Diego Sánchez Aguilar
Los que escuchan
Candaya
544 páginas
POR CRISTINA GUTIÉRREZ VALENCIA

«Ser el niño que ausculta su presente»
María Alcantarilla

En la novela Desierto Sonoro, Valeria Luiselli sitúa a una pareja de documentalistas sonoros que viajan con sus dos hijos por el desierto de Arizona para grabar sus respectivos proyectos, transgrediendo la asociación tradicional entre desierto y silencio. Es el desierto de Sonora, no en vano. En Los que escuchan, la segunda novela de Diego Sánchez Aguilar (Candaya, 2023), esta búsqueda del sonido en el desierto viene protagonizada por Ulises, en un viaje de ida y vuelta -no podía ser de otra manera- al desierto de Nevada, donde hace pruebas de ingeniería de sonido siguiendo el rastro de The hum, el Ruido que él oía desde niño, y el que oyen Esperanza, compañera en el activismo climático y artístico y en la vida, y la hermana, el sobrino y el padre de ella. El lugar al que viaja es el emplazamiento de las pruebas nucleares de EE.UU., que está situado a unos 100 km de Las Vegas: la cuna de la mayor potencialidad de autodestrucción humana y el icono del capitalismo extremo encarnado en simulacro. Como todos los nombres, historias y detalles de esta novela, cada elemento se vuelve significativo en una narración que se sumerge en el desierto de lo real, como diría Žižek, pero buscando igualmente, como moneda al aire -el capital siempre presente-, la cara solitaria de ese habitar el solipsismo y la cruz política del ruido colectivo en el que habitamos. Es la escritura bifaz de un realismo metafísico contemporáneo.

Diego Sánchez Aguilar ya se presentó como un escritor político en Factbook. El libro de los hechos, su primer proyecto narrativo extenso, con el 15M, la violencia contra una oligarquía que aparecía ahorcada en los toros de Osborne del paisaje español, una distopía tan realista que asustaba y el activismo a través de redes sociales y Change.org. Esta, sin embargo, es una obra más ambiciosa, más compleja en su forma -en su decir el mal, decir el caos, decir la soledad, decir lo común-, en su hilvanado de relatos (la estructura narrativa como hilván que prepara lo que ha de ser cosido en la lectura, el llamado principio de actualización de lo literario), en su desasosegante efecto de acúfeno de la vida. El ruido mental que genera esta novela es una tentativa de narrar el presente en toda su significación.

En este sentido, no es casualidad que lo que une a los personajes de Los que escuchan sea el ruido acuciante que oyen en su interior. Antonio Méndez Rubio, en La escucha actual, señala que «decir que la escucha es siempre actual implica entrar en lo real que suena, o dejar que lo real entre por el oído, o sea, volver viable la apertura de un entre, de un intervalo o intersticio, o de una interferencia, en virtud de lo cual el código de lo previsible se desestabiliza hasta ceder el paso a la inminencia de lo tal vez nuevo». Nietzsche decía que el oído es el órgano del miedo, y este y la ansiedad son las dos grandes pulsiones de la novela, cual tinnitus pulsátil, pero ascienden, como el ruido de los acusmáticos, del individuo a lo colectivo, son elementos intersubjetivos. Lo vemos en el sonido/silencio de la caracola que Esperanza acerca a su oreja de pequeña, atemorizándola, y que de adulta se convierte en pesadilla íntima y global -conectando con el desierto de Nevada y las pruebas nucleares-: «Su hermana se agachaba y cogía una caracola y le decía a su madre: “Mira, esta era Esperanza: está vacía”» («tú que no tienes nada» es la reiteración obsesiva de una de las escenas del libro). Y cuando Esperanza se puso la caracola en la oreja escuchó el silencio extenso y profundo y entonces miró a su padre y le preguntó qué pasaba y su padre le dijo: «“La explosión ha consumido todo el oxígeno”; y miró hacia donde señalaba su padre y vio un hongo atómico que estaba ahí, detenido, como una montaña, un elemento inmóvil del paisaje».

