Giovanna Rivero
Tierra fresca de su tumba
Candaya
171 páginas
POR SERGIO COLINA

Un libro dedicado a un hermano menor «que se comió su propia sombra»: eso es Tierra fresca de su tumba. Un volumen de relatos (seis historias como seis lunas negras) poblados por familias, por desgracias y secretos que recorren las generaciones, por venganzas inter e intra grupales, por hermanos gemelos, tías dementes o borrachas, incestos e hijos extramatrimoniales. Y también por sombras, en un crescendo que va de la sencillez de la trama del primer cuento, «La mansedumbre», hasta la intensidad gravitacional de «Socorro» y «Piel de Asno», para acabar en la ciencia ficción gélida y los experimentos siniestros de «Hermano ciervo». Historias, en todo caso, sobre la pérdida de la inocencia y la gestión de la crueldad; historias de algún modo terapéuticas —«si me preguntaran a mí, diría que “terapia” significa en este y todos los idiomas: “sacar la mierda”, “comer excremento”, “ordeñar la putrefacción” (pág. 86)—, como diseñadas en último término a partir de una íntima convicción de la autora: «Hay que temerles a los hechos fortuitos, recubiertos de inocencia» (pág. 110). Historias sobre la codicia y el desprecio por la vida humana, pero también sobre la generosidad, la solidaridad, la entrega.

No es este el primer libro de cuentos de la autora. Antes vinieron Las bestias (1997), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006), Niñas y detectives (2009) y Para comerte mejor (2015). Títulos que ya permiten vislumbrar la textura ectoplasmática de la mirada de Rivero y las resonancias de la tradición más oscura de la fábula. También novelas como 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya, 2014), o Tukzon (2008), de la que ya se destacaba que adopta rasgos del relato policial, la ciencia ficción, el género fantástico y otros de los a menudo considerados géneros menores, a la vez que rebasaba los límites convencionales. De manera general, críticos como Guillermo Ruiz Plaza han visto en Giovanna Rivero uno de esas autoras «que escriben como si cavaran en busca de una revelación. Una revelación cuya inminencia palpita en cada uno de sus cuentos», y en Tierra fresca de su tumba «la culminación de una poética que viene afilando sus garras desde hace más de veinte años».

Cada uno de los relatos de este volumen es un mundo cerrado, denso, y aun así todos los relatos comparten de algún modo un mismo (o conexo) universo telúrico. Un tono y una cosmovisión que las críticas acostumbran a calificar de «gótico» y «macabro» pero que van mucho más allá de los tópicos de un género o de los contornos habituales del horror. Se trata, eso sí, de una voz que es a la vez oscura como la brea y extrañamente cristalina como un lago helado, hondamente enraizada en la tierra y el fango y que no duda en explorar lo sobrenatural o los hilos del destino. 

Además, también está muy presente el tema de la carnalidad (el cuerpo extrañado de quien ha sido violado, el de la embarazada, la carcasa del animal muerto). De hecho, Rivero ha señalado en una de las entrevistas concedidas al hilo del lanzamiento de libro que «el cuerpo en su pura existencia de carne, de célula, de sangre, de heces, de promesa de putrefacción, no tiene nada de literario. Es carne absoluta. Es un a priori entrañable. No necesita de lo literario para ser, para instalarse en el espacio y dejar una huella. Es la escritura la que precisa del cuerpo para hacer algún anclaje que la libere de su angustia inmanente».

