Rafael Gumucio
Los parientes pobres
Random House
248 páginas
POR MARTA ROJO CERVERA

Al principio, parecen un coro de tragedia griega, un personaje colectivo. Hay voces indistintas y ningún rasgo reconocible, y ninguna cara, y ningún nombre. El coro alerta, indignado, asustado, apremiante, de que el padre, nonagenario y senil, que ha olvidado quién es, que no reconoce a su familia, ahora duerme con su propia hermana. «Empezaron a andar de la mano por el jardín, se pusieron a comer juntos y se fueron a la misma pieza donde duermen ahora. El papá sinceramente no entiende por qué no podría hacerlo si la tía Ester es su novia».

Al principio, parecen un coro pero pronto comienzan a conversar. En la conversación, teatral pero sin marcas de personaje, deliberadamente confusa -porque así son los lazos familiares-, todos ellos se van delimitando. Surgen nombres, y el lector de Los parientes pobres, de Rafael Gumucio, entiende que las diferentes voces pertenecen a once hermanos, hijos del mismo padre, que ahora está interno en una residencia de personas mayores y ha tomado por novia a su propia hermana, tía de todos ellos. La conversación toma forma de chat grupal y, como tal, se descontrola: una hermana pide una solución conjunta, otra cuenta los detalles de la relación, otro se escandaliza por el incesto, otros tantos intercambian anécdotas sobre el carácter imprevisible del padre. Pero sobre todo, hablan, a veces entre ellos y a veces parece que a quien quiera escucharlos, sobre cómo el padre siempre fue una figura casi mitológica que flotaba por encima de sus hijos y de sus sucesivas esposas y, solo a veces, vertía sobre alguno de ellos la gracia de su atención.

Por eso son coro: porque la forma de Los parientes pobres tiene un sentido. Porque un padre que no mira a sus hijos los condena a hacerse indistinguibles, meras voces que se entrecruzan y que compiten, a veces, por hacer un comentario genial, por ser el que mejor define la figura paterna, por ser el que hace más sacrificios en pro de la causa. Que intentan, sobre todas las cosas, que alguien recuerde su nombre entre la multitud de voces. Y eso es precisamente lo que se esmeran en hacer los hermanos en esa conversación que es literatura en la forma y en el fondo. Pero, como dice uno de ellos, «todo es un simulacro». Por eso, en los capítulos corales, hay ironía —«esas cosas pasan hasta en las mejores familias, que no es nuestro caso»—, hay enredo —viejas historias de infidelidades y de amores obsesivos entre primos—, y hay personajes prototípicos e hiperbólicos, como el del hermano hippie que hace la promesa de caminar por toda América Latina para encontrar a su padre. No son personajes con sentido del humor, porque son el retrato de una clase media urbana que acaba de empezar a tomarse a sí misma demasiado en serio, pero generan humor con sus aires de importancia y sus acusaciones cruzadas. En tragedia o en comedia, el coro es coro.

Hay más voces y más herramientas narrativas. Está Emilia, la nieta, que con su voz en primera persona hace aterrizar el collage y la experimentación en una estructura de novela que, durante el resto de la narración, parece querer esconderse. De novela familiar, porque Emilia es narradora y testigo de las dinámicas del coro de hermanos que «no hacen más que eso, reencontrarse y pelearse, asustarse y abrazarse en Santiago, en Madrid o en Maitencillo». En la novela, la voz de Emilia es la única que descorre el velo del simulacro, que es consciente de las hipocresías y del aparataje y andamiaje del espectáculo. También la única que habla desde otra generación y desde sí misma y su visión del mundo, no desde una visión del padre-abuelo. Es la nieta, la joven con estudios nacida ya de padres con estudios, que piensa, o se intenta convencer de que «se puede nacer de una misma, sin padre ni madre a la que pedir disculpas la vida entera por haber roto su piel, abierto su diafragma, desplazado sus huesos, revertido como el bolsillo de un abrigo roto lo de adentro hacia afuera y lo de afuera adentro».

Emilia, y con ella la novela, pretende desmontar una visión determinista y asfixiante de la familia, de los lazos de sangre, de las profecías autocumplidas, pero es víctima de las contradicciones que han ido pasando de generación en generación. Sabe que su padre y sus tíos no hacen más que preguntarse «si podían irse o debían quedarse, porque querían hacer las dos cosas, irse y quedarse todo el tiempo», pero ella misma falla en sus planes de huida, se paraliza, se limita a estar donde le dicen queriendo marcharse. Cae en las dinámicas heredadas pero, a diferencia de lo que ocurre con el coro de hermanos, es capaz de ver con claridad.

