Juan Andrés García Román
Biología de los wingdings
Sloper
281 páginas
POR MARTÍN RODRÍGUEZ-GAONA

En la misma línea de su obra poética, Juan Andrés García Román en Biología de los wingdings compone una narración fuera de lo habitual, sosteniéndola a través de inmersiones verbales e imaginarias que evaden lo convencionalmente confesional o introspectivo. De este modo, el autor recurre a un despliegue fabulatorio similar al de sus celebrados libros El fósforo astillado o La adoración, aunque la búsqueda lo lleve a explorar otro tono más amable o lúdico. En cualquier caso, desde sus primeras páginas, esta novela nos envuelve en la atmósfera de su prosa impresionista, creando un relato acumulativo, cautivante a la vez que deslavazado.

Efectivamente, Biología de los wingdings, como novela de poeta, comparte cierta entonación con notables antecedentes como El incongruente de Ramón Gómez de la Serna, La casa de cartón de Martín Adán y A nest of ninies de John Ashbery y James Schuyler. Así, en esta peculiar historia no importan realmente la secuencialidad ni los personajes, pues se impone paulatinamente el devenir de un lenguaje donde se va dibujando la motivación del texto: párrafos o versículos como sombras de lo que quizá fue o pudo ser una obsesión.

Y dicha obsesión -que toma como motivo a los wingdings, aquellas fuentes tipográficas de los noventa, hoy arqueología de la cultura electrónica- no sería otra que la conexión entre el Romanticismo y la espiritualidad laica; un vínculo primordial en toda la obra de García Román, aquí expresado en clave de esperpento. Obsérvese que escoger como símbolo un código tecnológico ya caduco o retro implica establecer desde un inicio una distancia irónica opuesta a la celebración ingenua de ciertas novelas de vanguardia (y de sus trasnochadas actualizaciones en el siglo XXI).

Con estos tan sutiles como inusuales objetivos, Biología de los wingdings erige en sus dos secciones, «El diario» y «Alaska», una sostenida y a la vez oblicua reflexión que yuxtapone por momentos la prosaica anotación diarística con una mezcla desprejuiciada de alta y baja cultura, metanarrativa y psicoanálisis. Dicha radical amalgama -que incluye teoría literaria, series de televisión y egiptología- sorprende y entretiene, pero quizá también impida al autor articular un yo fuerte o coherente, más propiamente protagonista o seductor. No obstante, aquella aparente limitación permite un desdoblamiento inusual, lúdico e inteligente: el convertirse en un signo, abrazando la arbitrariedad, la insuficiencia y el absurdo de un wingding, de un carácter tipográfico.

Es concordancia, la voz del narrador de Biología de los wingdings es nerviosa y un poco caricaturesca, pero demuestra asimismo actitud, la cual no logra ocultar su extrañeza y melancolía, como sucede en los pasajes en los que se relaciona con Kay o la madre. En medio de este profuso y desconcertante despliegue surge a menudo la observación brillante o la imaginación lúdica. Y, sin embargo, todo no hace sino recordarnos que las pasiones existen o existieron, pero han sido debidamente minimizadas (incluso químicamente).

De ahí lo que creemos sería el comentario más ambicioso del libro. La existencia contemporánea, con su latente transhumanismo político, supone una lobotomización cuyo primer paso ha sido condicionar y contaminar nuestra vida emocional, obligándonos a hablar a través de símbolos, iconos, caracteres especiales (y nótese ya el desfase con respecto a la inteligencia artificial). De este modo, nuestra libertad se ha reducido a escoger, archivar y mezclar algunos de estos códigos, entre muchos otros, a la manera de un rito de expresión personal. Aquella renuncia explicaría quizá, el porqué en la novela no existe un relato («Me encantan los nombres, me gustan mucho más que los verbos»), pues éste resulta extremadamente improbable para un narrador que carece de vida, que apenas puede realizar acciones.

En consecuencia, la imposibilidad y la inadecuación conforman la voz del mermado protagonista de Biología de los wingdings, cuya existencia sería inevitablemente vicaria, pues apenas puede ser concebida desde la mediación que ofrecen la literatura, la televisión, internet o la elucubración excéntrica, solitaria e incesante. Pese a todo, que la vida no sea ya posible («Hay poetas que alzan el vuelo lírico cuando tematizan la mediocridad») sólo quiere decir que existimos de otra manera: inmersos en una supervivencia homologada, cada vez más tenue o segmentada. Ante la inevitable anuencia a desenvolvernos en una realidad reducida y algo kitsch, la poesía responde a su manera simultáneamente santa y ridícula. Así, el empleo de cierto tartamudeo electromecánico podría ser tanto el vestigio de un irremediable fracaso como el firme y tímido rechazo a cualquier domesticación.