Santiago Loza
Diario inconsciente
Editorial Bosque energético
92 páginas
POR FLORENCIA DEL CAMPO

«Si puedo escribir es porque se vuelve materia de ficción» dice Santiago Loza en la primera página de su Diario inconsciente. Y es la primera maravilla. Que un diario, que sería un género del yo al desnudo, la vida real, declare la ficción en su tercera línea es la mejor manera de hacer el diario. No porque lo que vaya a contar en las páginas que siguen no sean entradas personales de «una de las experiencias más particulares» (segunda línea) que Loza transitó, sino porque nos devuelve al escritor que es, ese que habla y escribe sobre la escritura. Nos arroja al artefacto literario. La literatura está siempre (o debería estar) por delante de los hechos. Como si le dijera a la vida: cuando tú fuiste, yo ya fui y vine.

«Describir lo que no se puede nombrar» dice pocas páginas después de esta primera del diario. Y por supuesto, este es un gran diario porque no puede ser. ¿Cómo puede ser que este diario cuente el silencio incluso desde la forma, desde la maquetación y el armado, dejando una página en blanco en medio de todas las demás? Porque al diario lo atraviesa un silencio, que no es solo eso que quiso decirle a su amigo el día que necesitó ayuda, lo llamó, el amigo le preguntó qué, y él no supo responder; es también el ruido: el silencio ensordecedor, un aturdimiento.

«Dejé ese espacio en blanco para llenar algún día» dice la página que le sigue a la página en blanco. Un diario que altera el tiempo, la linealidad de la escritura, la lógica cronológica. Que habilita volver páginas atrás para completar una en un futuro. Que hay futuro. En un diario que habla de una internación psiquiátrica. Hay futuro. Y la entereza de transitar una página en blanco, un silencio, un límite, algo que no se puede. No puede ser.

En el sitio donde está internado hay una pileta (esto lo cuenta en la página que sigue a la que dice que deja el espacio en blanco para) y en la pileta hay «nadadores solitarios». Observa a uno en concreto: «Nadaba ordenado. Yo nadaba dando manotazos al agua, todavía no había aprendido a nadar de manera decente». Cómo no pensar en otro libro de Santiago Loza, Nadadores lentos, donde allí, como si uno y otro se unieran, Loza dice: «Voy a probar escribir poemas muy cortos, como esquelas, después palabras y luego letras y al final nada, el blanco. Ese espacio que queda cuando no hay escritura, un paréntesis vacío, un hueco sin llenar […]». Y luego despliega el juego que da título: «[…] nadar es como escribir […]. Escribo lento. […]. Nadadores lentos, nadar porque sí, escribir porque sí, a falta de motivos, es mejor nadar o escribir, es mejor entregarse a ese vacío».

Queda entonces hecha la analogía entre escribir y nadar. El puente está tendido. Con la mención de los «nadadores solitarios» como trampolín se salta a los Nadadores lentos (todos los que escribimos sabemos que escribir es una actividad solitaria y lenta…). Pero en este segundo libro, al que me tiro de cabeza, también encuentro la frase-trampolín que me devuelve al diario que quiero reseñar: «La escritura se impone con su misterio, como una enfermedad, como la locura […]».

Mover las manos y los brazos para esas actividades. Salir a flote, no ahogarse. Habitar la escritura de la enfermedad y la escritura de la escritura. Lo mismo. «No poder escribir es más poderoso que hacerlo». ¿Cómo puede ser? No puede.

Casi como si hablara Pavese, resta decir que nadar cansa, que escribir cansa. Que Loza desea: «Escribir lo que no se puede decir, el deseo y la fatiga». No se puede. Pero la locura también cansa, dice el autor del diario: «La locura es algo a lo que uno se entrega por completo. Es un estado que se abraza como una pasión. […]. Pasaron veinticinco años y todavía estoy cansado». Cámbiese la palabra «locura» por «escritura» en esa cita.

Por eso la ficción, y todo su trabajo: cine, teatro, literatura. Dirigió y escribió muchas películas y obras teatrales; es autor, además de los dos libros ya mencionados, de Un espíritu modesto o La primera casa, entre otros. Un artista total que crea ficciones. Como si Loza le dijera al cansancio, o al deseo, ya no sé (y no puede ser): Cuando tú viniste, yo también vine.