María Moreno
La merma
Random House
160 páginas
POR MAURO LIBERTELLA

Los hechos: el 3 de julio de 2021 María Moreno tuvo un ACV, un accidente cerebrovascular mientras escribía, en su casa de Buenos Aires. El ACV tiene efectos muy diversos sobre el cuerpo que ataca, desde secuelas imperceptibles hasta la muerte. En el caso de Moreno, le provocó una parálisis completa del lado derecho del cuerpo. Escritora diestra (el juego de palabras aquí es adecuado), pierde la mano derecha y pasa entonces a escribir, cuando puede volver a sentarse frente a un teclado, luego de una larga y trabajosa rehabilitación, con la mano izquierda. Con un solo dedo de su mano menos hábil. Esa privación impuesta por su nuevo cuerpo ocasiona, a su vez, un cambio de estilo en su literatura. No podía ser de otra manera. Los dedos de las dos manos ya no pueden acompañar la velocidad de las ideas; si piensa una frase no la puede volcar rápidamente al papel antes de que aparezca la siguiente y la empuje o la aplaste, de modo que no le queda otra opción que elaborar frases más cortas, más limpias. Esa lentitud forzada fue depurando su estilo, que se limpió de manera involuntaria, por una fatalidad. Y sin embargo este estilo más claro, menos enrevesado, sigue siendo el de ella: su tono es el de siempre, su sintaxis singular es la de siempre, sigue caminando por el borde que separa lo legible y lo ilegible, pero algo cambió.

La merma es el libro en que María Moreno relata lo que pasó y se mete muy profundo en su cuerpo. Una buena parte del texto es, en efecto, una especie de croquis del cuerpo donde la autora, a la manera de una forense de sí misma, se disecciona, se despedaza: mano, pierna, pelo. Es una manera de registrar los cambios pero también un rito de pasaje hacia su mitad izquierda y una despedida de su mitad derecha. La merma es un libro despiadado, muy crudo en sus descripciones, pero en el que no hay lamento ni una política del sufrimiento o la victimización. El impacto en el lector se produce precisamente por ese equilibrio entre una narradora que relata momentos tortuosos de una recuperación insoportable pero que evita algo que era un riesgo: el «por qué me pasó esto a mí». Tampoco hay resignación. Se diría incluso que hay un cierto interés en lo que le está ocurriendo: el ACV y los meses de hospital y tratamientos que le siguieron están narrados desde afuera y desde adentro de ese cuerpo semiparalizado. Es como si, al mismo tiempo, María Moreno viera la escena desde afuera, con la distancia suficiente para poder tener una noción general del conjunto, pero también desde adentro, desde el fondo oscuro de un cuerpo que ya no le responde o que solo lo hace parcialmente.

«Voy hacia lo que menos conocí en mi vida, voy hacia mi cuerpo» escribió el poeta Héctor Viel Temperley cuando estaba internado en el Hospital Británico de Buenos Aires, allá lejos y hace tiempo. La cita no está en el libro de María Moreno pero sí hay otras referencias literarias, alusiones, contrabandos: Moreno siempre metió crítica literaria en sus relatos y relatos en sus libros de crítica. En La merma aparece una y otra vez Mario Bellatin, con su brazo robótico, para que ella pueda desplegar una suerte de «teórica de la prótesis». También desfila por allí un libro de Lina Meruane, otra escritora para la que el cuerpo es una obsesión. Así, Moreno va armando una pequeña genealogía o una biblioteca en la que inscribir este texto, como si dijera: es por acá, léanme con estos otros autores. Pero también hay sombras, fantasmas de otros escritores y de otros casos, que no necesariamente aparecen en La merma pero que hacen sistema de todas maneras. Antes que nada, de Martín Caparrós, es una autobiografía donde, además de contar su vida, el autor intercala un diario de cómo el cuerpo le va dejando de responder desde que le diagnosticaron la terrible ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). Caparrós y Moreno son dos cronistas de la misma generación y el mismo país, de distinto estilo e intereses temáticos pero con muchos puntos de contacto por formación, grupo de amigos, fiestas compartidas. Y en la música de fondo que se escucha entre las líneas de La merma también está Ricardo Piglia, que padeció la misma enfermedad que Caparrós y terminó escribiendo los tomos finales de Los diarios de Emilio Renzi con los ojos, cuando ya había perdido el control de las dos manos y del resto del cuerpo. Pero Piglia fue más elusivo con su enfermedad. En sus textos finales apenas dice que «estaba un poco embromado», usando una palabra muy argentina, pero fue pudoroso con las descripciones de esa parálisis que lo iban cercando como un ejército enemigo.

