Hay otro hecho determinante en el que conviene insistir: las mujeres conformaban un mercado de expansión de bienes literarios y culturales. No obstante, en este sentido, hay que tener en cuenta una diferencia fundamental: una cosa será ser consumidoras de esos bienes –naturalmente, aquellos que se consideren adecuados para su supuesta naturaleza femenina– y otra muy distinta ser productoras. La primera de estas vías supuso una reapropiación de lo que en la década de los 20 y los 30 había sido el proceso de modernización burguesa –o, dicho en otros términos, del capitalismo patriarcal–. En los 40, el franquismo reformuló ese proceso de acceso femenino a la cultura como un nuevo nicho de consumo dirigido a las mujeres –poniendo esos mecanismos al servicio de una lógica conservadora–. La segunda vía, la de ser productoras de bienes literarios y culturales, resultará mucho más problemática y mantiene la antigua oposición, concediendo solamente apertura a la creación de excepciones que acaben por reforzar la exclusión para la mayoría. No obstante, esas excepciones son, como hemos visto, relativas, puesto que implican la producción de discursos adecuados a su naturaleza femenina, relegación a puestos marginales, etc.: mujeres y asignación estatutaria han ido de la mano en la poesía española del siglo XX.
Por ello, el problema de la no pluralización del concepto de consagración intelectual en el campo de la producción cultural es una cuestión fundamental cuando se introduce la perspectiva de género. Privilegiar como signo de consagración la producción publicada, la obtención de premios o la presencia en antologías refuerza de manera inevitable la invisibilidad de las poetas. El estudio de manuales nos ofrece ese grupo de nombres
–esa población, en términos sociológicos– seleccionado teóricamente en función del mérito y supone –a la vez que nos hace suponer– que aquellos considerados como grandes poetas a lo largo del tiempo y de la historia lo son efectivamente. Es por ello por lo que siguen despertando el interés de los estudiosos y, en mayor o menor grado, de los lectores/as. La conclusión es clara: en el fondo, los poetas menores –y en esa categoría entrarían las poetas– lo son porque merecían serlo, los ascendidos al canon y a la historia de la literatura son los mejores, los que acumulaban más méritos para ello. Con esa lógica meritocrática se ofrece una justificación ontológica que ayuda a legitimar los balances dominantes sobre la historia de la poesía. Como en cualquier otro campo, la ceguera frente a las desigualdades sociales –entre ellas, la de género– autoriza a explicar todas las desigualdades como naturales, de talentos. Esa actitud se halla en la lógica de un sistema que, basándose al menos desde el Romanticismo y ratificado por las vanguardias en el postulado de los dones como condición de su funcionamiento, no puede reconocer otras desigualdades que aquellas que se deben a los talentos individuales. Conviene señalar, además, que una misma variable no produce efectos semejantes en las trayectorias femeninas y masculinas. Así, los premios y la presencia en antologías tiene un efecto de consolidación de una carrera y posterior consagración mucho menor que en el caso de los hombres.
Detengámonos brevemente en los premios literarios. En 1956 María Elvira Lacaci es la primera mujer en ganar el premio Adonais por Humana voz –habrá que esperar a 1970 para que vuelva a alzarse una mujer con el galardón–. En las décadas de los 40 y 50, muchas serán las poetas reconocidas con el accésit de este prestigioso premio, dando testimonio claro de la posición de subalternas en la que se las situaba: Concha Zardoya en 1947 por Dominio del llanto, Susana March en 1952 por La tristeza, Pino Ojeda y Pilar Paz Pasamar en 1953 por Como el fruto en el árbol y Los buenos días, respectivamente, y María Beneyto en 1955 por Tierra viva –en los 60 serán galardonadas con este accésit Julia Uceda y Elena Andrés–. Lo primero que llama la atención en esta lista es el elevado número de mujeres que obtienen un accésit y la escasísima cantidad de primeros premios, dentro de esa posición subordinada de la que hablábamos dentro de un campo jerarquizado. En segundo lugar, a pesar de esos premios –o segundos premios– en estos años, eso no les proporciona un lugar institucional destacado ni, lo que a primera vista podría parecer más sorprendente, reconocimiento de los pares –que nunca las considerarán pares a ellas– o inclusión en mecanismos de consagración como las antologías[i]. Pensemos, por ejemplo, en la famosa e influyente Antología consultada de la Joven Poesía Española (1952), de Francisco Ribes, que tuvo una importancia decisiva en la consolidación de la poesía social como corriente central. En ella, que