
Carlos Ferráez
Mapas inútiles
Almadía
184 páginas
En la literatura de Carlos Ferráez suelen habitar, al menos, dos historias que se tocan: por un lado, el adentro, las preocupaciones vitales de sus protagonistas —Sebastián, en El ciempiés bicéfalo (2019), que lucha con la construcción de su identidad; José Ángel e Itzel, en Mapas inútiles (2024), que parten en un road trip en busca de sus fantasmas familiares—; por otro, el afuera, las coyunturas que los desvían de sus propósitos, las circunstancias que de improviso los atraviesan, los acontecimientos que escapan a su control: un engaño, un vacío, una traición, algún cambio de rumbo, alguna revelación insospechada. A Ferráez le interesan los cabos sueltos, las historias inacabadas, las grietas por donde se cuelan las tramas subterráneas, pero también, sobre todo, la pugna de los protagonistas por encontrarse consigo mismos y con los otros.
Ya en El ciempiés bicéfalo, el autor nos presentaba a Sebastián, un adolescente que busca dejar atrás la imagen de su niñez —la del chico excéntrico que coleccionaba insectos raros— mientras se enfrenta, simultáneamente, a una mudanza, a un enamoramiento, a cambios hormonales, a una nueva escuela, a un incipiente grupo de amigos, a la infidelidad de su madre, a la ausencia de su padre. Con humor, con ironía, con personajes cuidadosamente construidos, el autor escribe una novela sobre lo que implica crecer. A la manera de El guardián entre el centeno, a Sebastián lo redime su genuina preocupación por Damián, su hermano pequeño, un personaje que, a mi juicio, podría estar mejor perfilado (no es esta su historia, pero su inocencia infantil sirve como contrapunto para acentuar el carácter poliédrico de su hermano mayor). No obstante, el libro es afortunado porque no le sobra ni le falta vitalidad: como en las novelas de José Agustín o Gustavo Sáinz, el protagonista termina por abrirse paso entre las mentiras, exageraciones y arrepentimientos, y lo hace con buen humor y un poco de culpa. No hay redención posible, porque la adolescencia entera es, en sí misma, una forma de expiación. Valiéndose de un lenguaje desenfadado, atento a lo que ocurre a su alrededor, lo que anhela Sebastián, con una mezcla de arrebato y desesperación, es la adrenalina de convertirse en sí mismo y escapar del aburrimiento, aunque eso implique tomar una serie de decisiones equivocadas: «Regresa la cosquilla en el estómago que sentía antes de entrar a la preparatoria. Me muero de ganas de que pase algo, lo que sea, que entre a mi vida un problema, una cubetada de agua fría que me despierte de la pesadilla que fue la secundaria».
Más madura que su predecesora, Mapas inútiles revela ya una idiosincrasia, una voluntad de estilo, una forma de entender y explorar la ficción. Aunque en un principio pareciera que el personaje principal es José Ángel (a fin de cuentas, es la búsqueda de su padre, Emiliano Ugarte, el motor de la trama), el lector descubre pronto que Itzel es la protagonista escondida de este libro, el corazón emocional de la novela. En un mismo automóvil, José Ángel e Itzel realizan dos viajes distintos: él intenta encontrar a su padre o, como mínimo, resolver determinadas preguntas acerca de su pasado; ella, por el contrario, no persigue la imagen de su madre, pero la encuentra, pues a lo largo de la travesía se le van revelando escenas vagas, conversaciones imprecisas, recuerdos inciertos.
A ratos, Ferráez cae en la trampa de la retórica para enfatizar la emotividad o la ternura («¿En algún momento fuimos una familia que hacía viajes y se abrazaba?»); sobra decirlo, no hace falta: la ternura ya está ahí, en el idioma secreto de José Ángel con su hermana, en las llamadas telefónicas de Itzel con Dani, en todo aquello que no se dicen José Ángel e Itzel mientras conducen por la carretera.
Celebro, en Mapas inútiles, el uso del lenguaje: «Yo era ese güey que había ido en un auto prestado, con una morra que acababa de conocer, hasta una ciudad en la que nunca había estado a buscar al padre con el que nunca había hablado»; enfatizo la agilidad de los diálogos y el ritmo de la trama; elogio, en fin, la capacidad de Ferráez de concebir una historia que sea, al mismo tiempo, un vacío en el estómago, un nudo en la garganta, un mapa inútil.