COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
En esta nueva entrega de Correspondencias, Pilar Adón y Jon Bilbao entablan una conversación epistolar íntima sobre la escritura misma. De las casas que habitan a los paisajes que moldean su imaginación, pasando por cuevas, perros, culebras, habitaciones y borradores interminables, ambos autores reflexionan sobre la creación literaria como una búsqueda sin respuestas definitivas. Cultivadores del cuento, sus cartas recorren la tensión entre control e intuición, y el peso de la pertenencia frente al dolor del extrañamiento. Su intercambio revela dos miradas singulares que se encuentran en torno a los misterios de la literatura y de la vida.
JON BILBAO
Ribadesella
¿Qué tal estás? Seguro que embarcada en muchos proyectos. A raíz de lo que he leído en tus poemas, cuando te imagino trabajando, te veo en una habitación con mucha luz natural, muy ordenada, con árboles cerca de la ventana.
Yo acabo de llegar a mi casa de Ribadesella para pasar aquí unos días. También hay árboles y mucha luz; lo del orden es más cuestionable. Con el tiempo, esta casa se ha convertido en una combinación de lugar habitable, almacén de trastos y museo familiar. El entorno, eso sí, es irreprochable: la ría enfrente y, a la espalda, un macizo calizo abundante en cuevas, disueltas por el agua de lluvia y un río subterráneo. Suelo fantasear con que las bocas de negrura que se abren entre la vegetación están comunicadas, que confluyen en una gran cavidad interior, profunda y secreta, y que los eucaliptos, el laurel silvestre, los helechos y esta misma casa se apoyan en el delgado recubrimiento de ese vacío inexplorado.
Esta imagen guarda relación con el motivo por el que he venido a Ribadesella. Me gusta retirarme aquí cuando empiezo a trabajar en un cuento. En estas ocasiones, no suelo escribir mucho; tomo notas, pienso, tanteo la idea, me pregunto si de veras me apetece escribir sobre ella. Desde hace unos años, que esa pregunta reciba una respuesta afirmativa depende, paradójicamente, de mi falta de respuestas. Busco temas que me seduzcan sin que yo sepa por qué lo hacen, y sobre los que, a priori, no sé qué decir; temas que para mí son un espacio en negro, una nada, un vacío con una potente fuerza gravitatoria. La escritura no se adentra en ese vacío sino que lo bordea, se pasea por su contorno, traza una suerte de cenefa, liviana y fragmentada, a su alrededor y, como mucho, me da una idea de su forma. No aspiro a más.
Para mí, el género del cuento es el que mejor se adecúa a esta forma de escribir. En una novela también sería posible, claro está, pero yo no sabría abordarla de acuerdo a estos parámetros. La gran cantidad de páginas haría que el cerco de palabras se volviera amplio, sólido, fiable, habitable, tanto que podría hacer que me olvidara del vacío, de la oscuridad que envuelve. O peor aún, me podría llevar a perderle el respeto y a aventurar explicaciones.
Estos días estoy leyendo una antología de poemas de Mary Oliver, en la que me he encontrado con estos versos:
Dejadme mantener la distancia, siempre, de aquellos
que creen tener las respuestas.
Tal vez escribir como lo hago sea un recurso para no convertirme en alguien que cree tener respuestas, me digo a modo de justificación. Sin embargo, tal vez solo sea un indicador de falta de compromiso y, en definitiva, de cobardía. Te manda un abrazo,
Jon
PILAR ADÓN
Querido Jon:
Qué maravilla lo que me escribes y cuánto me alegra saber de ti. También yo estoy lejos de la ciudad, en la que cada vez paso menos tiempo. Sólo voy cuando hay algo inexcusable o un viaje, de modo que tengo que pasar por Atocha o Chamartín. Lo que me resultaba llamativo hace un par de años, vivir en un tren continuo o en un avión, una aventura que venía de la mano del quehacer literario, ahora me parece un engorro y cada vez lo evito más. Seguramente porque la costumbre lleva a la costumbre, y ahora mismo mi rutina consiste en estar con el perro que hemos adoptado Enrique y yo hace cosa de un año y que aún tiene mucho miedo, encargarme de las tareas habituales de Impedimenta, intentar tapar las mil grietas de esta casa en la que estoy, y escribir. A veces pienso en un cuento que leí de pequeña, en el que el protagonista descubría una fisura en la canalización que llevaba el agua a su pueblo, y se pasaba la historia entera cubriéndola con sus manitas en pleno invierno, hasta que lo encontraban y le daban un caldo caliente. No espero que nadie me dé un caldo caliente, pero sí pienso mucho en este chaval cada vez que intento que esta casa sea un hogar y cuando salgo a recoger taramas, como hacía con mi abuela, o pretendo mantener ese orden del que hablas no sólo en mi escritorio, en mis estanterías, sino en el monte entero. Siempre me he sentido más cerca de la naturaleza salvaje de Thoreau y Emerson que de un jardín, y ahora me descubro queriendo «recoger» el terreno. Supongo que dominarlo de alguna manera. Lo que sé que es una tarea imposible y un error inmenso.
