
Liliana Viola
La hermana
Anagrama
208 páginas
El debate, en el arte, no siempre pero casi, se extralimita. Especialmente, en la cocina literaria, donde después de más de cinco milenios de letras, incluidas las variantes cuneiformes, se registran todo tipo de maneras de enfrentarse a un texto, lo que también abarca a las más chic, que son siempre las que, del Nouveau Roman al periodismo de agencia, resuelven disimular al autor o complotarse para que desaparezca. Un axioma de acabado muy circense que más allá de los grandes títulos que ha engendrado no deja de arrastrar a su paso un conmovedor acto de fe: el que apenas tiene en cuenta que dejar de estar presente es algo mucho más complejo que eludir la primera persona y enrocarse en la descripción y que la primera solución técnica a nivel narrativo tal vez consista en saber cómo sentarse y qué hacer con los codos sobre la mesa. Sobre todo, si el género es el reportaje y lo que se tiene enfrente es un interlocutor.
Esto, lo de que la conciencia empieza en la autoconciencia y lo de que el observador condiciona inevitablemente lo observado, ya lo sabían en la filosofía y en la física. En el mundo editorial, en cambio, ha tenido que venir Anagrama a recordarlo convocando un premio de crónica que, según sus bases, busca dinamitar las fronteras de la propia crónica. Y que, en su sexta edición, no por casualidad, ha sabido dar con la horma perfecta de su cóctel molotov: la de la periodista y guionista argentina Liliana Viola -primera mujer en ganarlo- y su libro La hermana, basado en Martha Pelloni, la religiosa que en los noventa revolucionó la política investigando la violación y el asesinato de la joven María Soledad Morales y evidenciando el abuso de las élites y los circuitos criminales del poder. Una obra que al abordar una realidad laberíntica y todavía candente -con eco en los movimientos sociales y delincuentes sin procesar- se torna tan interesante en acto como en potencia. Es decir, en las soluciones narrativas y vivenciales que tuvo que adoptar la autora durante la gestación del libro, que empieza a ponerse serio en el momento en el que la periodista decidió apostar por el proyecto y enfrentó su primera gran dificultad: hablarle a una monja, lo cual suele ser bastante más difícil que arrancarle una confesión a un guerrillero en la selva. Y más cuando la monja en cuestión está acostumbrada a tratar con la prensa y con los desconocidos y ya aún sin haber decidido lo que va a ser el libro se tiene bastante claro lo que no se quiere que sea; esto es, una nueva indagación en el crimen y en las repercusiones judiciales de las marchas que cambiaron al país. Liliana Viola estaba convencida de que el libro de Martha Pelloni debía ir sobre Martha Pelloni, lo que implica una cuestión que acaso se antoje más importante que hablar con una monja: lograr que la monja te hable y escuchar -verdaderamente- lo que tiene que decir.
Todos los que conocen el periodismo o han intentado conversar con otro en alguna ocasión, que la antropología aquí también tiene lo suyo, saben que buena parte del éxito de la entrevista depende del comportamiento del entrevistador. El autor, lejos de investirse en un sujeto opaco o a duras penas existente, determina. Y no sólo con lo que dice, también con sus gestos, su mirada, su actitud. A Liliana Viola, que sabe mucho de la profesión, no le gustan las trampas retóricas y desde el comienzo del texto no duda cuando conviene en hablar de sí misma, de sus propias dudas e inseguridades y de eso que con simpatía y ternura denomina como «cronista de escritorio» por oposición al que sale vestido de camuflaje y llama a vecinos al azar para preguntarles si el finado sacaba la basura y si saludaba en el ascensor. En esta ocasión, la autora escribe y estudia. Y, claro, habla con Martha Pelloni. De un modo además que si bien suena más confortable que andarse entre minas antipersona no deja de demandar grandes dosis de valentía y franqueza. Dos de las preguntas más complicadas que la autora formula a la hermana durante su primera cita, y que de algún modo encauzan el resto de la narración, tienen que ver precisamente con ese fluido magnético que une con trazos caprichosos a dos personas que se comunican: la primera, puede que la más bruta, inquiere a quemarropa si la monja tiene miedo a que la maten. La segunda, en puridad más diluida en acotaciones y cavilaciones, concierne al discurso mental de la entrevistadora y su temor a incomodar a la Martha Pelloni y a que se le notara su nula simpatía hacia la religión. Esa súbita sensación de impostura, de ilegitimidad, que conduce a una timidez que a veces -y por lo que tiene de cuestionamiento intelectual- resulta virtuosa en el periodismo. Y más frente a sucesos con tantas aristas e incisiones.
