POR GABRIEL MAMANI MAGNE
Fotografía de Carlos Sánchez.

1.

Primero, la gravedad. El peso de un libro en la mochila o el estante. El espacio que ocupa. Su lugar en el mundo.

Un libro físico, en especial uno de más de seiscientas páginas, está sometido a la gravedad de la misma forma que una casa o un cuerpo: su relación con el mundo deja marcas en las que el tiempo reafirma su imbatibilidad, un escenario ajeno al del mundo digital, donde la novedad envejece y renace a diario y millones de páginas de millones de libros conviven ingrávidas, ligeritas y ansiosas, visibles para cualquiera, pero ahogadas en el ruido de su propio exceso.

Hablar de Fantasmas asesinos, novela escrita por el boliviano Wilmer Urrelo, es, ante todo, hablar de una presencia. El rojo domina la portada. Su corpulencia –casi un kilo en tapa rústica– te recuerda que, si esto fuera boxeo, el libro pelearía en la categoría de los pesos pesados. El título, tremendo a todas luces, resalta entre los lomos y se suma a la gravedad del papel para formar una presencia intimidante, igual que la de un boxeador experto en el beef previo a la campana.

Es 2009. El libro está ahí. Un peso pesado de la literatura boliviana –ganador del Premio Nacional de Novela 2007– y yo, un estudiante de derecho que hace poco abandonó su primer intento de cuento, representamos una escena similar a la de David Haye y Nikolai Valuev en Núremberg, pero sin final feliz.

La campana suena. Quiero pensar que no perdí.

Fantasmas asesinos (Alfaguara, 2007) se publicó cuando Bolivia empezaba a asentarse en el nuevo siglo. El aliento de los noventa todavía pululaba como el humo del cigarro de un adolescente chinchoso. La revolución tecnológica todavía mantenía ciertas promesas intactas. Internet era un lugar al que entrabas y del que era posible escapar. La red, justamente, era un sitio en el mundo, un punto ubicado en el cibercafé de la esquina o en la sala de tu casa. (Pronto eso cambiaría: la ingravidez y la ubicuidad lo arruinarían todo y, como ocurre con toda revolución, no tardarían en aparecer los primeros traicionados).

La novela, inspirada en un hecho real que conmocionó a la sociedad paceña en los años ochenta, entrelaza una serie de tramas turbulentas relacionadas con la violación y el asesinato de un niño. A lo largo de más de seiscientas páginas, Wilmer Urrelo da voz a diferentes personajes relacionados de manera directa o indirecta con el hecho. Fantasmas asesinos retrata una violencia presiglo XXI que hoy, desde la comodidad de la pantalla táctil y la ilusión que venden las redes sociales, resulta para muchos difícil de imaginar.

Mucha calle. Cero virtualidad.

El libro me llegó cuando más lo necesitaba. Para entonces ya había leído a casi todos los autores importantes del boom, además de clásicos como Flaubert, Jane Austen, Víctor Hugo, Óscar Wilde. Todos ellos formaban un rompecabezas sentimental en el que me veía como en un espejo roto. No creo que un libro deba reflejarte tal y como eres. Lo que me gusta, más bien, son las ranuras entre pedazo y pedazo, entre libro y libro, fronteras visibles sobre las que uno salta o en las que uno se hunde. En esas grietas ocurre algo que, a veces, ilumina más que en las páginas de una biblioteca entera.

A mis piezas, sin embargo, les faltaba el borde astillado de la siempre problemática La Paz. Tenía diecinueve años, y en mis grietas literarias reposaban desde guayabas pudriéndose en el Caribe hasta el cuchillo con el que Meursault asesina al árabe. Al espejo roto le faltaba una pieza fría e íntima, áspera y sencilla, capaz de escarbar como perro hambriento hasta crear una hendedura de la que emanase una pestilencia familiar.

Fantasmas asesinos fue la pieza que completaba el mapa. Su peso y tamaño en la mochila (típico de las ediciones antiguas de Alfaguara) contrastaban con la docilidad de las primeras páginas: en «Obsesiones de un idiota», el primer capítulo, nos encontramos con un narrador adolescente que te habla desde una fragilidad tan pornográfica que cuando reparas en que has llegado a la página cien es inevitable pensar que el boxeador fortachón e iracundo en realidad no es aquel gigante que busca noquearte de un solo golpe, sino un rival extrañamente manso que te toma del cuello con sigilo y te susurra al oído las miserias de una sociedad fundada en la desgracia.