Pero no todas las voces y los recursos que se utilizan en Los parientes pobres son igual de efectivos. De pronto, por ejemplo, dos de los hermanos que han conseguido sacar cabeza de entre la multitud coral y colocarse en primera línea para el lector mantienen por teléfono una conversación excesivamente reveladora. De pronto, también, irrumpen y casi interrumpen los ejercicios de un taller literario en el que otra de las hermanas cuenta episodios de la vida familiar y habla, como por compensar el exceso de presencia paterna, de su madre. Eso sí, como en una jerarquía, todas esas voces están al servicio de narrar al genio, al personaje, al padre.

«Usted tiene un olor que me resulta familiar»

El padre, una persona que ya no es, protagoniza la novela. Un artista en pose perpetua, en una búsqueda constante de la genialidad que aleje su vida de lo mediocre. Recuerda uno de los personajes que el padre solía sentarse junto al mar a juzgar su oleaje. «Una ola, después otra ola, y otra ola… Predecible el mar, no le veo la gracia», refunfuñaba. De repente, parecía gustarle una ola en concreto, pero después suspiraba: «Casi, casi, estaba preciosa, pero la cagó al final». Rafael Gumucio y su coro griego hacen un retrato de un hombre que «se creía pariente de todo tipo de gente, claro que nunca pobres o esclavos», que, para mostrarse como heredero de un buen linaje, escondía una foto de su tatarabuela, «de evidentes rasgos indígenas».

El padre nonagenario y senil vive su última gran historia de amor, incestuosa, crepuscular, casi cómica, una historia que empieza cuando reconoce en su hermana un olor que le resulta familiar. Una historia de amor, al fin y al cabo, profundamente humana, porque Gumucio, que es lector de Graham Greene y sabe que nada es tan blanco ni tan negro y que el final del affaire nunca es el final del relato, porque el affaire realmente da igual. «Bueno, es el “olor que me resulta familiar”, esa huevada le gana a cualquier cosa», reconoce uno de los hijos, que intuye que «uno debería perdonarles todo por eso, porque es más terrible estar solo. Más terrible que estar muerto, estar solo». Y en medio de ese convencimiento, dentro del coro, dentro de la familia, hay quien «lo único que pide es vivir en la realidad lo más real posible» y hay quien cierra los ojos a todo lo que no sea ese olor familiar.

A su vez, la figura del padre no explica Chile, pero explica un Chile. Los parientes pobres es una radiografía de una clase media que no sabe qué hacer con esa «chilenidad tan chilena», de ese país pasillo, como lo llamó Roberto Bolaño, y de su «voluntad de hundirse cuando puede volar». De los artistas que buscan, frustrados, la genialidad que les salve del tedio. De las familias que viven en chalets protegidos por vallas y cámaras de seguridad, «en un barrio de casas felices donde nadie es feliz». Del pariente díscolo que se fue a la selva a encontrarse a sí mismo. De los que aseguran vivir en contacto con la naturaleza y no necesitar ninguna comodidad. Del que experimentó con la delincuencia un poco, un poquito solamente, para buscar emociones fuertes. En palabras de Gumucio, «el papá artista, los primos internacionales, los primos raros, los primos libres, los hippies de la familia. Los parientes pobres que, en el fondo, son más ricos, o más bien, más sofisticados».

De fondo, claro, Santiago, esa «ciudad sin casi monumentos ni museos» y que aparece también como una ciudad sin sentido del humor, un lugar de seriedad adulta y autocensura. Poco queda, en ese urbanismo de universidades y urbanizaciones, del Santiago de «vibrantes colores chorreando los muros de grafitis violentos, consignas libertarias, movilizaciones sindicales y marchas estudiantiles» del que fue testigo la Loca del Frente que describió Pedro Lemebel. Ahora, dice en Los parientes pobres Emilia, en su Santiago de Chile solo hay «gente viviendo su vida como la vivimos nosotros, traicionando, matándose, pero luego cumpleaños, graduaciones, días feriados». Y, en esa tragicomedia, todo es coro y todo es simulacro.