María del Mar Ramón
La memoria es un animal esquivo
Concreto (Argentina)
296 páginas
Hachette (México)
304 páginas
AdN (España)
264 páginas
POR LAURA MARÍA MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Con la novela La memoria es un animal esquivo, la colombiana María del Mar Ramón nos lleva a una casa familiar en Cúcuta, entremezclando el duelo, las artes plásticas y la figura del padre. Se trata de una semántica distinta y, sin embargo, parecida a la de otros libros colombianos recientes como Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett, La luz difícil de Tomás González y El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince.

Distinguiéndose de la dolorosa voz testimonial de Bonnett ante el suicidio de su hijo, de la serena narración de González y de la memoria desordenada de Abad Faciolince, Ramón narra el retorno a la casa familiar de Juan Francisco / Zadik, un pintor de setenta años afincado en Madrid, el regreso a una Colombia que imagina y detesta, para escribir sobre la subjetividad de la memoria, la búsqueda de la identidad, la muerte, la familia y la imposibilidad de ser una versión menos sufrida de uno mismo.

La delicadeza del título anticipa una de las preocupaciones fundamentales de la novela: la importancia material del recuerdo, las formas en las que una vida puede articularse a través del pasado, pero este siempre está distorsionado y teñido de nosotros, nunca hilado por relatos objetivos. El título, además, deja entrever la mayor cualidad de la prosa de María del Mar Ramón: la capacidad para condensar la historia y la identidad de sus personajes en imágenes precisas, en hallazgos llenos de belleza.

Una casa familiar que es una herida. Un hermano mayor al que describe como «desprovisto de metáforas». Un reconocimiento identitario en la depresión del padre viudo: «Nunca vi en él una predicción de lo que yo sería, pero algo de mí debía intuir que conocería esa manera de lidiar con la tristeza». Un diálogo comparado con un buscaminas, donde cualquier paso en falso puede detonar la explosión del duelo. Una conversación principiante con el amor, en la que el protagonista clausura «como cuartos en desuso» todas las partes de su vida que no le gustan.

La prosa de María del Mar Ramón está tejida con una sensibilidad admirable, que hace que el dolor de Zadik se vuelva materia y trascienda la mera enunciación de una diferencia atormentada. A través de una estructura anclada en las tareas burocráticas que suceden a la muerte y entorpecen el duelo, justo en las conversaciones sobre qué hacer con la casa familiar de Cúcuta, Zadik recuerda la complicidad con su hermano menor en la infancia, la orfandad materna, la violencia del seminario, la incomprensión del padre y poco a poco trama el relato justiciero de una infelicidad vital que dice hundir todas sus raíces en el pasado familiar.

La memoria se desborda y el personaje hilvana cada vez un relato más mezquino de sí mismo: con un talento nunca lo suficientemente consumado, una insatisfacción perpetua y una autodestrucción excesiva. Sin embargo, la novela no se queda en la perspectiva interna del protagonista, sino que la autora incorpora otras aristas. Con el contrapunto narrativo de la voz del hermano menor, las cartas que el propio Zadik había enviado y una conversación con el hermano mayor, donde puede conocerse también el punto de vista del padre, la autora insiste en la fragilidad de la memoria y en que no importa cuántas veces se narre el pasado, porque la memoria es un constructo marañoso y no suele haber verdades objetivas que justifiquen la vileza.

Incluso cuando la novela parecería haber terminado, la autora persiste, añade capas, segundas partes, y con una escritura que roza la poesía profundiza en la psicología de sus personajes hasta perforarlos. Paradójicamente, es en la redondez de la historia, en la estructura circular, en la comprensión tan exhaustiva de la identidad de sus personajes y en la destrucción tan radical del protagonista, donde cabe la objeción.

Las perspectivas de los otros dos hermanos son útiles para erosionar la versión del protagonista, para cuestionar la fidelidad del propio ejercicio de recordar, pero al aunarlas con un relato tan despreciable de sí mismo y con un final tan decadente, las interpretaciones de la novela se cierran, la narración se vuelve compacta y el punto de vista de Zadik pierde demasiada veracidad. ¿No sería la memoria más esquiva si hubiera algún cabo suelto, algún vacío en la narración, algún motivo para que el lector pudiera todavía creer su relato de injusticia?