2.

Recuerdo una fiesta en la calle Ayacucho, en pleno centro de La Paz. Escapé del ruido para sentarme en una plaza y continuar con la novela. El libro, que también podía funcionar como almohada o arma contundente, calentaba en la oscuridad con su violencia ochentera y noventera. La Morsa, el delincuente de labio leporino, abría un tajo en la página y en el cielo que me cubría, partiendo la noche fría y dando lugar a una rendija de la que emanaba una luz.

Era el camino de una escritura.

3.

La prosa urreliana está influenciada por Vargas Llosa, a quien dedica textualmente el libro: «¿A Mario Vargas Llosa? La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, ¿no son acaso tres motivos suficientes?»

Imagen de Wilmer Urrelo.

Esa genealogía se justifica no solo en el estilo, lleno de recursos y saltos temporales, sino en el intento de una novela total, ladrillesca, así como ocurre con las mejores obras del peruano. Un ejemplo de ello es su siguiente novela, Hablar con los perros, un coloso de más de quinientas páginas publicado por primera vez en 2013 por Alfaguara. El resto de su obra –compuesta por la novela Mundo negro (2000), la colección de cuentos Todo el mundo cumple sus sueños menos yo (2015) y el libro de crónicas El chicuelo dice (2017)– es menos maciza y se vale de su brevedad para explayar situaciones incómodas atravesadas por un lenguaje incómodo. Los libros cortos de Urrelo fluyen como río contaminado: avanzan tranqui, pero de a poco la corriente se hace espesa, saturada y olorosa. No te das cuenta de en qué instante el agua mansa se ha convertido en un lodo estancado que te arrastra hacia el fondo y se te mete bajo las uñas, recordándote que esto es La Paz y que aquí es imposible escapar de la violencia.

La intensidad de Fantasmas asesinos te increpa desde las primeras páginas. Todo empieza con un descubrimiento: un adolescente errático descubre que cerca de su colegio asesinaron y violaron a un niño hace varios años. La historia lo obsesiona al punto de que sueña con él:

«Eso no es extraño, ya sé. Lo raro es que su rostro se parecía al mío y también al rostro del asesino. Desperté tarde y por eso mi madre por la mañana me dijo que dejara de ver televisión hasta tan tarde. Le contesté con una grosería y ella me dio una cachetada».

El adolescente problemático es enviado a un colegio aún más problemático, en el que descubre la sordidez de una ciudad más allá del aparente sosiego de la clase media. Chicos que roban. Adolescentes que golpean a sus novias. Mujeres que se prostituyen. Porno, mucho porno.

Son los años noventa y el narrador es un hijo de su tiempo. Construido en formato de monólogo, el primer capítulo nos remite a «Mexicanos perdidos en México», de la insuperable Los detectives salvajes. Esta entrada al universo urreliano, en realidad, es una trampa: la ductilidad de la prosa no tiene nada que ver con la arquitectura vargasllosiana y los saltos temporales desquiciantes de «El niño rojo», el segundo capítulo, quizás el más valioso técnicamente.

Pese a su crudeza, Fantasmas asesinos es también un estatuto de principios. Desde las primeras páginas, el adolescente obsesionado con Vargas Llosa sueña con escribir una novela igual que su ídolo. El chico violento que organiza un cine porno en su colegio es, al mismo tiempo, un soñador que roba libros y acaricia las teclas de una máquina de escribir como quien toca una bomba a punto de explotar. Su vulnerabilidad se ve aún más expuesta con la imposibilidad de amar: «Lloré porque los hombres solos y desesperados de amor y de sexo son los más tristes (…) Más triste que la historia del niño muerto. Más triste que las palizas que le da Alex a su novia. Más triste que el asesino de quien no sé nada. Más triste que querer ser como Vargas Llosa».

El monólogo se transforma en cámara coral a partir del segundo capítulo, en el que el caso del niño asesinado se arma a través de distintos puntos de vista. Un hombre de labio leporino, un policía en busca de la redención, una secta religiosa, unos militantes antojadizos que apoyan a un partido político, entre otros, tejen la constelación de la violencia boliviana de los años ochenta y noventa.