Los topos que recorrerá quien lea Tierra fresca de su tumba se reparten por el hemisferio occidental, reflejando de algún modo, en el plano creativo, la biografía transnacional de la autora, nacida en Montero, doctora por la Universidad de Florida, residente en Lake Mary… Bolivia, Estados Unidos y Canadá son los principales escenarios de los relatos de este libro de Giovanna Rivero, incorporando además sombras de recuerdos de París en la mente dipsómana de la tía Anita de «Piel de Asno» y también de Japón en «Cuando llueve parece humano». Cada una de las historias es una inmersión en profundidad en una esfera de la existencia, en las que transpira una investigación sistemática sobre las realidades abordadas y sus códigos (sin caer en la mera erudición) para luego trascenderlas a través de una mezcla intensa de realidad e imaginación. Mediante esos buceos, Rivero nos muestra (sin hacer de ello el objeto central de su quehacer narrativo, pero sí un subtexto fundamental para la configuración de los entramados que despliega) una Bolivia y una Norteamérica plurales, diversas, multiculturales y multiétnicas, a la par que tensionadas, conflictivas, violentas: unas Américas que transitan de Santa Cruz a los Yungas, de las opacas comunidades menonitas o los métis y los pueblos indígenas de Manitoba (con sus pactos de silencio) a la realidad de la emigración nipona a los países andinos y de sus descendientes en lugares como la colonia Okinawa. 

Los personajes, individuales y colectivos, de estas historias se reparten pues por el continente, pero también se alojan en las aguas (las aguas del mar despiadado de «Pez, tortuga, buitre», o las de los ríos, las del río Grande, las del río Kiiye), de donde extraen un magma líquido que recuerda, por ejemplo, y aun salvando las distancias, a Dark Water, del escritor japonés Koji Suzuki (disponible en castellano en la editorial Satori, en traducción de Rumi Sato). No en vano una de las protagonistas del libro, Nadine, nos recuerda que «los ríos pueden ser maravillosos y siniestros», y añade: «y por eso todavía los necesito». Y es que los personajes de Tierra fresca de su tumba se debaten a veces contra los infortunios y las violencias que han sido condenados a padecer, pero otras parecen abrazar la fuerza del destino o el desenlace al que se dirigen inevitablemente con una resignación valiente, lúcida, casi zen. Metafóricamente, ello se traduce casi siempre en una conexión íntima y profunda con la naturaleza. Unas veces son los entornos, ya sean los calurosos bolivianos o los bosques nevados de América del Norte. Otras veces son animales como tótems: la osa que ataca a Nadine y que de algún modo termina poseyendo su espíritu, convirtiéndola en «la osa del góspel», o el asno cuya piel comparte con Kenya, a la que ella y su hermano llaman Luna Sangrienta, o la cierva muerta que se descompone al lado del refugio del Joaquín de «Hermano Ciervo», o las ratas que devoran sus entrañas al ritmo al que la enfermedad devora el cuerpo del humano sujeto a un misterioso experimento.

Hay más ecos literarios a lo largo del volumen. El segundo relato, «Pez, tortuga, buitre» (encuentro del superviviente de un accidente en alta mar con la madre del compañero fallecido en la barca), podría recordar a una versión lírica y fantasmagórica del Relato de un náufrago de García Márquez. La Anne Escori de «Piel de Asno» (que se masturba delante de sus sobrinos huérfanos mientras lee un librito de Georges Bataille) podría recordar a una de las mujeres que pueblan las páginas sobre París de Marvel Moreno (1939-1995), en especial las de El tiempo de las amazonas (ed. Alfaguara, 2021) —aunque también, de otro modo, las de En diciembre llegaban las brisas (Plaza & Janés, 1987; Alfaguara, 2013)—, quitándoles su trasfondo colombiano y transportándolas al territorio helado de Canadá.

Se trata, en todo caso, de personajes que cargan «sin tregua el volumen insondable de la miseria», y a veces sucumben a ella, pero que son capaces de proclamar también: «Nosotros somos de la raza de los exiliados y amamos nuestra larga miseria» (pág. 113). Por eso cabría conectar la obra de Rivero con la tradición del nomadismo y la extraterritorialidad literaria que recorre las letras latinoamericanas. Efectivamente, los personajes y los lugares que habitan la prosa de Rivero son excéntricos, liminales, periféricos, marginales. Algunos incluso desertores. Quizás malditos. Quizás solo humanos, demasiado humanos.