con el tintero en las venas», Calle 20, accesible en http://impedimenta.es/prensa.php/escribir-con-el-tintero-en.
[8] Mircea Cărtărescu, en Ferran Bono, «No creo en las literaturas nacionales», Babelia de El País, 20/08/2016, p. 10.
[9] Mircea Cărtărescu, Nostalgia; Impedimenta, Madrid, 2012, p. 18.
[10] «En su ensayo autobiográfico “My Other Half. A Personal Essay on Twinness” (2005b), la propia Evans ofrece una interesante reflexión en torno a la gemelidad y sus implicaciones para el desarrollo de la identidad a través de sus reminiscencias de su relación con su hermana gemela Paula, que se suicidó en 1998», Patricia Bastida Rodríguez, “El doble Bildungsroman en la narrativa británica contemporánea”, Oceánide, nº 4, 2012.
[11] Michael Chabon, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, Mondadori, Barcelona, 2002, p. 159.
[12] Claudio Magris, «Sólo soy el hermano», Alfabetos. Ensayos de literatura; Anagrama, Barcelona, 2010, p. 34-37.
[13] «Salvador Galo Anselmo Dalí i Domènech was born to Felipa Domènech i Ferrés and Salvador Dalí i Cusí on October 12, 1901, in the town of Figueres in Catalonia, Spain. The couple’s firstborn child, he showed signs of great precociousness, but his potential was tragically cut short. Little Salvador fell sick with gastroenteritis and died just two months shy of his second birthday. His parents were devastated but, in their grief, conceived another child. On May 11, 1904, only nine months and 10 days after the death of their son, a second boy entered this world. His name? Also Salvador.», Susana Martínez-Conde y Stephen L. Macknik, «Why Salvador Dalí Loved Duplicity and Illusion», Scientific American, September 2015, http://www.scientificamerican.com/article/why-salvador-dali-loved-duplicity-and-illusion/.
[14] Citado en Julián Jiménez Heffernan, «Prólogo» a John Ashbery, Tres poemas; DVD Ediciones, 2005, p. 49. En sus memorias, el poeta José María Álvarez cuenta, en términos similares a los de Ovidio, el efecto que le provocó la pérdida de su hermana: “Lo que sí emerge como una quemadura es la desaparición de mi hermana. Yo la quería mucho. Era dos años menor que yo, y casi recién nacida había sufrido una terrible enfermedad cuya cura le ocasionó una especie de extraño retraso mental […] Estaba llena de vida y de ilusiones cuando una rapidísima enfermedad se la llevó el verano de 1966. Yo me sentí como si me arrancaran un pedazo de mi carne” (Al sur de Macao [memorias]; Pre-Textos, Valencia, 1996, p. 186).
[15] César Vallejo, Obra poética. Coordinación Américo Ferrari. Colección Archivos, Madrid 1988, p. 148.
[16] Rodrigo Fresán, Mantra; Mondadori, Barcelona, 2001, p. 91.
[17] Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado; Alfaguara, Madrid, 2008, p. 56.
[18] Entrevista en El País, edición Andalucía, 4/12/2002, p. 7.
[19] Entrevista a Eugenia Rico, La Vanguardia, 01/09/2005, contraportada.
[20] Símbolo que también emplea Eduardo García cuando en su poema «Al fondo de la escena» (de No se trata de un juego, 1988) habla de la muerte de su madre (La lluvia en el desierto, p. 98).
[21] Ernesto Suárez, La casa transparente; Cajacanarias, Tenerife, 2007, p. 45.
[22] Colectivo Juan de Madre, new Mynd; Aristas Martínez, Badajoz, 2014, p. 160.
[23] Jesús Ferrero, Balada de las noches bravas; Siruela, Madrid, 2010, p. 359.
[24] “[…] vuelve a sonar el teléfono y de nuevo es tu hermana, tu única hermana, muerta desde hace tiempo, muerta tu hermana muerta tu madre y muerto tu hermano, y parece absurdo haberlo hecho pero le dices que hoy no vas a poder verla porque tienes muchas cosas pendientes y ella te pregunta, creo que por preguntarte algo si estás bien y tú como un autómata le contestas que sí”; Lolita Bosch, Esto que ves es un rostro; Sexto Piso, Madrid, 2008, p. 33.
