
Y la gente entraba en una especie de trance y brincadera,
las paredes vibraban, la casa iba a ser tumbada sí o sí al son de Saboreo.
Me sentaba en el mueble a imaginar los tablones cayendo,
los cuadros de retratos de la Mama Doma y adornos
cayéndose sobre la gente, que continuaba su danza enfermita
bajo los escombros de esta casa grande; de cemento y madera,
con doce cuartos, una verja amplia llena de plantas
y un patio de palos de mangos, guayabas y chirimoyas.
Yuliana Ortiz Ruano
1.

Hay muchos, muchísimos libros de Ecuador publicados en los últimos veintiséis años que merecerían estar presentes en este texto, pero quiero hablar de Fiebre de Carnaval de Yuliana Ortiz Ruano. Quizá porque es un libro que recoge todas las razones por las que hablaría de los demás, quizá porque desde la primera vez que lo leí me rendí fascinada a ese lenguaje radicalmente otro que propone la autora, quizá porque hablar de este libro supone entrar en conflicto y, como dice la propia Yuliana Ortiz Ruano: «no tendría sentido escribir desde una zona que no pueda ser conflictuada».
Fiebre de Carnaval es la primera novela de la narradora, poeta, ensayista y DJ de música afro del Pacífico y es una primera novela con muchísimos riesgos, al borde del peligro, desbordada y desvariada, una novela que, en mi opinión, posibilita lo que toda novela debería: reinventarse una y otra vez como espacio. Una novela que también es poema, que es salsa, que es cuerpo, isla y país, carnaval y feriado bancario; que hace del dolor, la sabrosura y la frontera su territorio.
También diría que para qué escribir novelas si no es para desbaratar la idea de lo que es una novela, que es lo que hace Ortiz Ruano en Fiebre de Carnaval, al construir un libro de metamorfosis y en metamorfosis de la lengua, en devenir constante, dejando en evidencia algo que a veces parece obvio, pero que no lo es tanto (por qué si no se publican tantas novelas que parecen confeccionadas con el mismo molde), la novela es un lugar de posibilidades infinitas y, por tanto, de futuro.
2.
Cuando recibí el encargo, pensé en todo eso y, sobre todo, en la dificultad de elegir un solo libro de Ecuador, en mi absurdo deseo o quizá necesidad de hablar de tantos, de todos, porque nunca dejo de decirlo: en Ecuador se está escribiendo tan bueno y fuera se ve tan poco. La elección me permite dar un poco de vueltas sobre ese deseo, las razones para elegir Fiebre de Carnaval me llevan a poner un poco de contexto, podría detenerme en otras, novelas, libros de cuentos, poemarios, libros híbridos, libros inmensos que han aparecido en este siglo en Ecuador, podría detenerme en Siberia de Daniela Alcívar Belolio, Guayaquil de María Auxiliadora Balladares, Los trabajos del agua de Rommel Manosalvas, Pelea de gallos de María Fernanda Ampuero, Nefando de Mónica Ojeda o en Habilidad con los caballos, de Roy Sigüenza, esa maravillosa poesía reunida que nos permitió por fin ver a uno de nuestros mejores poetas en un libro tan cuidadosamente editado por la editorial Severo circulando para los lectores ecuatorianos. No es poca cosa, considerando lo difícil que es ver circular un libro en Ecuador. No es poca cosa, porque si bien es cierto que fuera se habla de una especie de estallido de la literatura ecuatoriana, por la visibilidad que ha alcanzado en los últimos años, también es cierto que publicar en Ecuador implica, muchas veces, pasar desapercibido, dentro y fuera del país. No solo porque al ecosistema literario lo sostienen, casi exclusivamente, iniciativas independientes y colectivas y absolutamente admirables, sino porque la propia crítica parece avalar eso que viene con garantía europea, una lógica colonial que Daniela Alcívar Belolio explica muy bien cuando menciona: «Aquí si publicas en Bolivia, Uruguay o Perú nadie se inmuta. Pero si publicas en España pasas inmediatamente a ser una escritora “de verdad”».
