
Alan Pauls
Trance
Ampersand
132 páginas
Un trance es un estado alterado de la conciencia en el que se suspenden o exaltan las facultades anímicas. Se caracteriza por una atención focalizada y una profunda desconexión del entorno. Trance es, también, la definición de lectura para el escritor argentino Alan Pauls en el ensayo publicado por la editorial Ampersand en su inmejorable colección Lector&s.
Trance es el glosario de las obsesiones de un lector total; el último lector. Las palabras o disparadores que dan pie a estos breves textos ensayísticos sobre la lectura y su tensa relación con la vida, escritos por uno de los lectores más lúcidos de la actualidad, hijo putativo de otros grandes de las letras nacionales como Ludmer, Fogwill y Piglia, formado y leído por ellos, se convierten en un espacio en el que articular las reflexiones que surgen de la inexplicable e imperiosa necesidad de leer.
Estos ensayos, que parten de palabras tan aleatorias como «pudor», «postura», «misterio» y «subrayar», están escritos en tercera persona. Pauls elige la tercera persona para narrar su historia de amor con los libros. Pareciera que necesita desdoblarse, verse desde fuera, como si el fulgor de la lectura fuese demasiado cegador, demasiado y punto. Hay una necesidad de recapitular desde el presente el pasado lector que va a contarse.
¿Pero dónde ubica Pauls el inicio de su historia como lector? Quizá en el aprendizaje del concepto de «hiato» durante una clase en la escuela: «esa cursilería de primer año de secundaria es la palabra mágica de su historia de lector», escribe dislocado. Junto con la palabra «sinalefa», son estos primeros términos técnicos provenientes de la métrica los que le dan estructura al desarrollo de una obsesión temprana por la palabra. «Hiato», palabra embrujo, es el agujero de gusano por el cual un joven lector parece deslizarse hacia las unidades más ínfimas de la palabra.
O quizá su escena fundacional de lectura le fue robada. Es imperdible el capítulo en el que nos anoticiamos de que uno de los mejores escritores de la literatura argentina toma prestada la escena primaria de lectura del joven Pauls para adjudicársela a sus propios diarios, ¿o acaso fue al revés? Qué más da, parece concluir el autor de estos ensayos, si al final todos somos parte de esta «vasta familia de singulares», el lector «pre-lógico, pre-sintáctico», del que habla Emilio Renzi en sus diarios, ese que agarra los libros de las bibliotecas incluso antes de poder leerlos.
Leer es también subrayar, y en esa acción «la frontera entre leer y escribir es extremadamente delgada». El lector consagrado escribe, traduce y reinterpreta, dialoga profundamente con un texto que lo interpela y lo hace suyo. «Leemos el libro tanto como el libro nos lee a nosotros». La relación entre el lector y su lectura se vuelve absolutamente mimética.
Si de mímesis se trata, para Pauls, como para muchos otros escritores confesos, el traductor, «gente rara, si la hay» es el lector ideal, el más cercano a la perfección en la lectura. Lo preceden Yves Bonnefoy con «son muy pocos los lectores que se acercan a una obra como lo hace el traductor» y Lydia Davis, «cuando traducimos, a diferencia de cuando leemos de forma pasiva, no podemos simplemente saltarnos las cosas del texto original que no entendemos» y Walter Benjamin, «el redimir en la lengua propia ese lenguaje puro que se encuentra como cautivo en la lengua extraña, liberar el lenguaje preso en la obra misma al reescribirla, es la tarea para el traductor». El traductor como el lector más obsesivo que existe, aquel que se sumerge en unas profundidades imposibles y, sin embargo, nada en ellas muy cómodamente. Para Pauls, los escritores que traducen son los únicos que se «animan a lo que suena imposible: escribir una lectura».
Pauls desdobla la tarea de leer y la piensa como una forma de escapismo en la cual «lectura y vida se excluyen»: mientras se lee, la vida queda interrumpida. Pero también la piensa como una función vital en la cual «lectura y vida se complementan»; para algunas personas, no es posible vivir sin leer. Escribe Pauls: «Se lee para vivir tanto como para evitar vivir; se lee para saber qué es vivir y cómo vivir; se lee para escapar de la vida e imaginar una vida posible».
Cualquier lector coincidirá en que la lectura es una interrupción de la vida y la vida, una constante interrupción de la lectura.
