POR ÁLVARO BISAMA
Fotografías de Carla Mc-Kay.

Camina. Mira. Lee. No separa las acciones, su consigna es confundir los verbos. No nació acá, no pertenece, la ciudad nunca dejará de ser nueva para él. Creció en otro lado, con otros signos, otras mitologías: el mar y los cerros secos de la provincia. Empezó a venir a Santiago por trabajo a fines de los noventa y se mudó hace casi veinte años. Aún se pierde en ciertos lugares, no puede evitarlo. La ciudad siempre será un libro para él. Ya es no el tema de una novela, la ciudad es la novela. O varias, depende del día. O una biblioteca, un cuaderno abierto, una colección de relatos y voces que se contraponen donde el plano cuadriculado no es más que ilusión y los espejos de las viejas galerías del centro funcionan como bifurcaciones, son vistas parciales de otro mundo. Sabe que debajo hay otras ciudades, otros huesos, otro mapa. Cree conocer algunos atajos aunque más bien es un alarde, dándose valor antes de comenzar una aventura: pasajes que atraviesan viejos edificios, como si todo fuese una sola construcción que se extiende hasta completar una máscara hecha de la piel del valle. Corre hacia delante, avanza por una ciudad secreta. Desea perderse. La fuga nunca ha sido un acto imaginario. No se detiene, la ciudad no permite la paz.

Entonces, entra y sale de las galerías del centro, avanza de modo circular por pasillos llenos con ropa de bebés y trajes de fiesta de hace décadas, todos desteñidos y abandonados, de tiendas que aún sobreviven en sus horas más oscuras. Mira cómo su reflejo se posa sobre superficies de acrílicos de colores y telas metalizadas, sobre la piel falsa de maniquíes llenos de polvo y hollín y vitrinas donde la luz de los avisos electrónicos rebota encima del oro viejo y el oro nuevo mientras los rayos del sol rojo se extinguen. Sabe que todo dura poco, que nada permanece en este país, que todo patrimonio es una ilusión, que Chile devora y destruye todo, que el alma del chileno viene de ese lugar; de la certeza de que nada podrá permanecer nunca. Huye de esa certeza yendo más rápido. No se detiene. Sigue.

En un café cerca de la Biblioteca Nacional, bebe a sorbos lentos un expreso ácido mientras busca trazar una historia posible de la literatura y Santiago. Lee los libros como si fuesen ciudades. La literatura le sugiere eso a veces, lo salva el irse a vivir dentro de la ficción, el repetir los versos de un poema como si fuesen capaz de espantar el frío santiaguino, mascando el final de un relato, desplegando un encantamiento, algo que permite cambiar lo real. Toma apuntes. En cualquier caso, sabe que no va a resultar. No es el primero. Hay poco, por ejemplo, se acuerda de lo de Carlos Franz, La ciudad enterrada (2001) del que conserva cierta melancolía, el deseo de descubrir una tradición de novelas o de vidas abriéndose paso entre el río y la montaña, entre las viejas luces de las boîtes y las novelas de los perdidos del centro. Pero ahora, el mapa ya no es el mismo. Otras formas de la verdad, otras letras. Toma nota de momentos sueltos, puros apuntes perdidos en la noche. Se acuerda de tres poemas sobre Santiago.

Primero, uno de Andrés Bello, “El Incendio de la Compañía. Canto Elegíaco”, poema sentido y más bien ciudadano, donde su autor parece no querer sacarse de encima la pompa y los cargos chilenos, acaso tardíos. No es un gran texto salvo por el momento en que el hablante mira cómo los espectros de los muertos se levantan de noche entre las ruinas humeantes: “Cantan, y el canto semeja / sordo murmullo lejano. / Mueven el labio, y después / desmayados ecos gimen; / la luna pasa al través / de sus cuerpos; y no imprimen / huella en el polvo sus pies”. Domingo Faustino Sarmiento de inmediato detecta lo que valía. Exiliado, huyendo de la dictadura de Rosas, es quizás el mejor lector que existe en Chile por esos días: escribe una reseña eléctrica en El Mercurio donde la ironía se mezcla con la alabanza: “versos como estos harían honor al mas favorecido poeta, por la elevación de los conceptos i la fuerza de imajinacion que brilla en ellos”. El segundo es La Ciudad (1979), de Gonzalo Millán, que siempre le ha parecido una novela, donde los detalles del paisaje terminan destruyendo la forma del tiempo mientras los hechos de la historia de Chile caminan hacia atrás y exhiben la certeza de lo irrecuperable. Finalmente, vuelve al Poema de Chile (1967) de Gabriela Mistral donde Santiago casi no aparece. Ahí la ciudad no es otra cosa que una tachadura, algo que casi no vemos, el lugar donde la mirada nunca desea detenerse, otra forma de lo innombrable.