Llevo tornillos y tacos en los bolsillos. Y botas altas incluso ahora que ya hace calor porque me dan miedo las culebras, como le pasaba a mi padre, que no era precisamente un hombre pusilánime. Subo al monte por las mañanas y miro las jaras, rodeada de abejas. Miro la madreselva. Y creo que me acerco (o quizá no) a la mujer que vive en todas mis novelas y en todos mis cuentos y que suele estar sola, rodeada de perros, en una casa grande en mitad de la naturaleza. Yo no estoy sola y sólo tengo un perro. Me miro al espejo y sé que no soy esa mujer que ocupa también el cuento que estoy escribiendo ahora, que quiere la soledad como vía para la armonía, al estilo de Rilke, y que piensa, como al parecer dijo Voltaire, que «la más feliz de todas las vidas es una soledad atareada». Atareada estoy queriendo terminar ese cuento, con la certeza de que la protagonista quedará a la espera del siguiente, a ver si entre las dos desciframos qué le pasa. Por qué ese afán por la distancia. Por qué esa necesidad de guaridas.
Por cierto, a casi todos los hombres que conozco les dan miedo las culebras. Un abrazo,
Pilar.
JON BILBAO
Querida Pilar:
A mí no me dan miedo las culebras, o, al menos, no me dan asco. De niño encontré más de una tomando el sol en las escaleras de piedra de la entrada; y una vez, una víbora de buen tamaño. Esta es una casa poco acogedora si tienes baja tolerancia a la presencia animal.
Recuerdo la noche en que me levanté para ir al baño y encontré un ratón ahogado en el váter. Recuerdo el cuervo que le birló las llaves del coche a mi padre. Recuerdo los jabalíes hozando la tierra el pie de la ventana de la cocina. Y recuerdo la lechuza que apareció, muerta y aun así preciosa, debajo de mi cama. Siempre dormíamos con las ventanas cerradas, precisamente para que no se colaran bichos, así que es un misterio cómo llegó allí.
Los jabalíes continúan siendo un problema; los demás recuerdos me parecen muy lejanos, irreconciliables con el presente, ficciones casi.
Me gusta emplear esta casa como escenario para mis libros. Se la presto a los personajes. Hago algo similar a lo que hacía de niño, cuando algún rincón del salón o del jardín me servía de decorado versátil para jugar con los muñecos de La Guerra de las Galaxias, salvo que ahora juego escribiendo.
Cuando, como estoy haciendo estos días, vengo para trabajar en una nueva idea, siempre procedo igual: recorro con calma las habitaciones, como si fueran las salas de un museo, abro armarios cuyo contenido conozco de memoria, reviso los libros de las estanterías… Confío, de una manera absurda e irreprimible, en que así surjan en mi cabeza recuerdos o ideas nuevas, cualquier cosa aprovechable, un hilo narrativo del que tirar con tiento. Pero no sucede nunca. Me encuentro con habitaciones estériles, donde no hay espacio para el extrañamiento, y con pasillos más cortos y luminosos que como los recordaba. Me encuentro con una banalidad familiar y confortable. Es como si la casa me mirara de reojo, se encogiera de hombros y me preguntara: «¿Qué esperabas?».
