Hace treinta y dos años, en «Escombros y semillas»,[2] Octavio Paz denunció la acción del centralismo y la burocracia, ambos autoritarios, como los primeros responsables de la tragedia de aquel 19 de septiembre, pues existía «una relación directa entre la concentración del poder en un grupo y el centralismo: el excesivo crecimiento del segundo inmoviliza al primero». Ahora, esa misma concentración ha ocurrido de manera estatal: la corrupción y la impunidad se han vuelto coto de gobernadores y políticos locales. Asimismo, y eso no ha cambiado un ápice, reprobó «el espíritu de lucro de los empresarios e industriales de la construcción, que aprovecharon el auge relativo de este cuarto de siglo para entregarse a una especulación urbana desenfrenada e inescrupulosa, con la complicidad de la burocracia gubernamental». Tampoco cambió la megalomanía de los Gobiernos «empeñados en levantar en un parpadeo sexenal Babilonias de cemento del tamaño de su vanidad. Los cimientos de esas moles estaban podridos como la moral de los que las erigieron».

Aunque no puede hablarse de la misma magnitud de daños (en 1985 murieron, hasta donde se sabe, más de diez mil personas), sí podemos decir que algunos consorcios de la construcción y dueños de edificios, en contubernio con varias autoridades, olvidaron aquel suceso, desoyeron la ley y hoy son causantes de nuevas muertes. El nuevo boom inmobiliario ocurrió en varias partes de la ciudad, pero, no tan curiosamente, se centró en una de las zonas devastadas en el 85, donde bajaron de forma dramática los precios de inmuebles y terrenos. Así, después de tres décadas, las colonias Roma y la Condesa se convirtieron en las zonas más cool, más hipsters, de la ciudad. Para las nuevas generaciones, estos sitios dejaron de ser, como para muchos de mis contemporáneos, zona tácitamente prohibida desde 1985.

En junio de aquel año, cuatro meses antes del terremoto, en «Escenarios para el fin del PRI»,[3] Gabriel Zaid se preguntaba cómo era posible que México no hubiera avanzado en el área política: «¿Cómo es posible que un país que lo tenía todo, hasta petróleo, esté en quiebra? ¿Cómo es posible la corrupción en tal escala?». Para él era evidente el cercano fin del partido en el Gobierno, sin embargo, veía que no estábamos preparados para esa transición, cuya única oportunidad se encontraba en respetar a los votantes de la oposición. Sin embargo, la falta de madurez política nos hacía suponer un panorama aterrador, similar al diluvio, y, entre los múltiples escenarios que desarrolló sobre el fin del Partido Revolucionario Institucional, reflexionó sobre la posibilidad de que el sistema se autodestruyera debido a errores fatales: «El envejecimiento, la pérdida de capacidad autocorrectiva, la pérdida de fe en el sistema, la presión de los cambios del entorno, los accidentes fatales pueden ser irreparables». Había otro escenario posible: «Un terremoto que acabara con la ciudad de México podría acabar con el PRI».

Hoy Zaid podría reclamar el carácter profético de aquellos días aciagos, pero lo cierto es que la coincidencia causa estremecimiento. Sin embargo, no fue el final del PRI, aunque sí emergió de aquel desastre una sociedad civil que, no obstante, se sentó de pronto en sus laureles: unos laureles que nos han llevado al enfrentamiento permanente, a una «democracia» fallida, pues los ciudadanos, particularmente los de mi generación, convertidos en censores de cubículo, no hemos sabido convertir esa oportunidad en una esperanza duradera. Frente a la ruina, Paz sostuvo que la reacción de los habitantes de la Ciudad de México, sin distingo de clases, había mostrado que «en las profundidades de la sociedad hay, enterrados pero vivos, muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas […], son una extraña mezcla de impulsos libertarios, religiosidad católica tradicional, vínculos prehispánicos y, en fin, esos lazos espontáneos que el hombre inventó al comenzar la historia».

 

I’M A MEXICAN. WHAT’S YOUR SUPERPOWER?

«¿Todo está mal?», me pregunto, mientras leo a Reyes. En 1941 escribió:

A veces, entre los titubeos de la hora, sentimos que América ha sido llamada algo prematuramente a cumplir los destinos venideros de la cultura. […] Antes de la prueba, todos somos inmaduros, todos somos niños. Sólo el sentimiento de la responsabilidad transforma al adolescente en adulto. Los que nunca fueron tocados por este fuego siguen siendo hombres a medias aún con las barbas luengas y la piel arrugada. No nos forma tanto el crecimiento biológico cuanto el crecimiento moral. […] Ha llegado, para nosotros, el día grande, el día terrible, de modelar con nuestros propios recursos la nueva morada de los hombres.