La Morsa acuchilla a un anciano por un Atari. El forense García, luego de analizar el cuerpo asesinado de una mujer, concluye que el victimario no la penetró y que se trata del «típico caso del tipo al que no se le para». Un grupo de fanáticos religiosos dinamitan puestos policiales. La novela superpone diferentes tipos de violencia y los concatena mediante la metáfora del fantasma: nadie es solo víctima o victimario, y cada personaje –el loco, Verónica, Ossorio o los Apóstoles– reproduce, en su propia escala, una violencia que heredó del otro.

Si Benjamin y Sartre creían que la violencia «desde abajo» conserva cierto resto de una promesa liberadora, Urrelo vacía cualquier juramento mítico o redentor hasta perder cualquier proyecto revolucionario. Los fantasmas siempre regresan y, con ello, la tesis de Wolfgang Sofsky se consolida: la violencia no es un cuerpo extraño a la cultura, sino su producto. Fantasmas asesinos desciende un par de escalones de los típicos escenarios clasemedieros de la literatura boliviana de su tiempo (lo cual es igual a decir que escala, pues en La Paz mientras más alto vivas, más cerca de la marginalidad te encuentras) y, de esa forma, retrata una ciudad donde el río contaminado de la historia boliviana se deposita con fuerza y sin chances de purificación.

El gesto político en la novela se registra tanto en la forma como en el contenido. En una entrevista de 2024, Urrelo hace énfasis en la conmoción que causó el hecho del niño asesinado en la sociedad boliviana de finales de los ochenta. La gente protestó en las calles y el presidente de aquel entonces prometió pena de muerte para el asesino pese a que esa figura no existía en el derecho penal boliviano. «Nunca habían matado a un niño blanco de clase media», dice Wilmer Urrelo mirando a la cámara, la chaqueta verde con mangas blancas, un pitufo bordado en la región del corazón. «Niños muertos violados pobres siempre han existido».

Fantasmas asesinos, así, desempolva la hipocresía nacional desde diferentes lugares, igual que decenas de francotiradores apuntando furiosamente al mismo objetivo. Las costuras que devela son propias de la Bolivia de finales del siglo XX (fanatismo religioso, hálitos dictatoriales, corrupción, traumas dictatoriales, delincuencia juvenil), aunque, si miramos bien, caemos en cuenta de que mucho de lo que se narra en el libro apenas parece un primer ensayo de lo que hoy se ha perfeccionado bajo la máscara de modernidad y democracia.

El segundo guiño político se encuentra en el volumen del libro, cuyo proceso de escritura implicó una investigación en archivos policiales y diarios de la época. La de Urrelo es una literatura sesuda, no apta para el scrolling de esta época, digna de un soporte gravitacional. La misma figura del autor parece responder a ese mandato: su presencia en redes sociales es nula, algo extraño en un mundo en el que uno parece no existir si no se convierte en un trastornado que le habla a la cámara frontal del teléfono.

En una entrevista de 2012, el autor dice que no es muy fanático de Internet. Su gesta, así, va en contramano de la contemporaneidad que nos toca, haciendo de Urrelo un mito críptico que se abulta por cada post que no publica.

Fantasmas asesinos, que apenas cuenta con dos ediciones en Bolivia, es un ladrillo escondido sobre el que se funda la literatura boliviana contemporánea y al que la literatura latinoamericana deberá recurrir para no derrumbarse cuando toda la magia virtual de los cenáculos culturales sea finalmente desenmascarada. Pienso que su inexplicable falta de reconocimiento en el contexto regional es coherente con el estatuto afectivo y político del autor: su ambición estructural (que en su momento le valió el Premio Nacional de Novela de Bolivia y el Premio Anna Seghers de Alemania) no es algo que pueda disolverse en los píxeles de las pantallas del siglo XXI, un siglo perforado por quién sabe cuántas bombas, desinformado por tanta información y lo suficientemente ansioso como para no dar la talla ante cualquier cosa que no capte su atención en los primeros seis segundos.

La obra de Wilmer Urrelo se ancla en la gravedad del papel. Reclama un peso real en las manos del lector, recordándole que hay tragedias que solo se pueden arrastrar con el cuerpo entero y no con el dedo sobre un cristal templado.