Marcos Giralt Torrente
Los ilusionistas
Anagrama
256 páginas
POR ANTONIO RIVERO TARAVILLO

No son los genes la única fuerza que opera en la conformación del destino de alguien; también, la educación, el entorno, como es sabido, tienen su protagonismo en la forja de la personalidad. Tanto es así que un hijo adoptado sin duda encaja como propio mucho de lo vivido con quienes son sus padres según lo consignado en una hoja del Registro Civil, y las circunstancias (pensemos en Ortega) son agentes en esa suma al yo. Pero este, el yo fruto de herencia biológica, no es menos importante que lo acontecido después de la fusión de dos sangres. La medicina lo sabe, y en enfermedades como el cáncer, a la hora de componer la sinapsis, los médicos interrogan sobre las vicisitudes y el entorno a los que haya estado expuesto el paciente; no menos interrogan sobre los antecedentes familiares.

Sirva lo anterior para introducir el sentido de Los ilusionistas, el más reciente libro de Marcos Giralt Torrente. El autor trata de explicarse a través de las indagaciones sobre quienes son sus más cercanos antepasados, expone su linaje y desmenuza la convivencia con aquellos que, de algún modo o de muchas formas, son él mismo con una fatalidad no solo atribuible al árbol genealógico sino también al roce, a los años compartidos. El resultado es un libro híbrido, desde luego de narrativa pero mezcla de conjunto de relatos y de novela hecha de fragmentos combinados con toda la flexibilidad que el género permite y aun, con regla no escrita, recomienda desde el modernismo anglosajón mediante el cambio de perspectiva, la elipsis y la complementariedad de hilos y versiones.

La frase de Anna Karenina «Todas las familias felices son parecidas entre sí, pero las infelices lo son cada una a su manera» es muy conocida y probablemente salga a colación en más de una reseña de Los ilusionistas, pero es del todo pertinente aquí. Si Giralt Torrente solo recordara momentos dichosos (es decir, si no tuviera memoria) habría escrito un libro bien diferente. Este lo ha urdido a lo largo de muchos años extrayendo piedras amargas de la cantera del infortunio. Cuenta parcialmente el matrimonio de sus abuelos (él, el escritor Gonzalo Torrente Ballester), y luego los naufragios de los cuatro hijos de aquel enlace, del que solo parece haberse salvado en parte su madre. Aunque solamente apuntado al final del libro, el autor no puede evitar la zozobra al pensar en su propio hijo (hijo único como él) y hasta qué punto le afectará proceder de esa familia y de un padre, él, que puede haber replicado involuntariamente algunos de los rasgos de su progenie.

Es una vieja tendencia en Giralt Torrente, quien ya en su primera novela, París (1999, Premio Herralde) basó dos de los personajes en uno de sus tíos y en su madre. Luego abordó las relaciones con su padre, el pintor Juan Giralt, en la más reconocida de sus obras, Tiempo de vida (2010, Premio Nacional de Narrativa y Premio Estrega Europeo). Ahora vuelve a la familia materna y se detiene en cada una de las cuatro patas de esa mesa, coja y desvencijada, de la primera tanda de descendientes del prolífico Torrente Ballester, que tras estos tuvo siete hijos con su segunda esposa. Mal avenidas ambas ramas familiares, en Los ilusionistas se cuenta el porqué, en memorial de agravios que sin embargo no se regodea en los litigios.

«La familia es el territorio de la memoria», leemos en la nota preliminar, justo antes de que se nos diga que esa memoria no es fiable, y en ella «el amor y el conflicto confluyen». No falta ninguna de las dos cosas en el libro, estructurado en ocho capítulos o «textos» a secas, como los denomina el autor. Los escribió en diferentes momentos y los reordenó a posteriori. El primero de ellos se basa en la correspondencia cruzada entre sus abuelos, solo parcialmente conservada, de donde emerge un Torrente Ballester no siempre airoso: hipersexualizado y más pendiente de su carrera literaria y abrirse camino en Madrid que de la familia que dejó atrás en Galicia. Para no incurrir en problemas de derechos de autor, glosa (ejercicio arriesgado) esas cartas, las reescribe en cursiva. También difumina los nombres, y no solo aquí, limitándose a las iniciales de unos y de otros a lo largo de todo el volumen.

