Olalla Castro
Mañana
Lumen
208 páginas
POR MEY ZAMORA

Esta es una obra lírica, donde las palabras y las frases componen una bella sintonía. La escritura, repleta de poesía, nos habla mientras intenta no hacerlo de un dolor inmenso. La prosa de Olalla Castro (Granada, 1979), que se inaugura en la novela con esta entrega, no quiere desprenderse de la práctica poética que tanto ha cultivado. Algunos de sus poemas han sido traducidos a distintas lenguas y están agrupados en volúmenes premiados como La vida en los ramajes, Los sonidos del barro, Todas las veces que el mundo se acabó o Las Escritas.

Esa experiencia hace que el peso de este volumen se incline hacia la parte formal, cuya presencia se impone a cualquier otro elemento de la obra. Mañana tiene como protagonistas a dos mujeres, que se expresan en primera persona, tomando la palabra de forma sucesiva hasta que en el tercer y último capítulo sus voces colindan y se aproximan tímidamente –por la limitación de no entender la lengua ajena-.

Empieza exponiendo Virginia, una profesora universitaria en Barcelona que hace tres años perdió a su hija Moira y que se ha instalado en China para dejar de nombrar y de ver el mundo que habitó con ella, para huir de un dolor paralizante. Después será la oriental Sùyin quien hablará, a veces en susurros, desde los arrozales de Yuanyang donde trabaja y donde ambas mujeres coincidirán. Casada con un hombre que la maltrata y desprecia con saña, Quiáng Cháo, encuentra la paz practicando la caligrafía china denominada «estilo de hierba», por sus formas alargadas e inclinadas, como mecidas por el viento.

Virginia y Sùyin son víctimas de un pesar –la tristeza, el miedo- que inmoviliza sus existencias. Coinciden en el silencioso y entregado trabajo en los bancales. Entablarán una relación amorosa que dará nuevo aire a sus vidas y les ofrecerá otros horizontes de futuro, ese mañana que reza en el título. El dolor de Virginia no tiene nombre, no hay vocablo que contenga el vacío por la pérdida de un hijo. Muchos autores han dejado constancia de ello en testimonios conmovedores: Francisco Umbral, Isabel Allende, Piedad Bonnett, Sergio del Molino o Daniel Vásquez Sallés, entre otros.

La narradora juega al doble vínculo con el lenguaje. Por una parte «confío en que, al esfumarse los nombres “Moira”, “hija”, “enfermedad”, se extinga también este dolor», pero por otra, escribe una especie de diario como bálsamo y escape («Pretendo que la cura y el veneno ocupen el mismo lugar»). Virginia trabaja con las palabras y hace referencia a otras autoras que refuerzan lo que quiere expresar, como Virginia Woolf o Anne Carson. Hay también presencias en el texto como la de Benjamin o Plath. Su capítulo deviene una introspección de prosa poética, en ocasiones casi una letanía, donde resalta el manejo retórico y estilístico.

La vida de Sùyin está rodeada de silencio, en el trabajo y en casa, sometida a un marido que no escogió y con quien no intima. Los vocablos y su grafía le dan alas, remiten a sus tiempos de estudiante aplicada y a un futuro más amplio. Cuando ella toma la palabra el libro, sin dejar de ser intimista, adquiere un tono más narrativo. Sabemos de sus padres, de su infancia, de su matrimonio –impactantes son las escenas de maltrato donde en pocas líneas se desborda la violencia-, de sus ocupaciones, del contexto político (la revolución de Mao, la política del hijo único)…

Transmite una ambientación oriental donde destaca el cuidado y el detalle. Lo reflejan las descripciones de las tallas de madera del padre carpintero, los bordados ornamentales de la madre, la invención del primer alfabeto por Cangjié o los platos cocinados con sus amigas, cuyos perfiles psicológicos están bien logrados.

Las dos vidas que componen este relato tienen entidad por sí mismas y podrían haber tenido su propio desarrollo. El encuentro entre Virginia y Sùyin resulta un tanto desconcertante aunque da pie a una nueva línea: la relación y el deseo entre mujeres. La sororidad impregna el relato y aporta luz en momentos oscuros.

Olalla Castro, que ha sido cantante y letrista de proyectos musicales, es una virtuosa de las palabras. Esta novela, a la que le habría ido bien reforzar la trama –lo consigue en sus poemas-, destaca por la atmósfera, por la exploración y trabajo con el lenguaje –la literatura y la vida; los significados del vocabulario y su impacto-. La granadina lo comprime y distiende, hace que aparezca y desaparezca del plano, una especie de juego de espejos muy estético.