Gonzalo Maier
Hong
Eterna Cadencia
84 páginas
POR VIRGINIA COSIN

Empecemos por decir que los epígrafes que elige el escritor chileno Gonzalo Maier para sus libros dan cuenta de una destreza comparable a la de un lanzador de cuchillos que nunca falla, un arquero zen que da en el blanco sin pensar en acertar, un karateka que sabe dónde y con cuánta fuerza asestar el golpe en la tabla de madera para que esta se parta al medio.

En El libro de los bolsillos: “Una vez empecé a escribir un libro de poemas que trataba solamente de las cosas que encontré en mi bolsillo. Pero iba a ser demasiado largo y los poemas épicos están pasados de moda” (G. K. Chesterton).

En Leer y dormir: “Por lo menos un poco y por un ratito” (Luis Camnitzer).

En Material rodante: “La aventura es señal de incompetencia” (Roald Amundsen).

En Mal de altura: “El dinero es como el estiércol, sirve de muy poco si no se lo esparce” (Francis Bacon).

Y este, acaso el más enigmático, en Hong, que acaba de publicar: “A los 4 años yo era Molly Bloom, como les pasa, ciertamente, a muchos niños” (Adília Lopes).

Hong es Hong Sang-soo, director de cine coreano que, con los años, se ha vuelto —pido perdón por el mote odioso— de culto. Lo interesante, para Maier y para todo aquel que comulgue con el espíritu leve y despreocupado de su último libro, es que ser considerado un director de culto a Hong Sang-soo parece tenerlo sin cuidado, en tanto continúa produciendo sus películas de la misma forma, con bajísimo presupuesto, sin subsidios estatales, con equipos mínimos, alrededor de más o menos los mismos asuntos siempre. Maier se ocupa de hacer una clasificación de estos asuntos sin mucha rigurosidad, pero no porque no sea capaz, sino porque no hace falta. Porque aunque en Hong estamos en presencia de algo que podríamos ubicar dentro del género ensayístico, no se trata, sin embargo, de un ensayo académico al que se le podría reclamar rigurosidad científica, sino de un texto narrativo que se parece más a un experimento o, inclusive, a un juego en el que el objeto de la investigación sirve para producir deslices y desplazamientos, de modo que el texto más que avanzar procede de forma germinativa, por empujes, lecturas y asociaciones.

Habría que destacar que este libro es y no es sobre el director coreano. Es y no es sobre el propio Maier. Se construye, en todo caso, a partir del movimiento pendular que va de un lado a otro y todo lo que en su vaivén va recogiendo.

Maier es, en Hong, un profesor universitario que en sus primeros años de juventud quiere dedicarse a leer y luego, eventualmente, a escribir literatura. Alguien que se enfrenta, tempranamente, a una tensión en apariencia irresoluble: de dónde sacar el dinero para dedicarse a una actividad que el mundo de hoy, resultadista, dominado por las redes sociales y la inteligencia artificial, considera inútil e improductiva. La triste verdad cae como una guillotina, en forma de sentencia, de la boca de un amigo que, una noche, en Barcelona, “con los ojos brillantes de tanta cerveza”, le dice: “Queríamos ser vanguardistas y nos convertimos en académicos”.

Es en plena pandemia que, encerrado en la oficina de la universidad en la que imparte sus clases e investiga, el narrador empieza a ver, una detrás de otra, las películas del director coreano y descubre, en su forma de trabajo, una manera posible de aflojar el nudo que lo comprime.

Esto puede sonar a máxima de galletas de la fortuna, de esas que regalan como souvenir en algunos restaurantes chinos, pero no deja de ser cierto: a veces una enorme desgracia puede traer aparejado un pequeño satori. En ese tiempo suspendido y de aislamiento en el que el mundo entero estuvo confinado, Maier, incapacitado de ponerse a trabajar, pasa los días, que se le confunden “como hermanos gemelos”, mirando la cordillera a través de la ventana de su oficina y espiando mundos posibles a través de esa otra ventana infinita que es la pantalla de su computadora. Entonces, gracias a la deidad del algoritmo, se cruza en YouTube con una entrevista a Hong Sang-soo, que con calma y paciencia pedagógica explica su sistema de producción y dice: “Desde el principio supe que no podría hacer una película que me mantuviera económicamente. Necesitaba un segundo trabajo. Para mí era bastante fácil e ideal tener un puesto de profesor en la universidad”.