Sin embargo, si pienso en la casa cuando estoy lejos de ella, o si reviso viejos álbumes de fotos, si miro con lupa las imágenes de obreros excavando los cimientos, entonces el lugar sí despliega todo su potencial como escenario. En estas ocasiones, me libero de los condicionantes, de los hábitos, de los dictados, de la escala de los planos arquitectónicos, de los horarios de comidas y cenas, del punto de vista petrificado desde el que, en persona, miro tanto la casa como a sus ocupantes. A veces, nuestra casa puede ser el lugar donde menos libres somos. Ojalá nunca llegues a sentirte así bajo tu recién estrenado techo. Con cariño,
Jon
PILAR ADÓN
Querido Jon:
Qué curiosa esta conexión nuestra con las casas y con los animales que las rodean. En los días primeros de adaptación a los muy diversos sonidos que parecen venir sobre todo del tejado, con los que todavía no me he familiarizado y que no logro identificar bien (me han dicho que las martas se suben por las noches en busca de nidos), me descubro sintiéndome culpable por cada cambio, cada taladro, cada agujero para las mosquiteras en la madera de las ventanas, como si me echase sobre los hombros la responsabilidad visceral de estar alterando la esencia que me gustaba de una casa que ya estaba aquí antes de que yo llegara y que me sobrevivirá. Como si estuviera transformando su carácter por un capricho provisional de nueva inquilina arrogante que considera que va a mejorarla.
Es algo que me obsesiona, lo de no alterar nada. Lo de dejarlo todo en paz. Aunque luego me descubra poniéndole al perro el arnés, la placa en la que vienen nuestros teléfonos, el rastreador por si decidiese largarse y no acudir a mis llamadas, empeñada en domesticarlo cuando en mi imaginación lo querría salvaje, salido de un paisaje de Jack London. Me veo barriendo hojas y enderezando con cuerdas las ramas de las plantas. Y algo idéntico me sucede cuando rehago una y otra vez, ad nauseam, los textos que escribo, con esa especie de superioridad altiva que denigra los esfuerzos de la escritora yo inicial, como si no hubiera sido en su momento tan obsesiva y perfeccionista como la que viene ahora a rectificar y a corregir, a enmendar y despreciar los esfuerzos del pasado.
La verdad es que nos pasamos la vida literaria tomando decisiones. Igual que en los cuentos en los que hay tres senderos y se ha de optar por uno solo, que nos llevará al castillo. Ya lo decías en tu primera carta, que no tenemos las respuestas. No sabemos de antemano qué vamos a encontrar, así que seguimos indagando y rebuscando como un perro que escarba en la arena, a ver con qué damos. A veces con un plástico enterrado, a veces con una raíz. ¿Por qué escribes?, nos preguntan. ¿Por qué en una familia en la que hay los mismos libros, el mismo ambiente, un hermano lee y el otro no? No sé la respuesta, pero, como en el caso del perro que olfatea, imagino que está en nuestra naturaleza.
E imagino también que, después de todo, hay decisiones que no llegamos a tomar. Casi nunca elijo dónde voy a situar a mis personajes, por ejemplo, porque al final los veo en espacios Frankenstein, tomados de aquí y de allí. No reconozco las casas de manera tan clara como te ocurre a ti con la de Ribadesella, y al leerte pienso en la necesidad de pertenencia, que es algo que también tengo siempre en mente, y, a la vez, en esa frase-título tan cierta y demoledora del No puedes volver a casa.
Te mando un abrazo grande,
Pilar.
JON BILBAO
Querida Pilar:
Me interesa mucho lo que me cuentas sobre tu afán por rehacer, una y otra vez, tus textos, y lo que esto supone de denigración para la Pilar que escribió la primera versión, la que hizo el trabajo más complicado: crear a partir de la nada. Me interesa porque a mí me sucede algo parecido. Mientras que en tu caso la Pilar que reescribe se impone a la que escribió —digamos que la Pilar que es se impone a la Pilar que fue—, en el mío el Jon que planifica la escritura se impone al que luego escribe: el Jon que se impone al Jon que podría ser. Lucho contra esto. Podríamos decir que estoy aprendiendo a escribir de nuevo. No es fácil. Nuestras mayores victorias, las más costosas, son contra nosotros mismos.
