Álex Chico
Geografía escrita
Candaya
296 páginas
POR JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Álex Chico es un escritor consciente de la imposibilidad de atrapar en la escritura todo cuanto, en nuestros viajes, miramos, olemos, tocamos y sentimos: las ciudades, en especial, nos desbordan con sus múltiples perspectivas… ¿Cómo trasladar a la página la esencia de una urbe, de un lugar anegado por el turismo o a priori víctima de los tópicos? ¿Cómo traducirla en palabras que consigan que el lector la aprecie sin haberla conocido o la rememore gracias a ese texto? «La ciudad siempre genera una narración inagotable», escribe en la página 221. Pero gracias a eso mismo logra su cometido porque las numerosas vías por donde analizarla generarán siempre ensayos tan amenos y tan literarios como los que reúne en Geografía escrita. Pese a ello, nos dice que «[…]escribir sobre ciudades tan cosidas a la literatura no es solo una tarea complicada, sino una tarea imposible» (p. 66).

Sin embargo el autor consigue, con las ramificaciones de la escritura de este libro (que transita por el ensayo, la reflexión y la narrativa autobiográfica), convertir en posible esa tarea. Su mirada, y sus pasos recorriendo sus calles, sus museos, sus librerías… trata de agotar cada zona y exprimirla, aunque implique riesgos en el traslado a la página: «Ese es uno de los mayores conflictos que genera el lenguaje, cuando deviene en un mecanismo defectuoso que no logra alcanzar aquello que describe» (p. 209).

Para que su objetivo sea exitoso, Álex Chico sabe que no podemos dedicarnos a examinar los lugares comunes: la ciudad siempre será diferente para cada persona y para cada vistazo individual. La mirada debe ir asociada a nuestras vivencias y no a lo que marquen las tendencias y las etiquetas, gastadas ya por el abuso. Un escritor no se limita a dar la visión objetiva o la que obedece a una guía de viajes al uso, como esos parientes que muestran el álbum de fotos de los sitios habituales y más pisoteados por los turistas: un autor, como es el caso, añade su experiencia, su ojo analítico, porque esto es lo que, al cabo, consigue que una zona esté viva en la página: «En ocasiones, el lugar que ocupamos es el centro del mundo» (p. 185). Esa visión separa al escritor viajero del turista curioso.

Puede que el objeto de la escritura sea inaprensible, pero debemos intentarlo: «Descubro que escribir sobre una ciudad es una tarea terriblemente compleja, un oficio que exige un esfuerzo hercúleo, porque el lugar siempre irá un paso por delante y siempre se reservará alguna cita clave» (p. 66). Una de sus inquietudes, reflejada en varias páginas, reside en ese misterio que nos causa la sensación de haber conocido antes del viaje las ciudades que pisamos por primera vez, como si fuese un territorio vagamente familiar. Las respuestas están, siguiendo al autor, en que muchas ciudades son extensiones de otras, y que uno lee sobre un sitio que no conoce para prepararse y, cuando lo aborda, ya sabe algunos de sus secretos. «Reconocer una ciudad antes de pisarla. Regresar a ella porque la habíamos interiorizado en una lectura. Estas son dos de las incógnitas y dos de los estímulos que más me seducen cuando emprendo un viaje» (p. 103).

¿Qué lugares nos ofrece Álex Chico en Geografía escrita? En el índice figuran veinticinco o veintiséis lugares de análisis, búsqueda y reflexión. Son unos cuantos más porque unas menciones implican alusiones a otros territorios. Aquí cada lector puede dividir sus afectos, igual que sucede en todo libro sobre viajes.

Si el autor habla de un sitio que no conocemos, el texto le servirá de apertura por si algún día se adentra en ese entorno, como me sucede a mí con lugares en los que nunca he estado (Buenos Aires, Malta, Ítaca, Iowa…). Si el viajero escribe sobre un sitio en el que hemos pasado unos días o incluso hemos vivido, los textos de Álex le ayudarán a recordar y a advertir que los ha traducido perfectamente con su escritura minuciosa (en mi caso: Berlín, Granada, Londres o Praga, entre otras); quizá porque viví unos años en Salamanca, puede que el texto sobre esta ciudad sea el que más me ha conmovido. Me hizo regresar a rincones que creía olvidados, sepultados por los caprichos de la memoria.

El libro abunda en sentencias para enmarcar. Como esta: «Porque solo cuando pensamos en abandonar una ciudad empezamos a comprenderla» (p.54). O esta otra, que hemos elegido como título: «[…] toda escritura es una forma de regreso» (p. 106).