POR DAVID MANJÓN

Los portones de la fábrica humean un bullicio mudo. Como el ladrido de ese perro oscuro al tipo que juega con él y corre, todavía vestido con su delantal de operario. Las despedidas, la multitud de sombreros y las bicicletas, disparadas hacia el exterior a izquierda y derecha, revelan la conclusión de la jornada de estos empleados y empleadas —mayoría de mujeres, faldas largas— que tienen prohibido atender al objetivo de la caja de madera que los filma a golpe de manivela. No todos logran evitar la mirada hacia el recién inventado cinematógrafo. Se conservan tres versiones con ligeros cambios de encuadre, luz, vestimenta, un coche de caballos. Como es sabido en cualquier oficina, el trabajo no está exento de teatralidad y aquí se cierra el telón, que son los altos portones, hasta el turno del día siguiente. Rodado en el barrio de Monplaisir, a las afueras de Lyon, La salida de los obreros de la fábrica Lumière (1895) no llega a cincuenta segundos y es considerado uno de los primeros cortometrajes documentales y la primera película exhibida en una sesión con fines comerciales: fue proyectada con gran expectación el 22 de marzo de 1895 en una oscura sala de la Sociedad Francesa de Fomento de la Industria Nacional. Aquel documento ilustra bien el guirigay propio de quienes dejan atrás la obligación y recuperan su tiempo libre: la expectativa que carga los viernes, reverso de la saudade de las tardes de los domingos; los proyectos desmesurados al comienzo de las vacaciones de verano.

Javier Marías —quien, a propósito de escribir todavía a máquina, declaró no hacerlo «para ganar tiempo, sino para notarlo»— invistió al narrador con el título de monarca del tiempo. Este dossier se pregunta si esa soberanía absoluta no es perturbada por las horas dedicadas al trabajo. El filósofo José Luis Pardo intuía en uno de los ensayos de su libro Nunca fue tan hermosa la basura (2010) que el trabajo «en sí mismo considerado, parece ser, en efecto, inenarrable»; que aunque existan «muchas narraciones que transcurren total o parcialmente en lugares de trabajo», éstas relatan «algo que ocurre entre los personajes al margen de su mera actividad laboral, y no esa actividad en cuanto tal». Y apostaba Pardo a que ese «límite a la narratividad» se debe a «su brutalidad o su monotonía»: «¿cómo contar algo allí donde no hay nadie, donde cada uno deja de ser alguien?». El novelista Isaac Rosa recogió el guante y, tras una sucesión de trescientas setenta y ocho páginas narrando el trabajo —el trabajo en sí mismo: mediante rutinas, gestos, repeticiones e incluso onomatopeyas laborales— de diversos profesionales convocados en un sobrio e improductivo escenario teatral, cerró su novela La mano invisible (2011) con la cita del artículo de Pardo como colofón. En su artículo para este dossier, «Hablemos de literatura y trabajo», Rosa revisita aquel envite narrativo: «No digo escribir sobre el trabajo, sino escribir el trabajo. (…) Escribir sobre el trabajo es hacer del trabajo el tema de nuestra novela. (…) En cambio, escribir el trabajo lo convierte a la vez en fondo y forma. Que el trabajo sea tema pero también forma literaria».

En relación con Viridiana (1961), dijo Luis Buñuel que solo los imbéciles tienen pretensiones de escribir argumentos de tesis. El trabajo como material narrativo —sus lenguajes, paisajes, conflictos y, en especial, sus particulares temporalidades— suscita interesantes desafíos que interpelan técnicamente a la novela, género vinculado desde sus orígenes, paradójicamente, al concepto de tiempo libre: qué mejor muestra de ello que el personaje Alonso Quijano, enfermo de novelitis por disponer —mediante modestas rentas hidalgas— de tiempo de sobra para la lectura. La narrativa del trabajo, de sus nuevas crisis, transformaciones y uberizaciones, sin embargo, desprovista de aquella ambición formal y meramente redactada, como si a la literatura solo le atañeran las tramas y los traumas, los testimonios y los temas, con frecuencia puede convertirse en una etiqueta más de las ofertadas en un mercado literario muy pendiente de lo que se lleva. Sobre estos señuelos temáticos iba el editorial «Literatura versus tema» de Javier Serena para el número de diciembre de 2024 de esta revista.