Recientemente, con motivo de una reedición, he tenido que revisar los primeros cuentos que publiqué. No reniego de ellos, ni mucho menos, aunque me ha sorprendido que fueran tan irreprochables; irreprochables en el mal sentido, en el de no haber corrido verdaderos riesgos. Por «correr riesgos» no me refiero a abordar temas difíciles o a embarcarme en ejercicios de estilo, sino a sorprenderme a mí mismo.
Mi costumbre siempre ha sido dar muchas vueltas a las ideas antes de abordar la escritura. La parte dura del trabajo la hago en el cuaderno de notas: perfilar personajes y tramas, documentarme… Me ayuda a afinar el tiro antes de sentarme a escribir. Sin embargo, todo ese trabajo previo tiene un lado malo. Los materiales de partida cobran una solidez que aún no deberían poseer. Eso dificulta dar cabida a las sorpresas con que te encuentras durante el proceso de escritura, bien porque no queda espacio para ellas, bien porque su carácter espontáneo, intuitivo, juguetón no es rival contra la rigidez de una estructura narrativa, de una biografía sin resquicios o del dato enciclopédico.
Intento superar las convenciones que yo mismo me he impuesto. Aspiro al juego, a la aventura y la irresponsabilidad. Claro está, no podemos escapar de nuestro carácter, así que tal irresponsabilidad no podrá desbocarse. Tarde o temprano se topará con un freno, pero hasta que éste se active, tal vez me pueda divertir sorprendiéndome a mí mismo.
Una amiga mía, cineasta, dice que planifica los rodajes hasta el último detalle para así tener distraída a su parte racional y que, mientras tanto, su parte irracional disponga de libertad para hacer la película que ella, mi amiga, realmente quiere rodar. Me gustaría llegar a algo parecido.
Un fuerte abrazo,
Jon
PILAR ADÓN
Querido Jon:
Te escribo hoy desde Madrid porque viajo a Salamanca para participar en una mesa redonda sobre Cervantes y dentro de un ratito salgo para Chamartín. Se me haría muy raro por tanto hablarte ahora de la casa, y me viene de maravilla que en tu carta más reciente me plantees estas ideas interesantísimas sobre el proceso de escritura. En esta ciudad todo me resulta más ejecutivo y menos especulativo.
Me ha hecho pensar mucho lo que me cuentas. Sabes que cuando admiramos a alguien deseamos estar de acuerdo con lo que dice y opina. Subrayamos sus textos, asentimos en silencio, pero me ha sucedido con frecuencia, por ejemplo, con Emerson, lo de no comulgar plenamente con cada afirmación y, mientras te iba leyendo, iba diciéndome sobre todo que a mí no me gustan las sorpresas.
Te diría que de ningún tipo, fiestas inesperadas, etc., pero tampoco las que me puedan deparar mis personajes. Y lo irracional, más bien lo extravagante, me gusta controlado. Creo que por eso corrijo y corrijo, como decía Bioy Casares, para gobernar el texto, para llegar a decir lo que realmente quería desde el principio. A través de la forma voy llegando al fondo. Voy reescribiendo y comprendiendo. Y creo que esto deriva en gran medida de mi condición de slow learner. No te voy a negar que se me da bien la intuición, la anticipación, pero a la hora de asumir situaciones nuevas, digamos que camino lenta. Así que mi manera de trabajar consiste en ir acumulando capas y capas de escritura, como si cocinara una lasaña, asegurando el terreno, haciéndolo firme y conocido, para luego, cuando ya he comprendido qué le pasa a la mujer concreta que está aislada en una casa concreta, eliminar la grasa, quitar lo que sobra. Puestos unos buenos cimientos, la construcción puede hacerse como se quiera, y una vez comprendido el texto, lo desbasto y lo desbrozo hasta dejarlo en su mínima expresión.
Te escribo todo esto y pienso «caramba, es realmente así». No se trata de una elaboración a priori ni de un constructo impostado. Me veo poniendo piedra sobre piedra y, a la vez, en una imagen opuesta, excavando un pozo hondo que me lleve al núcleo real. Y todo ello con mucho trabajo. Me resulta esencial que las frases parezcan haber surgido con una naturalidad ligera desde el primer momento, pero no es así en absoluto. Todo es trabajo. De alpinista a espeleóloga. Lo que muchas veces se traduce, en la práctica, en algo tan obsesivo como evitar repeticiones de verbos o rimas internas incluso en las páginas en prosa.