 

Faltan menos de ocho meses para que en México se lleven a cabo nuevas elecciones presidenciales. En esta circunstancia, el terremoto ha dado un vuelco a las estrategias electorales y nuestros políticos, menos incapaces que en 1985, pero más ávidos de poder, pues las circunstancias permiten ahora una nueva alternancia, cambian sus planes. La ciudadanía, harta, advierte la incongruencia entre el costo de la reconstrucción y el dinero que han robado o gastado tanto políticos como partidos. El clamor llevó a estas instituciones políticas a solicitar una reducción del presupuesto de campaña: una extraña donación de nuestro propio dinero.

Al respecto se han planteado varias propuestas. Una de ellas, de Enrique Krauze, es una sugerencia que se explica con su solo nombre: «Cero spots, diez debates»; otra, promovida también por el historiador, propone a los hombres ricos de México que «adopten» un pueblo de los muchos que fueron destruidos por el terremoto en Oaxaca, Morelos, Puebla y Chiapas. Krauze ha llamado al Consejo Coordinador Empresarial, la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), el Consejo Mexicano de Negocios y a empresas medianas para que se sumen a este proyecto, en un esfuerzo descentralizado. «Los recursos pueden provenir de dos fuentes: el sector público y los fondos privados que han ido integrándose en las diversas instancias (bancos, asociaciones civiles, iniciativas personales). Con esos fondos, cada empresa adquiriría los materiales necesarios para la obra, planearía su transporte al pueblo, supervisaría la reconstrucción. La mano de obra la pondrían los propios habitantes».[4] Hasta el momento en que escribo, 5 de octubre, la iniciativa privada ha visto con buenos ojos este proyecto y ojalá tenga la respuesta que merece y necesita el país.

Algo similar habría que hacer para colaborar en la reconstrucción de nuestro patrimonio arquitectónico, si bien existe ya una iniciativa de arquitectos independientes para la reconstrucción y el Estado, a través de la Secretaría de Cultura, llamó a especialistas que quisieran sumarse en una empresa similar. Para esta fecha, cerca de mil bienes culturales han registrado daños graves, como el área arquitectónica de Monte Albán, Oaxaca, sitio considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad —donde se registraron derrumbes en el Juego de Pelota— o los cientos de edificios e iglesias de los siglos xvi al xix —como la iglesia de los Remedios, construida en la cima de la pirámide de Cholula, que perdió sus dos cúpulas durante el sismo—.

No sólo hemos visto esos derrumbes dolorosos. En estos días varias imágenes dieron la vuelta al mundo. No eran noticias del narco, ni de las desapariciones, ni de Mara, la muchacha que apenas unos días antes del terremoto había ocupado las planas de los diarios, pues su asesinato convocó inútiles marchas nacionales. No. Las fotos que todos vieron y vimos mostraban otro México. El México que también somos. La perra rescatista, el joven que en silla de ruedas levantaba escombros del derrumbe; la anciana descalza ofreciendo sus pocas pertenencias para apoyar a los damnificados; los ojos llenos de sobria, penetrante autoridad de uno de los Topos, los famosos rescatistas mexicanos; el soldado llorando porque no pudo salvar con vida a una mujer y a su hija; el muchacho que sin una pierna ayudaba a remover piedras y polvo; los rescatistas mexicanos y extranjeros que, siguiendo la técnica de los Topos, llamada «línea de vida» —una cuerda atada a la cintura para que, en caso de un colapso, el rescatista pueda avisar que sigue vivo—, ingresaban al derrumbe frente a nuestros ojos asombrados, pues esta vez todo lo vimos en «tiempo real».

Cientos de hombres y mujeres jalando una cuerda para levantar una losa. Cientos de hombre y mujeres preparando y repartiendo alimentos, dulces, libros, compasión y apoyo. Y jóvenes. Miles de jóvenes, bajo el granizo, entre las piedras, en los remotos lugares de la sierra o en su ciudad. Nuevos chilangos, como así nos llamamos con orgullo quienes nacimos en la Ciudad de México, que nos sorprendieron. También jóvenes de los estados más remotos acudieron al centro del país, para ayudar físicamente o a través de internet. Esos mismos jóvenes a quienes, con desprecio, mi generación y la siguiente a la mía llamamos los millennials. Jóvenes, pensábamos, acostumbrados al ocio; incapaces, siquiera, de arreglar su recámara; pegados al celular y a los audífonos: habitantes perpetuos de la red.

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