[25] Por ejemplo en “El suicida” de la colombiana Consuelo Triviño (La casa imposible, 2005), o “El nudo de Koen”, de Sergi Belver, en VVAA, Doppelgänger. Ocho relatos sobre el doble; Jekyll & Jill, Zaragoza, 2011, pp. 33-45.
[26] Félix J. Palma, Métodos de supervivencia; Ayuntamiento de Cádiz, Cádiz, 1999, pp. 121ss.
[27] César Aira, Cumpleaños; Debolsillo, Buenos Aires, 2013, p. 24.
[28] “Si resulta evidente que no tengo nada que ver con la Aimée de Lacan, mi relación con Marguerite resulta más complicada: la verdadera Marguerite Pantaine –mi hermana mayor- nació el 19 de octubre de 1885 en Cantal y murió en diciembre de 1890, cuando acababa de cumplir cinco años. […] Un silencio sepulcral rodeó la muerte de esa hermana, de esa doble que me precedió y que desde entonces llevo a cuestas; su infortunio continuó acechando a mi familia como un ave de mal agüero. Dos años después, el 4 de julio de 1892, mi madre me dio a luz […] y, como un regalo envenenado, me concedió el nombre de mi hermana muerta. ¿Cómo llevar una vida normal evocando su cadáver putrefacto?”; Jorge Volpi, El fin de la locura; Seix Barral, 2003, p. 47.
[29] Ángel Guache, Me muerden los relojes, Pre-Textos, Valencia, 2002, p. 34. Lo cual recuerda unos versos de Antonio Hernández: “Todos los que morís temprano / lleváis una estrella en el rostro, / […] Veo asombrados / recién nacidos en su muerte, / a los muertos tempranos.”, citado en Santos Sanz Villanueva (ed.), Premio Leonor de Poesía Antología 25 Aniversario (1981-2006); Diputación de Soria, Soria, 2007, p. 25.
[30] Marta Agudo, Fragmento; CELYA, Barcelona, 2004, p. 66.
[31] José Daniel García, Coma; Hiperión, Madrid, 2008, p. 33.
[32] José Daniel García, Noir; La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, p. 59
[33] Juan de Dios García, Ártico; Germanía, Valencia, 2014, p. 21.
[34] Fernando Aramburu, “Prólogo” a Francisco Javier Irazoki, Los hombres intermitentes; Hiperión, Madrid, 2007, p. 18
[35] F. J. Irazoki, Los hombres intermitentes; op. cit., p. 29
[36] Juan F. Rivero, Raíz dulce; Candaya, Barcelona, 2024, p. 115.
[37] Mónica Ojeda lo dice en términos similares en su novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Literatura Random House, Barcelona, 2024, p. 185): “La genética tiene un lado tenebroso: el del gesto muerto hace años que resucita en el cuerpo de un ser vivo”. Un año antes, Diego Sánchez Aguilar apuntaba en Los que escuchan (2023): “siente ese vértigo que provoca la manifestación objetiva de la genética”, a partir de “una sucesión de imágenes y fotografías de la infancia de su hermana se superponen sobre esa cara” (Candaya, Barcelona, 2023, p. 196). Como dice Elia Barceló, “El suicidio de un ser querido siempre deja un poso de culpa y debilita al superviviente”; Elia Barceló, “El juego”, en VVAA, Historia secreta de la Corporación; 451 Editores, Madrid, 2008, p. 141.
[38] Teresa Soto, Un poemario; Rialp, Madrid, 2008, pp. 26-28.
[39] “Muerte de hermano /// La luz nace del humo. Y tú de tu / espíritu, llama púrpura. / […] Tomaré ese brebaje gélido / y esta muerte será el triunfo sobre mí”; Rafael Ballesteros, Poesía 1990-2010; ed. Juan José Lanz, Fundación Unicaja y El toro celeste, Málaga, 2015, p. 369.
[40] Jean Laplanche y Jean Bertrand Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis; Labor, Barcelona, 1971, pp. 457-458.[41] Sigmund Freud, El malestar en la cultura y otros ensayos; Alianza, 2004, p. 233.