Los textos mimados, cuidados, son los que me despiertan una sonrisa de agrado, de casi felicidad, e imagino que eso es algo que deriva de la estudiante aplicada que fui y de la lectora exigentísima que sigo siendo. Me encanta que sigas en Ribadesella, Jon, ahora que salgo corriendo hacia ese infierno en la tierra que es Chamartín. Te mando un abrazo muy grande,
Pilar.
JON BILBAO
Querida Pilar:
Cuando impartía clase en talleres de escritura, solía recomendar a las alumnas —casi siempre son mujeres— que a la hora de afrontar un nuevo texto no se lanzaran sin más a teclear. Creo que cuando no te conoces lo suficiente como escritor, cuando no tienes una serie de temas, personajes y atmósferas recurrentes que te sirven como guía, lo más probable es que esa suerte de escritura automática solo produzca textos erráticos y grumosos. Les recomendaba que, antes de escribir, pensaran qué escribir.
Para explicar ese paso previo, les decía que planificar un escrito se asemeja a hacer el equipaje antes de viajar a un lugar exótico donde nunca has estado. Seguramente, en la maleta meterás cosas que luego descubrirás innecesarias. También, una vez sobre el terreno, te darás cuenta de que no tienes otras cosas que son imprescindibles, y con las que debes hacerte como buenamente puedas.
El trabajo de planificación no es como un plano arquitectónico, detallado y fiable, al que puedes y debes ceñirte. Nunca responde a todas las dudas que surgen durante la escritura. Es limitado, imperfecto y, en el mejor de los casos, orientativo. Se parece más a las indicaciones que un desconocido, hablando en un idioma que tú no dominas, te da para llegar a un lugar.
Lo que a mí me sucedió es que caí en el error de pensar que se parece más al plano arquitectónico. Mi afán por ceñirme a él acallaba el poder inspirador de la propia escritura.
Al igual que tú, creo en el gobierno del texto, en la pulcritud y en el trabajo. Cuando en la carta anterior te hablaba de sorprenderme a mí mismo escribiendo, de juego, de aventura, de irresponsabilidad, no me refería a descuidar el esfuerzo ni a abandonarme a la improvisación, a acabar diciendo algo diferente a lo que inicialmente pensaba. Lo que me gustaría es decir más que lo que pensaba al principio. Creo que eso se puede conseguir estando más abierto a los hallazgos imprevistos, los cuales, claro está, han de pasar por los filtros del mimo y la exigencia.
Prefiero dejar para otra ocasión hablar —especular, más bien— acerca de dónde surge este deseo de cambiar de estrategia. A modo de adelanto, diré que la razón puede ser el haberme hartado de mí mismo, algo que me sucede periódicamente. En esas ocasiones me dan ganas de decirme: «¡Cállate! Eso ya lo has dicho demasiadas veces y siempre de la misma manera», palabras que son también adecuadas para poner fin a esta carta.
Espero que todo haya ido bien en Salamanca, Pilar. Ojalá podamos vernos pronto y seguir hablando en persona. Con mucho cariño,
Jon
PILAR ADÓN
Tren Salamanca-Madrid. 29 de mayo de 2026
Querido Jon:
Leo tu carta al lado de una ventanilla castigada por el sol, en el sentido contrario a la marcha, algo cansada y muy constipada, y pienso que debería esperar a llegar a Madrid para responderte, pero empieza la Feria del Libro, sé que no voy a parar, y además me azuza a responder de inmediato tu auto-«¡cállate!», que tanto me apela y que tan bien reconozco en mí misma. Si algo disfruté de la charla de ayer, además del espacio (la Casa de las Conchas), fue el tema (Cervantes) y no tener que dar explicaciones ante el recurrente reproche que escucho con cada vez mayor frecuencia sobre que lo que escribo no se entiende. Algo que, en sí mismo, no me ofende ni me preocupa, pero que me lleva a la justificación, a la búsqueda de soluciones, a la sobre-interpretación de viva voz de lo que ni siquiera quise dejar caer por escrito, a intentar «curar» el revés de los presentes que me dicen que mis historias son difíciles y, al final, a las ganas de decirme ese «cállate» del que hablas, consciente de que el libro se tiene que defender solo.