representa el ejemplo más claro de poder de consagración en las antologías de los años estudiados, no aparece representada ninguna mujer. En este caso, ese hecho resulta particularmente significativo porque este volumen presenta una forma hasta entonces inédita en la poesía española, al no ser el antólogo quien decidió qué poetas aparecerían, sino presentarse como una especie de resultado plebiscitario[ii]. En el volumen se publicaron los nombres de los encuestados, entre los que se encontraban figuras tan prestigiosas como Vicente Aleixandre o Dámaso Alonso, junto a buena parte de los nombres centrales de la vida literaria del momento. En esa lista, de más de cincuenta personas, aparecen ocho mujeres: Ana Inés Bonnin, Carmen Conde, Ángela Figuera, María de Gracia Ífach, Susana March, Trina Mercader, Pura Vázquez y Concha Zardoya. El procedimiento de composición del volumen resulta llamativo por varios motivos, entre ellos por el hecho de que, además de descargar al antólogo –anónimo, tal como se presenta la edición– de cualquier responsabilidad por la presencia de unos poetas y la ausencia de otros u otras, se convierte en una jugada táctica en la que el capital simbólico –muy elevado– de las figuras que realizan la elección queda parcialmente transferido a los resultados, legitimándolos, y, por tanto, también a los poetas que aparecen en el volumen. Fortalece, además, la idea de mérito y de objetividad de la elección. En las primeras páginas del volumen aparece incluso un gráfico para confirmar esa casi cientificidad del procedimiento. La conclusión es clara: si no aparece ninguna mujer, será que no lo merecía. Cualquier sospecha de machismo queda, además, parcial o totalmente anulada cuando entre las personas electoras sí hay ocho mujeres –entre, recordemos, más de una cincuentena de nombres–. Estamos, en este caso y en el de las pocas mujeres que aparecen en alguna antología –siempre como una rara avis, una excepción que confirma la regla–, ante un caso claro de lo que Simone de Beauvoir[iii] y Hanna Arendt[iv] llamaron «mujer coartada» o, dicho de otro modo, de la necesidad de creación de excepciones, en una dinámica de la permisividad relativa que mantiene el viejo rigor para el conjunto, pues la creación de excepciones es un elemento imprescindible para que las posiciones de liderazgo y poder sean percibidas como adquiridas o distribuidas en función del mérito. La existencia de esos casos aislados es lo que permite, junto con otras variables, defender que un sistema es igualitario y meritocrático a pesar y después de todo. En esta Antología consultada, ¿podrían realizarse agrupamientos entre los hombres que votaron? En caso afirmativo, esa circunstancia podría favorecer que salgan elegidos unos u otros. Un primer vistazo a la lista nos deja claro que aparecen en ella muchos más nombres que, en la configuración del campo literario bajo el franquismo, desarrollaron disposiciones críticas –José Luis Cano, Garciasol, Ricardo Gullón, Leopoldo de Luis o Ildefonso Manuel Gil– que integradas. De hecho, este volumen, tanto si nos fijamos en los electores como si nos centramos en los elegidos, es un ejemplo claro de no sincronización entre el campo literario, en lo relativo a la poesía, y el político. Todos los elegidos fueron también electores: Carlos Bousoño, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Vicente Gaos, Eugenio de Nora, Victoriano Crémer, José Hierro, Rafael Morales y José Mª Valverde, y muchas de sus trayectorias presentan claras homologías, además de una socialización común. Aparecen entre los votantes algunos poetas falangistas –Panero y Vivanco– pero en el momento en el que se hace la consulta y se publica el volumen, a principios de los 50, el falangismo no era una marca positiva: había dejado de ser una opción legítima en el mercado de los bienes culturales. El caso de las mujeres es distinto. Como hemos señalado, solamente ocho fueron consultadas y ninguna resultó elegida. Una de las variables fundamentales de la consagración intelectual es el reconocimiento de los pares, es decir, de aquellas personas que en un momento específico del campo cultural son reconocidas como competentes. Aquí, de nuevo, es imprescindible tener en cuenta la cuestión de género: ni es fácil que te reconozcan los pares siendo una mujer ni es fácil ser reconocida como competente, es decir, como uno de esos pares con capacidad para juzgar, siéndolo. El caso que estamos estudiando es transparente en ese sentido. Dice Gabriel Celaya en la poética que presenta en el volumen, reflexionando sobre el compromiso social de la poesía: «La Poesía no es neutral. Ningún hombre puede ser hoy neutral. Y un poeta es por de pronto un hombre»[v]. En efecto: un poeta era, por de pronto, un hombre.