La genealogía puede remontarse al siglo VII a. C., con el poema didáctico Trabajos y días de Hesíodo. Y en lengua castellana, a la novela picaresca que, desde la esquina más miserable de la pirámide social, le arrebató la palabra a las vidas ejemplares de santos que hasta entonces copaban los libros. Desde entonces, el mundo del trabajo ha ido ausentándose, mano invisible, y reapareciendo —realismo y naturalismo decimonónicos, vanguardias, narrativa proletaria de los veinte y los treinta del siglo pasado, narrativa documental y socialrealista de los cincuenta y los sesenta— en los textos literarios y en particular en esa «historia privada de las naciones» que es la novela en la célebre definición de Balzac. El cesante Villaamil maullando sus apuros; el albañil que cae del techo de un poema de Vallejo, muere y ya no almuerza; turbinas, campesinos y salones de té; auroras rojas, santos inocentes; afueras, zanjas y piquetas.

Belén Gopegui, que este año acaba de publicar Te siguen, sugiere en su artículo —«Literatura y trabajo: esa pregunta»— «una investigación en la que se estudie cómo se distribuye la población activa en cien o doscientas novelas del siglo XXI». En ese censo de voces y personajes con una probable inflación de policías, detectives, investigadores, reporteros, intérpretes y traductores, no sabe/no contesta, también se colaría sin duda una nutrida legión de artistas y, en concreto, de escritores y escritoras. Al propio oficio de la escritura o, por mejor decir, a sus aledaños laborales, dedican sus textos para este dossier Elvira Navarro y Paula Porroni, quienes hace una década narraron en sendas novelas las consecuencias de la precariedad sostenida. La autora de La trabajadora (2014) escribe en «Literatura y circo» sobre el tiempo dedicado a la promoción de libros, presentaciones y redes sociales, ferias y festivales, jurados de premios y clubes de lectura. Por su parte, la autora de Buena alumna (2016) y La vacante (2024) visita en su texto «El planeta Taller», tan superpoblado: «Teniendo en cuenta la cantidad de escritores que impartían talleres, te sorprendía su escasa representación literaria». También los menciona Paulina Flores en «VERBO TO BE, trabajo y amor»: «Lo que ahora podría llamar, con inocencia y añoranza, “mi vida antes”, no me era completamente extraña: estudiar inglés al alba, escribir mi novela por la tarde y trabajar por mi cuenta en talleres de escritura online. Una vida austera sin planes a futuro pero con noble esperanza». En él relata la experiencia en un curso de inglés —anglès B1— del Servei Públic d’Ocupació de Catalunya. Flores, que este año ha publicado La próxima vez que te vea te mato, trató en Isla Decepción (2021) la huida de un marinero coreano de las condiciones de trabajo casi esclavo en la industria pesquera. Aquella historia está ambientada en Punta Arenas, en la Patagonia, al otro extremo del Gran Sol (1957) en el que se embarcó Ignacio Aldecoa para escribir su novela sobre la pesca de altura en el Atlántico Norte.

Un proceso de selección de recursos humanos da comienzo a El desierto blanco (2023) de Luis López Carrasco, que acaba de reeditar su libro de relatos Europa. En la película El año del descubrimiento (2020) documentó el reverso de los fastos de 1992 en España: mientras se celebraban los Juegos Olímpicos de Barcelona o la Expo Universal de Sevilla, en Cartagena las protestas en defensa de los puestos de trabajo liquidados con la reconversión industrial felipista culminaron con el incendio del Parlamento Regional. Entre el cine y la literatura oscila su artículo para este dossier, «Experiencia y efecto. El trabajo tremendo», donde recorre películas como El mundo sigue (1963), la impresionante adaptación de Fernando Fernán Gómez de la novela homónima de Juan Antonio Zunzunegui, o Smoking Room (2001) de Julio D. Wallovits y Roger Gual, que podría catalogarse en la vasta tradición de las historias de oficina, prácticamente un subgénero de las ficciones del trabajo. Bartleby, C. C. Baxter, Don Draper, Mark S.: el sol no sale para todos esos reyes pálidos del tintero, los tápers y el descontento. La tregua de los chupatintas. Funcionario público y oposición. Estupor y temblores.

López Carrasco se detiene en Los enanos (1962) de Concha Alós, una de aquellas novelas —como Ayer, 27 de octubre (1958) de Lauro Olmo— que recurrían a un enjambre de personajes extraídos de un mismo bloque de viviendas, pensión o escalera; y en La fea burguesía (1990) de Miguel Espinosa que, junto al primer ciclo de novelas de Juan García Hortelano, disección del discreto encanto acomodado, podrían constituir una suerte de cara B de aquellas otras novelas del trabajo industrial de sus compañeros de generación, como protagonizadas por los propietarios de sus fábricas, minas, bodegas o centrales eléctricas.

Guiados por el principio de placer y monarcas de su tiempo libre, los lectores y lectoras tal vez le respondan al trabajo que escapan de él, que preferirían no leerlo y que ejercen así su soberano derecho a la pereza.