Cuando Maier hace esa suerte de desglose de los elementos que componen el cine de Hong Sang-soo y los compila, resulta que caben en poco menos de una página. Los mismos asuntos, las mismas imágenes, los mismos personajes, las mismas tomas, los mismos procedimientos narrativos retornan una y otra vez: “Vitrinas y frontis de tiendas, citófonos, timbres, cigarros, directores de cine, escritores, pintores, zooms brutos y forzados, celos, dueños de bares, malas explicaciones, camas a medio hacer, borrachos”. Y aunque sea un lugar común de la crítica decir que siempre está haciendo la misma película, lo que plantea el autor de Hong, sin embargo, es que lo revolucionario del director —y a pesar de que no hay en su cine posición ideológica, ni discurso político alguno— tiene que ver, precisamente, con su previsibilidad. Lo revolucionario, lo innovador, es el desdén o, en todo caso, el desinterés ante la idea de originalidad o, por caso, de novedad.

Maier cita a otros artistas, además de Hong, que le interesan y que, como diría Roland Barthes —otro profesor universitario que trafica su singularidad desde los claustros de la academia— producen obras “residuo”. Pintores que, antes que un cuadro, prefieren los diversos estados de ese cuadro, o escritores menos interesados en terminar una obra que en su búsqueda, en el movimiento que conduce a ella, los diversos ejercicios, bocetos, work in progress que son, en sí, su obra. Artistas tan disímiles y lejanos entre sí como el director de cine Éric Rohmer, el pintor Paul Cézanne, el artista y diseñador Bruno Munari, el compositor Frédéric Chopin, el diseñador Walter Gropius, la poeta, cuentista y ensayista Cecilia Pavón, el poeta, narrador, ensayista, guionista, actor y streamer Fabián Casas, el escritor César Aira.

César Aira es quien dice, en su ensayo La innovación: “Yo vengo militando desde hace años en favor de lo que he llamado, en parte por provocación, en parte por autodefensa, ‘literatura mala’. Ahí pongo todas mis esperanzas, como otros las ponen en la juventud, o en la democracia; ahí me precipito, con un entusiasmo que las decepciones, por definición, no hacen más que atizar: al fondo de la literatura mala, para encontrar la buena, o la nueva, o la buena nueva”. Y estoy segura de que Maier y Hong se unirían a las filas de este partido.

Eso que Aira llama “literatura mala”, Roland Barthes lo conceptualiza de otro modo cuando habla de su propia estupidez como un modo de referirse a lo irreductible, es decir, a una cierta clase de ingenio para separar el propio discurso del lugar común, de la doxa o de la moda. Un modo de mirar y de anotar, de registrar, de atravesar, de recortar, de yuxtaponer intereses, aunque esos intereses sean triviales, o demasiado personales, o superficiales (“Valen más los señuelos de la subjetividad que las imposturas de la objetividad”, dice Barthes en el comienzo de su curso La preparación de la novela, “Vale más el imaginario del sujeto que su censura”). Cuando digo superficial me refiero a lo simple. Y cuando digo simple no quiero decir fácil —porque no hay nada más difícil que la sencillez—, sino feliz. Y cuando digo estúpido pienso, con Maier, en la libertad de hacer lo que a uno se le dé la gana sin sentir la presión de pagar el peaje del éxito, el reconocimiento y la aprobación de los demás. Lo simple es breve, nos dice Maier, efectuando un salto de garrocha que lo lleva de Hong al Punk: es simple lo que no está compuesto, lo que no tiene partes, o tiene pocas (pensemos, como ejemplo icónico, en el haiku).

Maier, como Hong, también da rodeos siempre sobre lo mismo: artistas contemporáneos sin épica, más parecidos a oficinistas que a genios, profesores universitarios sometidos a la burocracia académica, espectadores que se duermen en salas de cine y encuentran en el aburrimiento un goce, viajeros ociosos. Pero en este, su libro más reciente, y, claro está, breve y conciso y complejamente simple, nos dice, hacia el final, después de recapitular fugazmente el encuentro fortuito con la que, luego, se convertirá en la madre de su hijo, que: “algunas mañanas, mientras muelo la palta para el desayuno, me parece evidente que Hong estuvo en la prehistoria de nuestra historia, es decir, en su terreno favorito: el enamoramiento”. Se permite, Maier, ponerse sentimental o, mejor, cursi, que es lo mismo que decir: libre, honesto.