

La novela es la historia privada de las naciones.
Honoré de Balzac
La literatura cubana contemporánea enfrenta el mismo desafío que cualquier discurso o análisis sobre Cuba: narrar la isla sin caer en la hagiografía revolucionaria ni en el anticomunismo sufrido y caricaturesco, evitar las tentaciones de la utopía marxista-caribeña y la pornomiseria distópica y dictatorial. El reto se antoja un navegar imposible entre Escila y Caribdis, y quizá ninguna novela haya surcado ese estrecho con más precisión que Los caídos (Sexto Piso, 2018) del periodista y escritor cubano Carlos Manuel Álvarez.
Durante casi medio siglo, la Revolución cubana funcionó como una de las utopías más seductoras jamás creadas. La pequeña isla que resistía estoicamente los ataques del mayor imperio de la Historia, el yanqui, inspiró a guerrillas, movimientos sociales e intelectuales en medio mundo, sobre todo en América Latina. Sin embargo, desde fuera, la defensa a ultranza de la Revolución no era —ni es— otra cosa que una fe sostenida en una ficción política, como defender la Bensalem de Bacon, la Anarres de Úrsula K. Le Guin o la Pala de Huxley; es decir, más un ejercicio literario que una postura política seria. Los defensores de esta utopía, por tanto, cometían una crueldad evidente: olvidaban que los cubanos eran personas reales, no los habitantes de su paraíso azucarado. También hubo quienes dentro de Cuba creyeron en ella, y durante tres décadas toleraron escaseces más o menos soportables, miserias más o menos administradas y una ausencia de libertades más o menos justificables. La isla feliz solo existía como posibilidad, y la verdad es que el país real nunca se encaminó hacia esa quimera más que en el discurso.
A inicios de la década de los noventa, con la caída del socialismo real en Europa del Este, aquella utopía se rompió en pedazos. El andamiaje ideológico que sostenía la fantasía colapsó con la economía nacional, y en la isla real no quedaron más que escaseces insoportables, miserias generalizadas y un totalitarismo injustificado. La Revolución que había pedido a sus ciudadanos sacrificar el presente por el futuro utópico quedó vaciada de sentido. El régimen no desapareció, pero sí el relato que lo legitimaba. El país llegó entonces al siglo XXI, aunque ya no avanzaba movido por una promesa, sino que solo se movía, lento, sin rumbo, impulsado por una inercia cansada. En esa Cuba en que la utopía apenas sobrevive como retórica gastada y la sociedad funciona como una estructura ruinosa y totalitaria despojada de ideología es donde Álvarez sitúa su novela. No es la Cuba de las postales, la salsa y los autos antiguos, como tampoco es la de los informes de derechos humanos o las consignas anticastristas de Miami. La Cuba de Los caídos es cerrada, opresiva, íntima, seguramente más real que las demás: un país cuyo rumbo se define tanto en los mítines como en el silencio de una cena, en la frustración de un padre que no se adapta a los nuevos tiempos y en el pragmatismo y la incertidumbre de sus hijos.
En Los caídos Carlos Manuel Álvarez construye una novela antiutópica, entendida esta no como el reverso de la utopía —que es la distopía—, sino como su negación realista o su desmentido cotidiano. Si la novela utópica tradicional se mueve entre el manifiesto político y la ciencia ficción social, interesada especialmente en la arquitectura de las instituciones, las leyes y las costumbres de sociedades idílicas, Los caídos hace lo contrario: se sumerge en la microhistoria y las pequeñas miserias domésticas para desmontar una fantasía, en este caso, la de la Revolución cubana. El resultado es una obra profundamente humana, descarnada y claustrofóbica, imprescindible para entender la Cuba del siglo XXI.
