
Clara Obligado
Un árbol de compañía
Páginas de Espuma
144 páginas
Sumergirse en Un árbol de compañía, de Clara Obligado y Raúl de Tapia, supone adentrarse en una biblioteca arbórea, hecha de raíces, troncos, ramaje, espesura y semillas, literal o metafóricamente.
A partir de un mosaico que intenta conjugar etimologías y conocimiento científico, se enlazan vivencias y recuerdos (en todas sus acepciones: aromas, colores, voces y sonidos, la naturaleza manifiesta en la memoria) con lecturas, citas poéticas, referencias botánicas o históricas, así como bellas ilustraciones, y asistimos casi simultáneamente a la creación de un libro a cuatro manos y a la cimentación de una amistad de dos personas aparentemente ajenas por edad, por origen, por ocupación o estudios. Y que, sin embargo, afirman «lo que compartimos es que a los dos nos gusta irnos por las ramas».
En la sencillez de esta metáfora coloquial se esconde un universo de resonancias vitales, profesionales, creativas… En el caso del biólogo, poeta y divulgador Raúl de Tapia señala una búsqueda permanente en su estudio de los árboles, en la creación de bosques, en su labor ecológica y de recuperación medioambiental como del cuidado de la madre tierra, en el diálogo científico y en la experiencia cotidiana de relación con el universo vegetal. En el de Clara Obligado, narradora, ensayista y maestra de escritores, tiene que ver con el desenvolvimiento de la imaginación que lleva a la escritura, ficcional y ensayística, también vinculada a la migración –que es parte de su identidad–, que aleja las ramas crecederas de las raíces primigenias y, no obstante, siguen alimentando a quien cambia de territorio, de lengua, de un paisaje bajo el cielo.
En la niñez de ambos encontramos la presencia del árbol: «Los árboles se acrecientan en la memoria. Cuanto más infantil es el recuerdo, más soberbia es la imagen». El árbol respondía a la idea de un refugio en el que aislarse, en el que protegerse de las circunstancias negativas, como una «habitación propia» en el caso de Obligado, donde encaramarse a leer y a fantasear; también como revelación del poder que se ejerce contra los pequeños seres vivos, sea un pájaro carpintero, tapiado en su nido, escena de violencia de la que fue testigo Raúl de Tapia; sea un chopo descomunal, condenado por beber «toda el agua del huerto» al que contempla «herido por la motosierra, las ramas suplicando al cielo». Esa violencia primigenia, su quebrantamiento de una armonía natural, genera un dolor que lleva a una sublevación interior y deja en su espíritu infantil una marca a fuego que conformará toda una filosofía de vida que permanece en su defensa de los otros seres vivos, en su lucha por conservar la flora y la fauna.
Ya en la cubierta del libro se nos revela la idea de que el árbol es como un reloj de arena, pensamiento que guio a Raúl de Tapia en una intervención deliciosa realizada en el Instituto Cervantes de Madrid, acompañando a Clara Obligado en la presentación de su libro de cuentos Tres maneras de decir adiós, publicado en 2024: «Los árboles son relojes de arena. Todo lo que está arriba está abajo, todo lo que está abajo está arriba. Las hojas caídas alimentan la raíz, la raíz alimenta el árbol».
Un árbol de compañía —libro al tiempo armónicamente, poético, científico, filosófico, ecosocial, meridianamente preocupado por el porvenir del planeta, por el «arboricidio» manifiesto que pone en peligro la supervivencia de todos— nos ofrece una manera poliédrica de observar el árbol, de profundizar en su existencia inmemorial, conocerlo y garantizar su porvenir.
El motivo de la fronda contemplada, acariciada, escuchada y transformada en objeto de estudio, el árbol que arropa e impulsa, da pie a sentir su presencia como metáfora aplicable a distintos ámbitos de la vida y del saber. Clara Obligado y Raúl de Tapia abordan a partir de él la infancia y sus descubrimientos y potencialidades, los desentendimientos familiares, los afectos a lo largo de la vida, la búsqueda de una profesión o de una pasión, el destierro, la construcción de una casa. A través del sendero que nos proponen, en su mayor parte etimológico («arraigar», «injertar», etc.), podemos observar que la vida y los afectos siguen las directrices verdes de los árboles, se enraízan como ellos, se afianzan, crecen, pero también pueden ser trasplantados como en las experiencias migrantes, heridos por las borrascas de la historia, y echar sus raíces y sus semillas en otra tierra, fructificar y postular ese mestizaje que hace mejores a los pueblos y a los bosques.