La hermana cuenta muchas cosas y todas ellas de impacto notable. Desde la personalidad de Martha Pelloni, carmelita que estudió piano en su infancia y que confiesa que le hubiera gustado ser trabajadora social en caso de colgar los hábitos, a la implicación de la religiosa en una investigación que reventó los resortes de conformismo en Argentina y que por primera vez desde la dictadura puso al descubierto la contradicción y la red de amparo de los poderosos frente a sus abusos y crímenes contra los más humildes. Un caso que sería paradigmático y que transformaría a la hermana en heroína incalificable y en portavoz de los más desdichados, provocando una toma de conciencia casi sin precedentes en la sociedad civil y el surgimiento de una barrera mucho más que simbólica frente a la impunidad. Cuenta Liliana Viola, y no le falta razón, que la lucha de Martha Pelloni fue uno de los precedentes de las reivindicaciones feministas contemporáneas -puede que también de las revueltas en general, si es que es posible diferenciar entre ambas cosas en el siglo XXI-. Pero también, y bajo la espesura de horrores puestos al descubierto gracias a la hermana -intoxicaciones por tóxicos empleados por grandes empresas, trata de adolescentes, explotación de inmigrantes, ritos satánicos- surge otro conflicto relacionado con la educación que la autora identifica magistralmente a lo largo del relato: el choque, de tan honda factura en la historia de la humanidad, entre la dimensión espiritual y la terrenal, entre el pensamiento mágico y la carnalidad de la razón.
Una dialéctica que se encaja en el espacio que separa las dos preguntas mencionadas más arriba y que quizá no encuentra síntesis más plástica que el propio uniforme carmelitano de la protagonista; el trozo de tela divinizado que conecta en un mismo plano discursivo a la institución y a la metafísica con los derechos de la población y la agitación frente a la injusticia. Y que de alguna manera comparte en su otro extremo mecanismos de agarre con el vínculo entre las creencias de la población -en el diablo, en la brujería- y una autoridad pedestre henchida de cinismo que se aprovecha de la ignorancia para ocultar sus atrocidades. En un pasaje de la narración un grupo de mujeres que había acudido a rezar a la iglesia toma contacto con la hermana y con la periodista y decide adherirse a las marchas y contar sus propios problemas, que, para variar, son tremendos e incluyen misterios, ultrajes y desapariciones. Esa revelación, enfrentada a su antónimo, al uso de la fe para justificar la explotación, representa lo bueno y lo malo de las devociones, las consecuencias en el tablero político y social del llamado factor Dios. Y la hermana lo sabe. ¿El activismo o la doctrina? ¿La persona o la iglesia? Los actos, siempre los actos, responde Martha Pelloni.
Liliana Viola nos baja de la nube mística que últimamente invade la cultura popular para decirnos a través de una monja que las angustias espirituales son un lujo que empieza después del pan y de Hobbes y de lo de que el hombre es un lobo para el hombre. Martha Pelloni no evangeliza, escucha, no juzga, acompaña, vindica; comprende, en definitiva, cómo funcionan los otros. Y ayuda. A veces la vida y la literatura se solapan. No sabemos si la crónica es un estado del alma, pero seguramente sí una suma de artes que requieren inteligencia y sensibilidad. Y, por supuesto, arrojo. Tanto como para ser capaz de arrostrar los propios prejuicios y el miedo a penetrar en las aguas más indóciles de la sociedad. Nadie dijo que fuera fácil. Aunque textos como La hermana, por su prosa y honestidad, suponen una reconciliación no sólo con el periodismo; también con el periodista y con el narrador que ni se desvanece ni se impone, que está porque no dejamos nunca de estar y que contempla, pregunta y relata. Liliana Viola, con su crónica, logra sin proponérselo el milagro seglar y literario más difícil de todos: transmitir algo parecido a la esperanza.