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La historia sigue a una familia cualquiera, quizá como la mayoría de las familias cubanas, atrapada en una atmósfera asfixiante. Su estructura fragmentaria y coral le permite al autor multiplicar las perspectivas, ahondar en los motivos de los personajes y construir la trama como una suerte de mosaico donde cada uno tiene su propia idea de lo que acontece. Los caídos, además, es una novela corta, de apenas 130 páginas, y esa brevedad es totalmente coherente con su propósito. La intensidad del claustro doméstico, la densidad emocional de cada escena y la economía de medios con que el autor da forma a tensiones casi insoportables la justifican.
En Los caídos, su primera novela, es fácil advertir la formación periodística de Álvarez, que apenas un año antes había publicado el libro de crónicas La tribu (Sexto Piso, 2017). La precisión en los detalles, la capacidad de construir atmósfera con pocos elementos y mantener el ritmo narrativo con frases cortas, diálogos tajantes y descripciones que se limitan a lo indispensable revelan al periodista detrás del novelista. Esta austeridad le permite al autor sostener la trama con una mirada fría y clínica, donde lo emocional aparece contenido, y quizá por eso todo resulta más doloroso. Álvarez tampoco juzga a sus personajes, sino que los presenta en toda su complejidad, como víctimas y, a la vez, cómplices de un sistema que los ha definido como tales.

Como eje de la historia está la Madre (Mariana), que alguna vez fue maestra, formadora de conciencias revolucionarias, y ahora es consumida por una enfermedad degenerativa y misteriosa que la confina a la soledad de la casa. Su cuerpo, cansado y deteriorado, parece por momentos una metáfora del cuerpo social: algo que fue funcional, que sirvió al proyecto colectivo de la utopía, y ahora se cae a pedazos sin un diagnóstico claro ni esperanza. Junto a ella está el Padre (Armando), un sujeto recto y moralmente intachable, el arquetipo del «hombre nuevo» del darwinismo guevariano, que se forjó en la ética del sacrificio y la fe ciega en la Revolución. Aunque todo a su alrededor indica que la utopía ha muerto, él se niega a creerlo, quizá porque no puede permitirse admitir que dedicó su vida a un fracaso. Su rigidez intransigente no es heroica, como él piensa, sino la de alguien que sabe que, de flexionarse, terminará por romperse. El Padre, como personaje trágico, no lucha contra un destino impuesto, sino por mantener intacto el relato que lo define.
Del otro lado, en un polo moral y generacional opuesto, está la Hija (María), desentendida de cualquier ideal que no sea llevar un plato de comida a la casa a cualquier costo. La Hija encarna la supervivencia desideologizada de la Cuba posterior al Periodo Especial, un eufemismo ideado por Fidel Castro para una época de hambre y escasez extrema que, en la novela, como para hacer un eufemismo del eufemismo, se menciona como los «años difíciles». Para la Hija, la Revolución no es mito ni trauma; es ruido de fondo. Encarna la indiferencia que antes de 1990 era el peor de los pecados concebidos en la utopía revolucionaria, pero que luego se volvió imprescindible para sostener el sistema. No es cínica, sino hija de un tiempo en que los principios son contraproducentes para la supervivencia. Por eso roba cuanto puede del hotel donde trabaja. La Hija no vive en el pasado heroico, sino en el futuro inmediato del estómago.
Finalmente, está el Hijo (Diego), el más chico de la familia, que está próximo a terminar el servicio militar obligatorio para ingresar a la universidad. El Hijo es un personaje inconforme, nihilista en cierto modo, como todo joven cubano nacido a finales del siglo XX. Aunque ha sido educado en los valores de la Revolución, tanto en la escuela como por el Padre, su manera de ver el mundo no admite ya los relatos grandilocuentes que defendieron sus mayores. No es un hecho menor que, mientras se desarrolla la novela, esté pasando el servicio militar, que en el discurso castrense de Cuba prepara para la defensa de la Revolución, aunque él lo ve como una pérdida de tiempo, coerción disfrazada de deber patriótico. El Hijo es presa de una desesperación consciente, de una rabia que no encuentra salida. Y aunque no lo plantee explícitamente, todo esto parece el resultado de conocer la podredumbre estructural del país y la hipocresía de los discursos, y de la imposibilidad de plantearse un proyecto de vida digno dentro de la isla. Como aún no puede volcar su rabia sobre el sistema, lo hace sobre sus padres, que tienen a la Revolución metida en el cuerpo y en la casa. «Sí llegas a padecer los conflictos y las creencias de tus padres», dice en algún momento.