Del abuelo no le interesa tanto escribir su biografía de personaje público y de escritor reconocido, sobre todo en sus últimos años, como la reconstrucción de su intimidad, la cara norte, por así decir, menos conocida. Hay algo obsceno, en principio, en ese husmear del nieto en papeles que indudablemente no estaban destinados a sus ojos. Quizá sea esta, aunque reveladora, la parte más arriesgada del libro, donde el lector se puede sentir más incómodo. No obstante, el deseo carnal es solo uno de los elementos que entran en liza.

El segundo texto trata de diferentes muertos de la familia, entre los que se cuenta el propio autor o la voz que lo representa, toda vez que ya nadie es quien fue en la infancia, pues este ya no existe. Pero los muertos prolongan su influjo sobre los vivos mediante los recuerdos y los relatos que estos cuentan de aquellos. Giralt Torrente se acoge aquí a la fórmula de Perec en algunas retahílas de frases encabezadas por la palabra «recuerdo», evocaciones en muchos casos generacionales y en otros casos más particulares de quien las rescata. Como apéndice, su negativo fotográfico, también hay una enumeración de olvidos en un contraste representativo del clima del conjunto de Los ilusionistas: la coincidencia de opuestos, la tensión entre fuerzas antagónicas y, pues de literatura hablamos, antónimas. Y, como antecedentes de comportamientos chocantes en sus familiares más cercanos, los comportamientos estrafalarios de tíos abuelos o políticos y un hermano de su bisabuela.

A Gonzalo Torrente Malvido, hermano de su madre, dedica el tercero de los textos, justamente titulado «Una vida literaria». Será esta la sección que más pueda disfrutar la mayoría de los lectores porque se trata de una semblanza, con información de primera mano, de un personaje sin duda novelesco: alguien que con dotes literarias heredadas del creador de La saga/fuga de JB o Los gozos y las sombras dilapidó ese talento en una cadena de sucesos chuscos, latrocinios de guante blanco y toda clase de trapacerías, una versión agudizada del amigo de su padre, Álvaro Cunqueiro, que en los años cuarenta también tuvo tropiezos con la justicia por timos, francachelas y dislates surgidos, más que de la fantasía, de lo fantasioso patológico. Como los hijos extraviados de Leopoldo Panero, los de Torrente Ballester cayeron en mixtificaciones, pero ninguno como este Gonzalo, todo un prenda. Si se limitara a exponer los desbarres, este sería un texto pintoresco, pero de nuevo hay que apuntar en el haber de Giralt Torrente la expresión de sus propias inquietudes, desazones y conflictos internos ante personaje tan abominable como encantador. ¿Lo juzga? En cualquier caso, lo absuelve: «No cometió crímenes violentos y el primer damnificado de su trayectoria criminal fue él mismo».

El cuarto se ocupa de la abuela muerta tempranamente en 1958, un hecho que proyecta sus consecuencias sobre mucho de lo acaecido con posterioridad. Son más las preguntas que las respuestas, y abundan las especulaciones. Para un detective que tuviera que presentar un informe, esto sería un lastre; para un escritor es, por el contrario, terreno abonado para desarrollar su oficio, pues pocas son las certezas y muchas las dubitaciones para quien junta letras. Javier es otro de los tíos del autor, el menor de ellos, y protagonista del quinto texto. También su vida se torció y fabuló un poco con la literatura. Tradujo varios libros y fue el más triste, según su hermana, madre de Giralt Torrente.

El ganador del Premio Cervantes de 1985 reaparece, ya viejo, en el sexto texto. Tuvo una buena relación con el autor que escribe ahora, aunque las fisuras y los malentendidos tampoco están ausentes de esta relación. En todo lugar las sombras se mezclan con la luz, y es lo que ocurre en «Una mujer enamorada», séptimo texto, dedicado a la única tía, gran lectora y a la postre dueña de una biblioteca inútil, ganada por el alzhéimer. La madre, y una recapitulación, son las protagonistas del octavo y último texto, donde se confiesa que estos retazos se quedarán en eso: «Este es solo en parte un libro que alguna vez quise escribir y no escribiré ya», una historia de esa rama de la familia postergada por la otra, la triunfante del segundo matrimonio del escritor prócer. Hay mucha honradez en este balance final, la exposición de los motivos de esta escritura que no ha querido ser maniquea pero consciente de sus limitaciones y de la capacidad de herir, aunque sea involuntariamente. ¿Se puede escapar al propio pasado? García Márquez cerraba su más famosa novela con la frase: «Porque las familias condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra». Giralt Torrente se resiste a ese destino impuesto.