Este pulso rítmico ansioso viene marcado por un narrador omnisciente que controla todo el tejido narrativo y que articula las escenas a su gusto, utilizando siempre el tiempo presente (“la escucha es siempre actual”, recordemos). Esta dicción poco frecuente en la literatura última maneja tanto la visión totalizadora de la voz satírica que sobrevuela a los mandatarios de la Cumbre del clima como las transcripciones de la radio clandestina y algo enloquecida de Ulises y los acusmáticos y las focalizaciones específicas de los personajes protagonistas: las hermanas Esperanza y Asunción, sus padres -novelista él, enferma de alzheimer ella- y el hijo de Asunción, Andrés. Las escenas dedicadas a cada uno utilizan diferentes tonos, encuadres y fraseos, a veces la voz suena más metálica, otras más lírica, y en general, densa y saturada (oraciones largas con subordinaciones, ritmo acelerado, sobreinformación). Todas ellas van marcando, a través de distintas técnicas, la variedad de ansiedades tardocapitalistas que nos acechan: la ecoansiedad de Esperanza por el cambio climático conecta con el personaje de Ulises y el activismo de ambos, pero también con la Cumbre del clima y los asesores de los miembros del G7, que parecen extraídos de la serie Parliament, con una carga paródica evidente hacia los participantes, probablemente los únicos deshumanizados de la obra, incluso en sus denominaciones, metonimias de sus países, pero también hacia otros agentes del conflicto, a través de la niña activista climática que tiene en jaque (mate, a veces) a los políticos, «La Puta Ciega» Sonja Horesen. La ecoansiedad de Esperanza se entrelaza con la ansiedad del fracaso vital por no haber construido una vida satisfactoria y volver a la casa paterna a cuidar de la madre enferma, donde encuentra su vieja camiseta con el lema «No Future», que une ambas ansiedades. La ansiedad de su hermana Asunción es la laboral: tras cambios en su empresa, la presión por la productividad y la eficacia sacan a la protagonista de su aparente vida acomodada de urbanización burguesa y comienza el ruido. Su hijo Andrés, de 12 años, siente la ansiedad de encajar y no ser engullido en su nuevo centro escolar, y la ansiedad del éxito, la de sobresalir en el deporte y los estudios, que le imponen sus padres. Las sucesivas focalizaciones en estos tres personajes contienen algunos fragmentos destacados de la novela, con flujos de conciencia y pensamiento muy conseguidos. La ansiedad que se aprecia en los mensajes de la radio clandestina va por otro camino, pues aunque conecte con todas las otras ansiedades mencionadas, en sus ondas se capta la ansiedad de la locura, y de ahí su pugna también con el lenguaje -el gran antagonista de la obra, siempre a la contra-, con un discurso en primer lugar repetitivo, obsesivo, con la superposición de voces (el profeta, el filósofo, la niña) y el llamado «antidiccionario», que subvierte los términos del léxico común para crear un idiolecto que pretende ser viral.

Las relaciones paternofiliales y familiares en Los que escuchan son dificultosas («La familia es el opio del pueblo», dirá un personaje): la vergüenza por el padre convertido en «artista de la mierda», los cuidados a la madre, el hijo especial de una pareja pragmática, etc. La filiación literaria de la novela, sin embargo, puede rastrearse con más facilidad, al menos en algunos casos: el White Noise de Don DeLillo por su ruido de fondo de emergencia capitalista y la sensación de pánico; David Foster Wallace por un psicologismo actualizado que busca representar el solipsismo y por el tipo de oración extensa y ansiosa, a veces por la creación y reiteración de sintagmas («Cara de Decepción»); algunos escritores políticos españoles que también tratan de aprehender el presente: Javier Moreno, Cristina Morales, Víctor Balcells, Bruno Galindo, Isaac Rosa, a veces Marta Sanz, etc.; en algunos fragmentos, aquellos que recrean las instalaciones artísticas de Ulises y Esperanza, escritores españoles que se han interesado por el arte desde la novela, y no han temido teorizar sobre ello ni citar a teóricos desde esa posición (aquí Deleuze y Jameson), como Miguel Ángel Hernández y Vicente Luis Mora; y por último, especialmente, Cervantes, por sus narraciones superpuestas e insertas: las escenas sucesivas serían prueba suficiente, pero además, esta filiación se hace explícita cuando, después de contar que el padre de Asunción y Esperanza les leía el Quijote en la infancia, se inserta el relato de una de las novelas del padre, El órgano, una de las mejores piezas de la obra de Sánchez Aguilar, una narración fantástica donde un músico que solía hacer sonar la música de las esferas, tras estallar la guerra y pasar por el frente perdiendo a su familia, toca un órgano hecho de órganos, de vísceras y tejidos, que produce un ruido que suena al mismísimo mal.

La camiseta de Esperanza rezaba «No Future». La sensación de algo inminente recorre la novela, pero el videojuego educativo al que juega Andrés es capaz de adivinar el futuro, aunque no se nos revele. La Cumbre del Futuro es pura fachada, su nombre, el producto de horas de trabajo de profesionales del branding. La obra termina con una carrera, pero esta novela no es una huida hacia adelante, donde no sabemos si habrá un futuro, sino una indagación honda del presente sobre el que la narración pretende deslizarse.