Pero hay otro punto en común. Piglia no contó de manera cruda su enfermedad pero decidió que sus diarios finales llevaran, en la solapa, una foto de él con el rostro ya paralizado. La fotografía la tomó Alejandra López en una sesión breve, de pocos disparos, y a veces es cierto (a veces no) aquello de que una foto dice más que mil palabras. María Moreno hizo algo parecido: en la portada de La merma aparece ella en silla de ruedas, en una fotografía firmada por Sebastián Freire. La foto es muy buena porque Moreno parece estar saliendo de la portada, yéndose afuera del libro. Además, es una foto muy interesante porque vemos a una persona en silla de ruedas pero la escena está en movimiento. Alguien quieto que se mueve, o alguien que no se puede mover pero se mueve.

La merma está estructurado sobre tres instancias vertebrales: una primera parte sobre el ACV, una segunda sobre la estancia de la autora en el hospital Basavilbaso, con sus destellos de observación de los usos y costumbres de una sala de Cuidados Intensivos de un hospital, y una tercera parte donde aborda otros casos (como el de la nadadora Maria Ines Mato, que cruza aguas abiertas sin su pierna derecha) y llega hasta la vida después. De manera muy esquemática, acaso como un juego, podríamos decir que la primera parte es un testimonio, la segunda una aguafuerte o una crónica y la tercera un perfil y un ensayo. Pero el libro es todo eso junto, en todo momento. En algún pasaje del texto, la propia Moreno se refiere al libro como una «novela» y está bien, por qué no; en todo caso, La merma hace algo que la propia autora ya viene practicando hace rato y que hoy está en auge: la autoteoría, el análisis de uno mismo y sus circunstancias.

Volvamos a la escena inicial. 3 de julio de 2021. María Moreno está en su casa escribiendo y «de pronto, una flojera suave, sin dolor, en la mano derecha y ya no pude seguir». Sabe que algo pasa pero no sabe exactamente qué. Medio cuerpo ya no responde y todo se confunde por haber perdido el principio de simetría. «Había sucedido una hecatombe y yo quería llegar al final de mi frase». Entonces se tira al piso, cae lenta sobre el suelo de madera y, con la mano buena, con su nueva mano buena, golpea la tapa de la mesa donde hay unos vasos que quedaron de la noche anterior, para hacer ruido y que los vecinos vayan a auxiliarla. Pero nadie escucha, o en todo caso prefieren no acudir a ayudar (eso es lo que piensa mientras golpea). La crisis, el crack-up dura un poco más y, súbitamente, algo se reconecta: «arterias, habla, movimientos. Me senté y retomé mi frase. Estaba entre signos de pregunta. Me faltaba el del final. Lo puse y corrí al teléfono. Le dejé un mensaje a mi hijo, preciso y escueto. Y todo volvió a empezar».

La escena es extraordinaria, precisa y escueta como el mensaje que le dejó a su hijo, y a su manera nos permite ponerla en duda. Hay una galantería en la idea de que el escritor escribe hasta el final, que ni siquiera un ACV puede coartar la construcción de una frase. Es una escena que parece exagerada y sin embargo es perfectamente verosímil. Queda preguntarnos si ese signo de interrogación que cerró la frase lo escribió con la mano izquierda (no pudo hacerlo con la derecha) y si entonces es el primer carácter de su estilo futuro, de su posbarroco, de su viaje a la legibilidad involuntaria. Un signo que cierra, pero que abre algo. Que haya cerrado una etapa de su obra (la obra escrita con las dos manos, con todo el cuerpo) con un signo de interrogación es muy lindo como imagen y como idea. No se termina una etapa con un punto y aparte sino con una pregunta. La merma ya es otro momento de su escritura, un viaje hacia atrás y hacia adelante, un libro que empieza con estas dos palabras «Soy hija» y se cierra con estas dos: «mi madre».