Pareciera que en los tiempos que corren, este tipo de experiencia lectora es incompatible con la cotidianidad, pues tamaña fijación todo lo abarca y se requiere de una predisposición absoluta a la tarea, una predisposición que no puede verse odiosamente interrumpida por cientos de estímulos externos. O tal como señaló Martín Kohan en el discurso inaugural de la Feria del Libro de Buenos Aires hace un par de años: «El mundo siempre ha sido lo que esencialmente es: una especie de conspiración general, y apenas solapada, destinada a no dejarnos leer». «El mundo como tal ya estaba configurado así: como una máquina de interrumpir. Pero probablemente nunca ha sido tan difícil como ahora».
Trance nos recuerda que la obsesión lectora aún es posible. Pauls imagina un lector que lee hasta enfermarse, con la espalda curva, sin levantar la vista del papel, a cualquier hora del día, casi ciego de leer incluso en condiciones infraluminosas; un don especial que se adquiere con la práctica de la lectura férrea. «¿Y si la relación de la lectura con la vida no fuera de oposición, ni de exclusión, ni de enseñanza, ni de complementariedad, sino –como sabe cualquiera que, con las pestañas ardiendo, se niega a apartar los ojos del libro que se las quema– pura y simplemente de histeria?».
Un lector histérico fantasea con pasar un tiempo en la cárcel porque, «¿sabés todo lo que voy a leer y escribir en la cárcel?», cuenta Pauls que le confesó una noche un Fogwill perseguido por la policía en algún rincón de la década de los ochenta. Pauls se pregunta, «¿cómo es que una sofisticada invención de la cultura humana cobra estatuto de apremio orgánico y llega a infiltrarse en el elenco indigno pero impostergable de las llamadas funciones básicas?».
Trance es un breve muestrario de la lectura obsesiva e histérica que nos invita a entregarnos a ese flujo sin culpa para trascender el mal de esta época. Es un texto que nos recuerda que, para muchos, leer sigue siendo, y siempre será, a la vez un lugar de refugio y un lugar para la expansión de nuestro conocimiento del mundo. Un libro muy subrayable sobre la necesidad de silencio y soledad del lector, dos cosas que parecieran ir a contramano de este siglo, pero que es fundamental, de vital importancia, que recuperemos.
En este momento hostil de la humanidad que parece estar pidiéndonos a gritos que pensemos, que pensemos mejor, Trance es una invitación a considerar la lectura como el espacio idóneo en el que descansar del afuera y, a su vez, pensarlo mejor: una escisión del mundo para entender el mundo. En esta doble función de la tarea yace su fascinante disyuntiva.
Por último, y para montar por un rato la ola que envuelve el panorama literario español actual, bien podríamos afirmar, sobre todo tras la lectura de este libro en apariencia sencillo sobre una historia de amor con la lectura, que existe un tipo de lector que no busca la «democratización de la literatura», de la que huye despavorido el crítico Jorge Burón. Simplemente porque para este tipo de lector el goce literario no pasa por el entretenimiento, el entendimiento o la letra fácil de digerir. El goce literario para este tipo de lector está en la pirueta estilística, en el trabajo minucioso de quien escribe no con la intención de ser comprendido del todo, sino con la palpitante incerteza que lo empuja a hacer de las palabras algo bello, incluso cuando estas nominan las más terribles atrocidades. El arte minúsculo de la gramática, de la sintaxis, de los recursos literarios sacados de una galera de la que salen conjuntos de palabras perfectas que tienen la insólita capacidad de recrear en nuestra mente una imagen, una escena, un mundo; una pequeña fracción del universo. O que supone, al menos, un intento por comprender y compartir –ya sea de manera consciente o inconsciente– un pedazo de humanidad.
Alan Pauls es parte de ese grupo de escritores que parecieran pertenecer a una época que nunca les correspondió, a una era en la que la calidad de la prosa primaba por sobre todas las cuestiones cuantificables, escritores capaces de escribir libros que nos dejan algo más que un mero relato, que nos enseñan nuevas formas de pensar, incluso, nuestros propios intereses. Libros que luego atesoramos en algún rincón de la mente y la biblioteca, quizá de cara y no de lomo, porque nos hacen sentir un poco menos solos en el mundo. Pero lo que es más importante, nos enseñan a pensar mejor y distinto, a filosofar y a contradecirnos, en un momento en el que todo afuera tiende a una tristísima simpleza y homogeneidad.
Trance es un libro escrito por un lector para otros lectores.
Entonces; una verdadera lectura necesita de una atención focalizada y una profunda desconexión del entorno. Hoy más que nunca esa consagración a la tarea se convierte en una forma muy necesaria de reflexión sobre el uso de nuestro tiempo, la soledad y el silencio necesarios para la expansión de los pensamientos, el lugar que tiene la literatura en el mercado editorial y, también, por qué no, en una firme decisión política. Leer, pensar, no distraerse.