En la aparente tranquilidad de este hogar, alguien —no se sabe quién— comienza a llamar por teléfono a la madre para insultarla y burlarse de ella y su familia. Este detalle, que podría parecer un recurso de suspense, es en realidad uno de los ejes centrales de la novela. Con las llamadas anónimas regresan conflictos no resueltos y un tipo de violencia muy propia de los totalitarismos capaz de penetrar el hogar, que es el último reducto de lo privado. En un país donde todo está vigilado, donde la delación ha sido una forma de supervivencia promovida por el Estado y un método de control social, estas llamadas parecen, al principio, la manifestación de una hostilidad difusa y sin rostro que es, en cierto modo, la del sistema mismo fragmentada en individualidades. Al otro lado del teléfono puede estar cualquiera, un compañero de trabajo, un vecino. El enemigo real no son ya el imperialismo yanqui ni los contrarrevolucionarios, sino el entorno social descompuesto y la envidia; aunque también podría ser el rencor acumulado de alguien, una frustración que estalla convertida en agresión.
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A lo largo del siglo XX y de lo que va del XXI, el totalitarismo ha sido narrado muchas veces, casi siempre desde el testimonio de los perseguidos, las intrigas palaciegas del poder o mediante el recuento de sus más terribles manifestaciones. Los caídos, por su parte, esquiva estos lugares comunes, y eso se agradece. En esta novela, el totalitarismo se respira, se incorpora con cada bocado. Es un fantasma que se siente más cuando menos se le nombra.
Quizá lo que hace de Los caídos una novela antiutópica y no distópica es precisamente la ausencia de un aparato represivo visible. En la distopía clásica hay siempre una estructura todopoderosa y perfectamente diseñada, un Gran Hermano que organiza y da sentido a la represión. En la Cuba de Álvarez, sin embargo, esto no hace falta, pues la opresión ha sido naturalizada e interiorizada. El totalitarismo, sin el soporte del relato utópico, persiste como inercia y como costumbre. El poder totalitario es aquí una maquinaria obsoleta pero funcional, movida por el desgaste, la resignación o la indiferencia de sus ciudadanos.
Los caídos desmitifica el relato de la Revolución cubana desde dentro, sin necesidad de apelar a la manida retórica anticastrista. Simplemente muestra lo que siempre fue y lo que al final resultó: generaciones frustradas alrededor de una mesa, atacadas por la escasez, la paranoia de la vigilancia colectiva y la imposibilidad de adivinar, aunque sea de la forma más vaga, un futuro. La utopía política, cuando se le mira de cerca, siempre termina en cuerpos concretos.
Con esta novela, Carlos Manuel Álvarez se coloca como uno de los referentes de la literatura cubana contemporánea. En lo que va de siglo, nadie como él ha escapado con tanto éxito de la denuncia política al uso ni de las nostalgias sensibleras por la patria perdida o secuestrada por el totalitarismo. Los caídos es el retrato de la Cuba que queda cuando se le quitan los velos de los himnos, los eslóganes y el nacionalismo barato. Es la Cuba de los que no emigraron, de las víctimas calladas que nadie ve, de los que sobreviven en la penumbra de un proyecto histórico que les prometió la concreción de una utopía y, más de medio siglo después, solo pudo darles un país en ruinas. Leer Los caídos es aceptar que en los escombros de una utopía desplomada no hay nada trágicamente épico, sino algo más modesto y, acaso por esta razón, más desgarrador: el hambre, los silencios incómodos, los rencores y las frustraciones inconfesables, la paranoia y el miedo al otro, todo eso contenido en el espacio familiar de cada casa.