Acoidán Méndez
Algunos días
Plasson & Bartleboom
165 páginas
POR JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

En la página 147 de Algunos días escribe Acoidán Méndez (Las Palmas de Gran Canaria, 1989):

«Me pregunto si puedo escribir una novela en la que tampoco pasa nada. Pero… ¿qué implica un acontecimiento? Ocurre cada tanto que escuchar un pájaro en una mañana de domingo me parece un evento extraordinario».

El caso es que en este diario novelado o novela diarística, primera obra de su autor, puede que no pase nada o que no pase nada extraordinario, pero en realidad sí que suceden episodios, la clase de anotaciones que nos llenan de gozo lector a quienes amamos esta clase de libros raros y difíciles de etiquetar: él y su pareja encuentran a un perrito y se lo quedan; unos días va al taller de literatura y otros a clases de yoga; en determinada fecha vuelve a las islas a ver a su familia y los domingos se pasa por El Rastro a visitar a Paco Lozano, el librero de batalla y a pie de calle a quienes tantos admiramos y compramos; un viernes acuden a un parque y lee y toma notas pero llueve; trabaja de noche en un bar y nos cuenta lo que habla con algunos parroquianos; se preocupa por el perro y por la gata; riega las plantas y observa la vida y trata de encontrar su voz, su registro narrativo, su espacio en la literatura.

En la cubierta pone «Una novela de Acoidán Méndez». Luego el lector comprueba que es un diario que abarca apenas tres meses (mayo, junio y julio), que comienza en el momento en que dan con el perro y concluye en el momento en que deciden regalarlo. Entonces uno podría preguntarse: ¿qué es lo que lo convierte en novela y no en un diario? Quizá que el autor elige contar sólo los tramos o las secuencias que harán de él mismo un personaje.

Alguien se preguntará si se ha inventado algo, si estamos en el terreno de la autoficción. Pero esa controversia empieza a antojarse obsoleta, sobre todo en estos tiempos de Inteligencia Artificial en los que ni siquiera podemos confiar en la naturaleza de las imágenes. Puede que algunos recuerden la polémica que sufrió el provocador James Frey con su primer libro, En mil pedazos: tras el éxito de ventas se le acusó de no haber escrito una obra puramente autobiográfica sino de incluir múltiples invenciones en sus páginas. Transcurridos unos años, sólo perdura esta evidencia: fue un libro de altura para quienes lo leímos. ¿Que se inventó algunas cosas? En realidad da igual. Lo importante es que tejió un tapiz literario cuya conmoción todavía recordamos.

Por eso quienes se sumerjan en Algunos días sólo deben disfrutar con la lectura de estas pequeñas observaciones cotidianas de las calles de Madrid: en ellas un escritor en ciernes destila lo mejor de sí mismo, aprende de otros escritores y nos ofrece su voz. Es una voz que, a ratos, recuerda la de Iñaki Uriarte en sus Diarios, y esto es un elogio. Es la voz de alguien que no sólo contempla lo cotidiano desde cierta distancia y sin exaltarse, sino que además despliega dudas, como leemos en la admirable anotación de la página 27:

Pensé que este año conseguiría armar un proyecto de novela, un conjunto de relatos, algo sólido, pero no se me ocurre nada, vuelvo a las consignas como a un libro de caligrafía. El éxito es relativo, aprendí a no salirme del margen, pero tal vez eso sea justo lo que tengo que conseguir escribiendo: traspasar los bordes, huir del centro, habitar la grieta.

Acoidán Méndez disecciona su vida (o una vida que quizá posea algo de ficticia: insistimos en que no nos importa) y, con ese giro, también está hablándonos de nosotros mismos: del cariño y la añoranza hacia un familiar perdido, de los sustos y disgustos que acarrean las mascotas, de las dudas continuas, de las charlas con una vendedora. Esa escritura, según afirma en la página 40, se parece cada vez más a una cesárea: «sangra y escuece» pero «cicatriza al fin». La escritura, así, está en correlación con el nacimiento, con la irrupción en la vida aunque sea sobre el papel. Anota también en la misma página:

«Escribir también es ocupar un espacio. Habitar una voz. Pienso que todos deberíamos poder escribir; sobre todo los vulnerables, los de los márgenes, los apestados, los no deseados, los que caminan girando la cabeza cada tanto por si viene alguien detrás. Escribir quizá sea una manera de nacer».

Amén.