POR MERCEDES HALFON

Prueba de cámara (Entropía) es un libro que se lee de principio a fin sin soltarlo, porque está escrito con una enorme calidez y cercanía. Es una combinación muy fluida entre memorias personales y pequeñas piezas de crítica cultural, o de semblanza cultural. La biografía de su autor va atravesando momentos, sucesos puntuales, cambios políticos, su descubrimiento personal de muchas cosas, desde ciertas bandas de rock, artistas, cineastas, escritores; hasta descubrimientos de otro orden: claves sentimentales, familiares, vitales. Es un libro, que afortunadamente no es de «un tema» así que se pueden decir muchas cosas de él, podríamos decir, por ejemplo, que al ser memorias de infancia, adolescencia y primera juventud, de los años 60 y 70, que van de la Buenos Aires natal a Inglaterra, patria por adopción, ida y vuelta, refleja la formación de una sensibilidad. Una sensibilidad que hemos visto luego desplegada en películas y libros y acá, de algún modo, está su origen, su semilla.

Acabo de releer el párrafo anterior y veo que en vez de es una combinación muy fluida puse conminación. Y entonces me pregunto. ¿A que nos conmina este libro? Todo libro de memorias tiene una mirada sobre el pasado narrado. Puede ser una mirada compasiva, una mirada crítica, o puramente discursiva, es decir, usar al pasado de ejemplo para otra cosa. Este libro hace todo eso a la vez, lo cual es lo mejor que puede pasar, porque nadie puede congratularse siempre, ni criticarse siempre, ni ser ejemplo de teorías siempre. Estructurar unas memorias es un poco pensar sobre la vida, sopesar y por supuesto no hace falta estar en las últimas para arrancar con ese ejercicio. Respalda esta opinión buena parte de la literatura del presente, que parece volcada a contar la vida de quien escribe. Pero antes de que le caigan a Andrés con las críticas con las que no caen a los demás biógrafos o autobiógrafos, hay que recordar algo: Andrés es ambidiestro, filma y escribe, y su trabajo de indagación autobiográfica viene del cine y de muy atrás, cuando estas formas no estaban tan al alcance de la mano. Y es interesante como ese trabajo cinematográfico también se cuela en el texto, como cuando se pregunta qué escenas quedan grabadas para siempre y cuales desaparecen «como metraje descartado en la sala de edición». Podemos decir, parafraseando a Lacan, la memoria se estructura como una película. 

Prueba de Cámara tiene, claramente, con sus trabajos anteriores literarios y cinematográficos un aire familiar. Y es que este libro también gira en torno a la familia Di Tella, en tiempo pasado. Aparecen el padre (Torcuato), la madre (Kamala), el excéntrico amigo de los padres (Ernesto) que toma el relevo de la formación de Andrés mientras está en Inglaterra, y de un modo bastante central, George-Henri el mejor amigo de su infancia londinense, que aparece al principio de libro, como el detonante, el motor que pone a funcionar la memoria.  

El ejercicio que viene realizando, además, nos enseña algo: basta mirar por ejemplo su documental Fotografías, donde iniciaba la reflexión sobre alguna de las cuestiones que aparecen en este libro y en todos sus demás trabajos hasta llegar a este: la que aparece no es una identidad que se nos enrostra, no es algo cerrado que se nos entrega, no es alguien que dice esto soy, esto veo, esto es interesante, sino que es una identidad que se construye al mismo tiempo que la escritura, con todas las dudas, las falsas identificaciones y también las iluminaciones, que la mayor parte de las veces llegan de la mano del humor. Siempre y ante todo, las respuestas suelen venir con un chiste, como si hubiera una verdad que solo va a aparecer cuando se abandona la certeza, que es lo mismo que decir dureza, cuando se abraza el sinsentido, o como le pasa al narrador, en una de las muchas epifanías que lo asaltan a lo largo de estas memorias, una conclusión que aparece en forma de humorada: «mi vida es un desastre».

Por eso me atrae cómo en Prueba de cámara se detiene no tanto en las escenas evocadas ni en el presente del relato, sino en el cristal que hay en el medio, para seguir con las metáforas cinematográficas, es como si el lente de la memoria hiciera foco y a veces no lograra que la imagen se forme. Vemos /leemos, esos movimientos del lente, vemos/ leemos al narrador recordando y pensando sobre ese recordar.

Como eso que se dice de los esquimales y el blanco: Andrés Di Tella en este libro puede reconocer o definir o describir casi infinitas tonalidades del recuerdo. Es un libro de recuerdos, pero fundamentalmente sobre el acto de recordar. A veces una sensación climática, como una lluvia que se percibe desde adentro de un auto en movimiento, lo arrastra a una situación similar, pero vivida con su madre cuando él era un niño, casi medio siglo atrás. Otras veces el recuerdo se resiste; hacer memoria es un acto performático al que se aboca con un esfuerzo casi físico que hace arrinconar al recuerdo, que se va develando como una fotografía en el cuarto de revelado. Otras veces la memoria se empaca: la escena no aparece, por más empeño que se ponga. En algunas ocasiones la memoria personal se aboca a una investigación más seria y se amplía, o por el contrario, se refuta. Esto que recordaba así, en realidad fue asa, o fundí dos recuerdos en uno. Incluso acude a otros amigos o compañeros de ruta para confirmar ciertos hechos. La memoria personal se confronta con otra que a veces ayuda en el proceso y otras desmiente rotundamente sus impresiones. Recordar es revivir, escribe, volver a pasar por el cuerpo, algo que puede ser abrumador. Pero la sensación que queda al final es que recordar es complejo porque hay que volver tridimensional algo que se presenta como una vaga idea: es, entonces, muy parecido a imaginar.

Otra cosa. Di Tella suele titular sus libros con palabras que aluden a un formato o a un dispositivo: Cuadernos es su libro anterior. Fotografías, Ficción privada –aunque ahí hay un adjetivo–, o Mixtape, al que le suma el módico la Pampa, algunas de sus películas. Como si el lenguaje siempre estuviera por delante de la anécdota. En este caso se habla de una Prueba de cámara. Esta idea de prueba remite a la de un ensayo, un ejercicio, un experimento y, a la vez, a lo que está en el inicio de un proceso de filmación. Este es un libro sobre el pasado, la infancia, la juventud, lo que está en el principio de la serie de la vida. Y a la vez no. Porque a esta prueba se llega después de un largo recorrido. Y se vuelve porque, precisamente, se la siente lejos y se la quiere recuperar. O quizás es otra cosa, quizás se trate de refundar.

Lo que quiero decir es que la memoria, para Di Tella no solo se estructura como una película porque podamos verla, adelantar o rebobinar escenas, poner pausa en una imagen y profundizar en sus detalles. Es una película porque podemos hacerla. Volver, por ejemplo, a filmar el principio. Como en este libro, que empieza de modo somero: «La historia, supongo, podría empezar por acá». O que el final quede abierto.  Los cuadernos, las ficciones, los mixtapes o las pruebas de cámara son instrumentos con los que indaga, juega, experimenta y en los que nosotros entramos y salimos como de una función empezada. Herramientas que también nos regala, con humor, con una contagiosa melancolía, como una invitación a revisar nuestra propia filmografía.