No voy a hacer más fácil nada ni voy a dejar de escribir acerca de esa mujer que se aísla en la naturaleza, pero sí puedo dejar de hablar de ella. Y quizá por eso me guste ahora tanto presentar los libros de otros escritores, escuchar sus motivaciones. Sabes que muchas veces, cuando nos encontramos, te pregunto y pregunto, y comprendo que puede tomarse por un interrogatorio indiscreto, pero creo que obedece a esta necesidad real de salirme de mí, de dejarme a un lado, y rumiar nuevas ficciones mientras sigo buceando en los porqués de los demás. Quizá se deba a esto también el que esté trabajando ahora en un ensayo, deseando dejar de practicar al menos durante un tiempo ese estriptis literario tan complicado al que nos lanzamos cuando expulsamos al mundo nuestras tramas pretendiendo a la vez protegerlas, sobre todo cuando parecen quedar tan a la intemperie. Imagino que por eso elaboramos argumentarios y salidas que ofrecer ante las posibles preguntas que se nos puedan formular en entrevistas, clubes de lectura…
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Ha pasado un día, estoy de nuevo en casa, y he pensado en autocensurarme y no enviarte esto previo que te escribí en el tren, pero creo que ese «cállate» tuyo y este «cállate» mío se complementan bastante bien, y estoy segura de que me vas a entender. Me callo, pues, y me despido con esta foto de una culebra de escalera que estaba hace un rato a mis pies. Ha desaparecido rápidamente y Paddy ni la ha visto.
Te mando un abrazo enorme, querido Jon. Espero yo también que nos veamos pronto,
Pilar.
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Pilar Adón. (Madrid, 1971) Ha publicado las novelas De bestias y aves (Galaxia Gutenberg, 2022, Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica, Premio Francisco Umbral al Libro del Año, Premio Cálamo Otra Mirada), Las efímeras (Galaxia Gutenberg, 2015) y Las hijas de Sara (Alianza, 2003), el relato largo ilustrado Eterno amor (Páginas de Espuma, 2021) y los libros de relatos Las iras (Galaxia Gutenberg, 2025), La vida sumergida (Galaxia Gutenberg, 2017), El mes más cruel (Impedimenta, 2010), por el que fue Nuevo Talento Fnac, y Viajes Inocentes (Páginas de Espuma, 2005), por el que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa. Sus obras han sido traducidas a diversas lenguas. En La Bella Varsovia ha publicado su poesía reunida Las huidas. 1998-2024 y los poemarios Da dolor (2020), Las órdenes (Premio Libro del Año 2018 del Gremio de Libreros de Madrid), Mente animal (2014) y La hija del cazador (2011). Ha traducido obras de Penelope Fitzgerald, John Fowles, Iris Murdoch y Edith Wharton, entre otros. En la actualidad es editora en Impedimenta.
Jon Bilbao. (Ribadesella, 1972) es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa. Es autor de los libros de cuentos Como una historia de terror (Salto de Página, 2008; Premio Ojo Crítico de Narrativa), Bajo el influjo del cometa (Salto de Página, 2010; Premio Tigre Juan y Premio Euskadi de Literatura) y Física familiar (Salto de Página, 2014); así como de las novelas El hermano de las moscas (Salto de Página, 2008), Padres, hijos y primates (Salto de Página, 2011) y Shakespeare y la ballena blanca (Tusquets, 2013). Cuentos suyos aparecen recogidos en antologías como Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010), Pequeñas resistencias V (Páginas de Espuma, 2010) y Cuento español actual (1992-2012) (Cátedra, 2014). En la editorial Impedimenta ha publicado Estrómboli (2016), El silencio y los crujidos (2018), Los extraños (2021) y el ciclo de novelas integrado por Basilisco (2020), Araña (2023) y Matamonstruos (2024). Actualmente reside en Bilbao, donde trabaja como traductor.