María Ospina Pizano
Solo un poco aquí
Random House
224 páginas
POR JESÚS CANO REYES

Una distancia cada vez mayor nos ha separado del resto de los seres vivos que habitan junto con nosotros el planeta: hemos aprendido a desoír los cantos dispares de las aves que nos rodean en las ciudades y a considerar a los animales parte de esa suerte de paisaje menguante que denominamos «naturaleza» (cuyo alarmante decrecimiento decimos lamentar al tiempo que lo propiciamos con nuestras acciones o inacciones), además de haberlos convertido en una reserva de recursos materiales y de consumo a nuestra entera disposición. Frente a ello, no pocas voces en los últimos tiempos se han propuesto devolver a los animales lo que Baptiste Morizot denomina la consistencia ontológica: su existencia como seres reales de pleno derecho que merecen nuestra atención y cuyas vidas importan políticamente en un intrincado tejido de relaciones diversas en el que habríamos de involucrarnos de otra manera. Baste pensar en la obra de un premio Nobel como J. M. Coetzee, que a través de las conferencias de su alter ego Elizabeth Costello ha planteado el debate de la justicia entre especies. En el ámbito latinoamericano, por citar algunos ejemplos de tono muy dispar, han surgido las estremecedoras y tremendas novelas de mataderos de la narradora brasileña Ana Paula Maia, las interesantes aproximaciones al mundo de los insectos por parte de la ecuatoriana Natalia García Freire y el boliviano Juan Pablo Piñeiro o la contagiosa insurrección liderada por Bardo, el jabalí memorable que protagoniza Derroche, la última novela de la argentina María Sonia Cristoff.

Con otro tono muy distinto pero como partícipe de la misma conversación, la escritora colombiana María Ospina Pizano (Bogotá, 1977) ha publicado Solo un poco aquí, por el que ha obtenido el reconocimiento del Premio Sor Juana Inés de la Cruz. Si su anterior conjunto de cuentos, Azares del cuerpo (2017), hablaba de mujeres sometidas a diferentes situaciones de violencia (como la exguerrillera que trata de reintegrarse en la sociedad mientras una editora corrige su testimonio), los cinco relatos de este libro abordan las vidas de otros tantos personajes femeninos, en este caso animales, que sufren diferentes tipos de violencia y que viajan, se desplazan, migran o son expulsados, que por unas razones u otras pierden o abandonan su hogar: dos perras apartadas de sus amos y más tarde separadas entre sí, un ave migratoria que recorre su ruta anual entre Estados Unidos y Colombia, un escarabajo al que trasladan del campo a la ciudad oculto entre las acelgas y un puercoespín entregado a un centro de adopción.

Solo un poco aquí: un título bello que alude a los versos de Nezahualcóyotl, el melancólico monarca de Tezcoco que alumbró en el siglo XV y en lengua náhuatl algunos poemas conmovedores sobre la transitoriedad de la vida: «No para siempre en la tierra: / Solo un poco aquí». Los epígrafes que inauguran el libro (como los muy numerosos al principio de cada uno de los relatos, en un gesto muy significativo que abre un diálogo multitudinario con toda una constelación de textos) no pueden ser más pertinentes, pues, además de Nezahualcóyotl, están Ocean Vuong y su novela En la tierra somos fugazmente grandiosos, un verbo de la lengua chibcha que se traduce como «llegar yendo» y los versos de la poeta uruguaya Cristina Peri Rossi sobre el exilio. Cuatro citas provenientes de distintos idiomas y lugares de América, de distintas cosmovisiones, que anticipan los núcleos de sentido: el desplazamiento y el exilio, la mezcla de culturas y la íntima relación entre las historias humanas y las historias de los animales.

Uno de los aspectos centrales de la propuesta estética de Ospina Pizano es la audacia en la elección del punto de vista. Ante el desafío de narrar las vidas animales sin caer en la antropomorfización y sin fingirles una voz inverosímil, la escritora opta por un narrador que sigue muy de cerca sus movimientos, que observa a estos seres y se esfuerza por restituir su consistencia ontológica, pero renunciando al mismo tiempo a rasgar el enigma de su interioridad. Se trata de una voz que solo puede imaginar o especular sobre los sentimientos y las emociones de sus protagonistas, ya sea la perra Kati («De vez en cuando cierra los ojos, pero quién sabe si descansa»), el escarabajo («Ni idea de cómo son los contornos de su voluntad») o el ave migratoria («Quién sabe cómo la inquiete la noche perdida. O cómo la horade el paso del tiempo, que para ella podría ser un ovillo de altura y astros que nunca comprenderemos. U otra cosa»). El contraste con este narrador, que no tiene dificultades para saber todo lo que piensan o sienten los personajes humanos, es una paradoja muy reveladora: un narrador –o narradora– omnisciente cuya omnisciencia se limita a la especie humana, más allá de la cual late la fascinación por el misterio de la otredad.