Termina el café y regresa a la calle. Da vueltas por el barrio, por ese centro que parece capaz de resistir todo: incendios, terremotos, muchedumbres, balazos, malones. Recuerda que un amigo le contó sobre la muerte de un poeta que vivía por ahí. Ese poeta había escrito acerca del modo en que el tiempo y el mundo roen las cosas, sus imágenes y sus significados y que parecía estar en paz con el mundo (o lo que llegue eso a significar en la literatura chilena) hasta que cayó accidentalmente sobre una estufa encendida. Con el cuerpo quemado, no resistió y agonizó un par de días, hasta que murió. Sus hijas, las mismas a quienes había extirpado de su vida, lo enterraron en un funeral lleno de elegías interminables que sonaron falsas y mal escritas a todos quienes lo conocían un poco.

Se sacude el recuerdo, que es íntimo y atroz.

Se detiene. Lee los muros. Los objetos están más cerca de lo que aparentan.

La ciudad está tatuada. Mira las paredes y busca más allá de los mensajes políticos, de los detalles de los murales sepultados en las paredes y de los que pueden verse apenas manchas superpuestas, de las consignas pintadas de las viejas marchas como testimonios de una lucha que iba a quedar trunca. Busca las marcas bajo la piel de la ciudad, más allá los frontis cubiertos con placas metálicas como si la vieja arquitectura que alguna vez soñó Benjamín Vicuña Mackenna -y que Paul Groussac llegó a aborrecer (“el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana”, escribió del Santa Lucía)- hubiese terminado convertida en una estética de emergencia, hecha de placas metálicas, de las capas de pintura horrible con las que han tapado la Alameda y que se acumulan a lo largo de las semanas y las décadas, una tras otra, cada vez más gruesas, más oscuras, más vivas.

Sigue los rayados, los tags, los nombres. Spray, rotuladores, plumones, sharpies, posca, tiza, pintura blanca al agua, acrílicos salidos quizás de dónde, pintura roja que simula sangre. El papel es el cemento, el acero, el ladrillo, el concreto. La verdadera historia de la ciudad consiste en esos restos, en esas escrituras. Le cuesta leer. No toma fotos. No aspira a conservar imágenes, quiere acumular todo en la memoria.

Esas caligrafías rotas son el gesto, el movimiento, la certeza invisible de una línea de vida, la señal de un cuerpo resistiendo en la soledad, de una biografía anónima que quiere ser resumida en un signo o el boceto de un signo. En ciertos lugares se han convertido en algo opaco, en marcas o muescas. No entiende lo que dicen o quieren decir; los signos se le enredan, están cortados, las onomatopeyas se convierten en dibujos, en formas animales y plantas imposibles, en ojos de animé que miran explosiones de ciudades imaginarias, en bestiarios creados en lo inmediato, en rayados y bocetos que parecen remedar los cuerpos de animales que nunca habían existido.

También sabe que lo que sucede en el suelo también sucede en el cielo. Hay una extraña correspondencia entre esos pequeños rayados y los grafitis gigantes que se despliegan en los muros de los edificios altos, donde alguien ha clavado su firma en una azotea. Son dos o tres nombres que se repiten, artistas o vándalos secretos, protagonistas de sus propias aventuras. Casi como árboles perdidos, aparecen de pronto como una vegetación opaca que solo puede existir entre los intersticios, en las paredes sin ventanas, en los soportes vacíos de los letreros, en las cornisas.

Ahí apenas comunican nada; los nombres desaparecen y se convierten en un trazo quebrado o una línea que se hunde en la superficie del muro, en la tilde de un acento que más bien es una pose o un alarde, líneas que se doblan sobre sí mismas sobre superficies rasgadas mientras se desfiguran e inventan sus propias formas áureas, puros signos secretos, esqueletos de cuerpos que se proyectarán en el futuro.

Completan la historia de la ciudad. Son la versión de la novela. Son los ecos de esas vidas anónimas de las que no queda más que escritura, movimientos congelados sobre el muro, determinados por la ilusión de permanecer pero que está definida por el olvido, antes de que alguien los borre para devolverlos a la nada. Hay un lazo entre ellos y el muro, entre el cielo y el suelo, esas vidas privadas y la ciudad.

Se queda quieto. Oscurece. La ciudad le parece más negra que nunca; como si hubiese bajado la intensidad del alumbrado público y los focos solo sirviesen para proyectar siluetas de criaturas sin rostro, todos avatares deformados por los neones de los negocios vacíos, por los avisos las botillerías, por las luces altas de los autos. Atrapa el recuerdo, quiere conservarlo. La memoria preserva sus restos y sus formas extrañas, mientras toda letra (o su posibilidad) desaparece con la llegada de la noche y queda la sombra de un conjuro grabado en la muralla, como si ahí pudiese estar atrapada un alma, un espíritu.

Fotografías de Carla Mc-Kay.