
Borja Navarro
Perros de caza
Malas Tierras
152 páginas
Es la estructura en Perros de caza lo que permite al autor abrir un sendero en el desierto entre dos tormentas de polvo, pero dos tormentas de distinta índole: el relato mítico que resuena desde los orígenes de la especie (en este caso, la reconstrucción fabular demoníaca de un exorcismo y asesinato real de la niña de 11 años, Rosita Fernández, que se produjo en Almansa en el 1990); por otro lado, el caos presente del árido mundo disuelto en ácido digital (una treintañera vuelve a Almansa, a casa de sus padres, tras haber probado suerte y haber perdido en la gran ciudad, y pierde el tiempo chateando con desconocidos en el Habbo casi postapocalíptico de 2024).
Entre esos dos universos de confusión, la confusión del mito terrible que nos persigue y la confusión del presente tan fragmentado, Navarro encuentra el camino en que los ecos de uno resuenan en el otro, dando forma al sinsentido de este nuestro mundo quebrado, y dando un lenguaje propio a su generación para narrarse su propia herida en una novela generacional.
Walter Benjamin comienza su ensayo «El narrador» (1936) diciendo que hemos perdido la capacidad de narrar. Podría imaginarse que es una reacción contra la novela de vanguardia de su época, una reclamación nostálgica de las viejas novelas realistas o de aventuras. En cambio, Benjamin propone la novela misma, y ya la primera, el Quijote, como el comienzo claro de nuestra cada vez mayor incapacidad para narrar, para transmitir experiencias y con ellas dar consejo. Y la culpa, claro, es de la imprenta y la reproductividad técnica del libro, que nace ya escrito, en contra de la vieja narración de transmisión oral, que solo eventualmente se fija tras una larga acumulación de sedimentos que lo matizan en cada ocasión que se narró.
La narración es mítica y compartida, mientras que la novela es psicológica y privada. La novela está en las palabras escritas, y cada palabra debería ser insustituible (como quería su maestro Flaubert), esas y no otras son las que justificarán o no su calidad. No es reproducible (más que técnicamente), no reside en ningún relato, ninguna forma narrada oralmente puede acercarse a ella. Todo lo contrario de la idea de narración, cuento popular contado alrededor de un fuego, en comunidad, cada vez con unas palabras pero siempre con un mismo sentido, el sentido eterno humano compartido, el mito cerrado en una forma que podría ayudarnos, no a dominarnos, sino a comprendernos. Esa es la capacidad que para Benjamin hemos perdido, y por eso dirá: «Los soldados volvieron de la Gran Guerra, no más ricos, sino resueltamente más pobres en experiencias comunicables.
Para resolver el problema de la voz capaz de narrar, la prosa capaz de representar el viejo mito, la herida del pueblo, y a la vez comunicar la tragedia contemporánea, el grito sordo actual de la protagonista, Navarro encuentra la solución en Faulkner. No tanto en la cosa temática de la violencia rural, sino más bien en la violencia de la prosa, en sus ecos atávicos y formas míticas, que Faulkner supo traer a la novela desatando su narración libre y asilvestrada, ya como fantasma, pero un fantasma capaz de avanzar por el territorio y señalar su dolor, en una lengua también dolorida.
Perros de caza narra el presente con la confusión de la paranoia algorítmica, multipantalla, del salto hipervincular, desquiciado y fragmentado. Por otro lado, el viejo crimen se figura en las formas, los epítetos, la violencia y los arquetipos, que nos interpelan y entre los que nos vamos metamorfoseando. Navarro trae a este post-presente que no sabemos explicar la vieja voz de la épica, que canta el destino ya escrito, la tragedia inevitable pero compartida, la experiencia quizá incomprensible pero comunicable, proponiendo, en contra de la novela psicológica: la novela mítica.
Ahí está claramente el Faulkner de ¡Absalón, Absalón!, podríamos hablar de Cormac McCarthy. Pero también en nuestra tradición el Ferlosio del Testimonio de Yarfoz o el Benet de Saul ante Samuel. Incluso Cela, claro, el Cela que nadie ha leído, el de Mazurca para dos muertos o Cristo vs. Arizona.
Dentro del territorio actual, esta novela se sitúa muy marcadamente en la tradición prosódica violenta y veloz de Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, y en el imaginario español rural deprimido ansiolítico posindustrial de Facendera, de Óscar García Sierra. Dos novelas fundacionales para nuestra generación. Dos vías fuertes a un lado y otro del idioma que el autor es capaz de ligar en su propuesta.
Borja Navarro en esta novela ha sabido escuchar ese grito, ha sabido atender ese lamento callado, la herida del presente que suena desde el origen de los tiempos, la herida en que nacemos y vivimos y moriremos. No explicarla, sino tan solo comunicarla, aunque sea como fantasma, aunque sean sus ecos. Ha sabido caminar entre esas dos tormentas de polvo, de diversa índole. Encontrar un sendero en el desierto, entre la narración y la novela.