
Sara Gallardo
Pantalones azules
Fiordo
136 páginas
El día en que Alejandro conoce a Irma es un día cualquiera. Pero es un día en el que Elisa, su novia, está lejos. Ha ido a pasar la Navidad con la familia, a algún otro lugar. Él ha vuelto a la isla, y no está preparado para que nada le pase. Es decir, creía que teniendo una novia, todo estaba ya listo. Que no tenía que preocuparse por nada más. Pero ¿de dónde ha salido Irma? ¿Y por qué es tan distinta? La primera vez que la ve le parece que es pintora. Estudia Bellas Artes, dice. Entonces, ¿por qué lleva esos pantalones azules tan horribles? «Es raro que siendo pintora te hayas comprado esos pantalones», le dice. A ella no le parecen horribles. Tampoco le parece que sea pintora. Aún no sabe lo que es. Acaban de coincidir en un tren. Todo parece, a la vez, como en cualquier novela de Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931-1988), profundísimamente trascendental, e inesperadamente despreocupado. Tiene algo, la literatura de Gallardo —ya saben, escritora indomable, inadvertida cima de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del pasado siglo y de la literatura gauchesca desde el principio de los tiempos y, en algún sentido, aún no superada: hagánse con un ejemplar de Los galgos, los galgos si creen que exagero, la historia de Julián y Lisa trasciende cualquier tipo de arquetipo, crea algo que no había existido antes y que tampoco existirá después—, de magnéticamente cotidiano. Tiene algo, también, de la urgencia del dibujo, entendido este como el esbozo, eso que se está viendo y que se teme perder si se mira durante demasiado tiempo. Habla, no únicamente aquí, de vidas por hacer —aunque también y sobre todo, porque la historia que guía la narración es la historia de Alejandro, cuya vida está empezando o, se diría, está empezando a complicarse, cree que va a casarse, pero quién sabe—, sino también de vidas hechas que podrían haber sido otra cosa. Estoy pensando en el padre de Elisa, el historiador que quería ser escritor —¡un escritor de cuentos!— y que escribe un ensayo sobre Magallanes mientras se pregunta por qué su casa está llena de desconocidas —todas sus hijas—.
Publicada en 1963, cinco años después de su primera novela, Enero —también sabiamente recuperada por Fiordo: no pierdan de vista este sello, todo lo que publica tiene algo de acontecimiento, todo es una especie de un acto de justicia, hasta cuando se fija en lo contemporáneo, está encontrando tesoros—, Pantalones azules circuló modestamente —o apenas lo hizo— en su momento que, no olvidemos, fue el momento de Rayuela, de Julio Cortázar, y de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa (sí, las dos se publicaron en 1963), y su aparente sencillez —casi un encantador y doloroso tipo de timidez literaria, una inocencia rota, o a punto de romperse, y, a la vez, invencible— ha impedido que se la considere una pieza clave de tan significativo momento, pero Gallardo habla de un desclasamiento, y una pérdida de aquello que se tenía por uno mismo, en realidad, algo que está creciendo, y que a veces, como los trenes —tan importantes en esta novela, pues todo lo que abre algún tipo de puerta hacia otra parte sucede en ellos—, pasa de largo, y a veces, simplemente, no llega, se pierde, te deja, que nada tiene que envidiarles a tan titánicos clásicos instantáneos. Alejandro e Irma, y también Elisa, anticipan, de alguna forma, a Julián y Lisa, la pareja protagonista de Los galgos, los galgos, y su historia es también una introducción a aquella —aquí el amor está naciendo, o cree estar haciéndolo, allí está asentándose, o tratando de hacerlo—, aunque el mundo que retrata no ha dejado aún la ciudad. Lo hace a ratos. A Irma le ciudad no le gusta. Le parece gris. «Naturalmente esperabas palmeras y monos», le dice Alejandro, irónicamente, y ella contesta: «No sé. Algo de eso, casas más chicas, no sé…». Fíjense en cómo habla Irma. Gallardo tenía un don para la captura de la escena en la página —todo suena a algo que podríamos estar viendo, o habitando, a algo que podríamos haber vivido— poderosísimo. Su literatura es extrañamente radical en ese sentido, de tan pura. Los personajes son a la vez frágiles, y duros, durísimos —como Irma, inmigrante de madre judía, que perdió a sus padres durante la Segunda Guerra Mundial—, y están tratando de encontrarse, o descubrirse, y quizá por eso, aunque parezca pequeña, no lo es, no puede serlo. En todo lo que escribió Sara Gallardo hay un pedazo de un mundo que desea, sobre todo, ser algo distinto, y esa, déjenme citar a Albert Camus, es la única batalla que vale la pena librar.