Margarita Leoz
Lo que permanece
Seix Barral
176 páginas
POR ANNA MARÍA IGLESIA

Hasta el momento, la narrativa de Margarita Leoz se había definido por una apuesta total de la ficción; en su primera y destacadísima novela, Punta Albatros, el narrador en primera persona es el propio protagonista, un médico que deja la ciudad y, así toda su vida en ella, y se retira a un pueblo costero frente al océano. En sus dos libros de relatos, Segunda residencia y Flores fuera de estación, Leoz se adentraba en historias minúsculas, cotidianas si se quiere, pero a las cuales, especialmente en Flores fuera de estación, conseguía dar un giro sorprendente. Sus relatos se construían en forma de epifanías inesperadas. En Flores fuera de estación ya percibíamos el pulso narrativo que terminaría demostrando en su primera novela y que vuelve a demostrar ahora, en Lo que permanece. La autora que había esquivado por completo lo autobiográfico, así como la autoficción -es cierto que en su poemario Caer, la voz poética corresponde a la de una mujer que podríamos identificar con la autora, pero sería erróneo leer aquellos versos en clave autobiográfica-, ahora, por el contrario, con Lo que permanece, huye de la ficción para escribir un libro sobre su padre. El fallecimiento repentino de éste es el punto de partida, pero no el punto de llegada. Es importante tener presente esto porque, si bien no se puede negar el carácter elegíaco del texto, este no gira únicamente en torno al duelo. En efecto, Lo que permanece incorpora elementos de distintos subgéneros literarios: en parte, tiene características de la novela de duelo, pero, por otra parte, se presenta como una especie de diario/cuaderno de anotaciones. Al mismo tiempo, la reconstrucción de la vida del padre tiene la forma de la crónica o de la breve biografía. Asimismo, Lo que permanece es un libro sobre el ser hija y, concretamente, sobre el misterio y la incomprensión que rodean muchas veces la figura del progenitor. Lo que permanece es el descubrimiento del padre como hombre, con sus gestos, sus gustos, sus manías y sus modos de hacer, y del legado de éste. Ante una literatura que aborda, quizás incluso en exceso, la experiencia de la maternidad y la paternidad, Leoz nos ofrece un relato en torno al redescubrimiento del padre, un texto que, en este sentido, nos remite a otro espléndido título, en esta ocasión, de María Negroni, El corazón del daño. Porque en el redescubrimiento por parte de Leoz no hay idealización, sino un intento de comprender a ese hombre que fue su padre: nos habla de sus formas a veces autoritarias, de su sobreprotección, pero también de su capacidad de estar siempre cerca, de su risa, de su manía de hacerse fotos junto a su coche…

Leoz hace suyas las palabras de Annie Ernaux, que sostiene que «la memoria es un proceso de curso de escritura» y convierte Lo que permanece en la escritura de la memoria del padre, una memoria que se va construyendo en la medida que también se construye el relato escrito. Leoz no borra las marcas del proceso de escritura, al contrario, las subraya: la escritura se vuelve un ejercicio de dilucidación de la persona que era su padre y de la relación entre ambos, reforzando «el cordón que nos une a mi padre y a mí», en cuanto lo dota de sentido y lo proyecta hacia el futuro como algo inquebrantable. La muerte es ausencia y la vida que sigue es aquella que acepta, convive y naturaliza la ausencia: «Un día me descubro riendo a carcajadas. Otro día transcurre y no me he acordado de mi padre en toda la jornada, no he pensado en él ni en su ausencia, ni en la forma en que lo perdí», reconoce en las páginas finales Leoz. «No lo he olvidado», añade, «pero lo he separado de mis rutinas; ya no habita mi presente como un fantasma, como un alma en pena» y, sin embargo, sigue ahí a través de aquello que de él permanece -las risas, las fotografías, la Pasión según san Mateo de Bach…-. Leoz recorre el duelo como un proceso que llega a su punto final cuando los cuerpos «se habitúan al dolor», cuando se acostumbra a la ausencia del otro. Y es en este momento cuando aparece la escritura.