A comienzos del siglo XX, el zoólogo Jakob von Uexküll propuso el concepto de Umwelt para definir el entorno específico que cada especie animal percibe con sus sentidos, el recorte de la realidad que le pertenece íntimamente: no existe un solo mundo, sino que en el mundo hay muchos mundos –tantos como especies–, conectados e incomunicados a un mismo tiempo. Muy consciente de ello, Ospina Pizano se preocupa por llevar a cabo toda una exploración de las sensualidades y de la singularidad de la existencia de cada uno de sus personajes animales: el texto refleja un sinfín de experiencias sensitivas –hay sabores, colores, texturas, olores y un inesperado cierre final que invita a escuchar la vida– y se sirve para ello de una prosa elegante, de muy hermosa factura, que contribuye eficazmente al tono vitalista del libro y al espíritu de celebración a pesar de las penalidades: «Seguro que la cucarrona –música alada, crepitar de bosque, testigo de la vida de los barros– le herederá alguna vitalidad al canto agudo del pájaro de esa ciudad tan ajena».

«Entre las frondas el desvío» es posiblemente, por su planteamiento y su belleza, el cuento más memorable del conjunto: narra el viaje desde Connecticut hasta Colombia de una tángara escarlata, un ave migratoria de apenas 20 centímetros, y las distintas peripecias de una odisea –sembrada de trampas, accidentes y tormentas, pero también de momentos de gozo y de recreo– que en buena medida está ligada a los procesos humanos. La tángara permite poner en juego a distintos personajes que se cruzan en su camino, como el portero de un rascacielos que recoge los cadáveres de los pájaros y los entierra con su hija, el excoronel del ejército de Estados Unidos que avista aves en su ocio de jubilado o la empleada doméstica que trabaja para él y echa de menos a la lora con la que vivía en Guatemala. Por otra parte, el relato sirve también para condensar un buen número de cuestiones que atraviesan las políticas del territorio, aunque es una lástima que un subrayado quizás excesivo o demasiado explícito dificulte en ocasiones al texto alzar el vuelo: la tecnología de la vigilancia, mediante radares, GPS, cámaras y otros aparatos que registran todo (hasta que en una escena elocuente una magnífica águila pescadora se enfrenta a un dron y lo destruye); el anhelo de domesticación de la naturaleza en jardines y suburbios; las protestas contra estatuas y personajes históricos de cuestionable reputación; los centros de acogida –o detención– de menores migrantes; los campos devastados por la explotación agrícola, minera y ganadera; los cultivos de coca destruidos por las avionetas de los militares; o los conocimientos ancestrales de los pueblos originarios. Por encima de todo ello, el desafío de las fronteras nacionales que constituye el desplazamiento libérrimo de las aves debe interpretarse como el negativo de la precaria y dificultosa migración de tantas personas que viajan en sentido opuesto desde Latinoamérica hacia Estados Unidos.

En última instancia, el libro aspira a funcionar en una dimensión política. A las puertas de la sexta extinción masiva del planeta, provocada en buena medida por la acción humana, la escritora y naturalista inglesa Helen MacDonald ha escrito que para paliar la catástrofe requerimos tanto de las ciencias como de la literatura: las ciencias sirven para medir el grado y la escala del deterioro y para poner en marcha posibles soluciones, pero es necesaria igualmente la literatura para comunicar el significado de esas pérdidas. Desde este punto de vista, Solo un poco aquí nos apremia a pensar en lo segundo. Al mismo tiempo, la obra funciona en una dimensión más íntima. Bajo las vidas de animales errantes de María Ospina Pizano subyace un correlato notorio: sus historias también hablan de nosotros, de nuestro desconsuelo por haber perdido un hogar y por añorarlo desesperadamente, de la condición transitoria de nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo. Ese instante pasajero –solo un poco aquí–, por el que podemos dolernos pero que sin duda también debemos celebrar.