Fiebre de Carnaval fue publicado simultáneamente en Ecuador por Recodo Press, «una editorial independiente e imprenta risográfica que concibe procesos editoriales contrahegemónicos, horizontales y disruptivos», y en España por la editorial La Navaja Suiza. Ha ido ganando reconocimientos y lectores y Ortiz Ruano ha decidido seguir publicando en Ecuador de la mano de Recodo Press. Decidir escribir y publicar en Ecuador es difícil, como dice la autora: «Ojalá Ecuador fuera un país con más becas y oportunidades para los escritores como México, Colombia o Brasil. No estamos en ese lugar, pero de todas formas no vamos a dejar de escribir». Escribir, publicar y que el libro circule en Ecuador es más que difícil porque hay que mencionar, además, el desamparo, desfinanciamiento y precarización del sector cultural por parte del Gobierno Nacional. Todos los libros que he mencionado también merecerían estar aquí y merecerían ser mucho más leídos, en Ecuador y en todos sitios. Son libros que no articulan ningún canon, no hablan desde ningún centro, no arman una tradición literaria, de alguna manera, se fugan por todos sitios, desde posiciones estéticas arriesgadas, que configuran obras ambiciosas en fondo y forma, con poéticas que dialogan de manera más horizontal y no marcando un camino único. Como menciona Alcívar Belolio:
«Tal vez eso sea lo bueno de ser ecuatoriana (en la estela de Borges hablo): que el centro no es algo que deba preocuparme. Ecuador es la periferia de la periferia y cada vez me amigo más con esa condición, y hasta me voy enamorando de eso. No me gusta la literatura central, menos la centrada. La literatura debería ser siempre una práctica menor, en los límites. La literatura hegemónica es aburrida y estéril».
Esa periferia de la periferia, me recuerda al poema de Juarroz: «En el centro de la fiesta / está el vacío. / Pero en el centro del vacío / hay otra fiesta». Lo que se escribe en Ecuador siempre ha estado ahí, en esa otra fiesta. Quizá eso también justifique mi deseo, cada vez más insistente, de hablar de Fiebre de Carnaval, de Yuliana Ortiz Ruano. Porque en esa otra fiesta, Ortiz Ruano decide escribir haciendo de la periferia y de lo fronterizo un espacio nuevo.
3.
Al hablar de territorios fronterizos, dice Gloria Anzaldúa:
«Vivir en los bordes y en las fronteras, mantener intacta la propia integridad e identidad cambiante y múltiple es como tratar de nadar en un nuevo elemento, en un elemento «ajeno». Resulta excitante ser una participante en la evolución hacia delante de la humanidad, en «ser transformada»».

Yuliana Ortiz Ruano nació en Limones, una isla parte de la provincia de Esmeraldas, en la frontera acuática entre Ecuador y Colombia. La autora se describe como una escritora fronteriza y su escritura lo demuestra. Fiebre de Carnaval hace de esos bordes, como menciona Anzaldúa, un nuevo elemento, un territorio que se extiende mucho más allá de los límites geográficos. Entre sus referentes, Ortiz Ruano suele mencionar a Kamau Brathwaite con su concepto lenguaje nación, un lenguaje surgido de la colonia y de la esclavitud, un lenguaje en acción que excava en la memoria y crea territorio. Ese lenguaje encarna a Ainoha, la protagonista de la novela, un personaje que se está haciendo en el lenguaje, una niña que va apalabrándose, entrando en el mundo y su lengua como quien se sumerge de cabeza en el agua, con los sentidos en trance.
Si consideramos, como dice Severo Sarduy (autor de uno de los epígrafes de esta novela), el hecho esencial de que una página no es un objeto de dos dimensiones sino de tres y en ese volumen y espacio él puso a Cuba, Ortiz Ruano hace lo mismo, construye un espacio tridimensional y pone ahí esa isla de frontera: Limones. Leer el libro es trasladarse a su sonoridad, a su memoria, al tiempo atrás y adelante. En medio del dolor, la crisis constante, en Fiebre de Carnaval también se suspende el tiempo y cualquier noción estática de los límites de un territorio. Los mapas pueden ser bidimensionales, una novela fronteriza jamás lo es, sobrepasa cualquier idea fija de territorio y, parafraseando a Anzaldúa, la literatura fronteriza participaría entonces en esa transformación hacia delante de la literatura, abriría posibilidades, habilitaría pensar futuros desde otras miradas que no son líneas y límites, sino espacios de mixturas y elementos completamente nuevos y renovadores.
4.
También se renueva en esta novela el propio acto de lectura. Leer es un acto físico, no solo intelectual. Si se consigue, el lector a veces puede quedarse flotando en un sinsentido, salir de la comprensión, acercarse, a través del lenguaje, de su plasticidad y sonido, a otra forma de lectura, una que moviliza, transforma, muta.
En el principio no fue el verbo, sino el sonido, dice Ramón Andrés en una entrevista en la que habla de la música como esa transferencia del mundo en su acontecer natural, un salto de agua, dice, un trueno, un rugido, los pájaros: el mundo. La música antes que lo humano y que el lenguaje, la música como traducción primera de la existencia. En el principio de Fiebre de Carnaval no es el verbo, es el ruido. Ahí la «memoria es un mapa recortado a machetazos», un padre «es una patanada hermosa e inflada de guisky y cristales marinos aterrizada por accidente en el mundo de los padres» y el dolor «es una masa que sube anunciando una cosa que no se puede chupar de la lengua para hacerse palabra».
Para escribir esto, volví a leerlo, en frenesí, lectura arrebatada, con un goce riquísimo, boquiabierta, un goce que excedía el sentido, que se iba por ahí detrás de la nuca, entre el pupo y la espalda, una lectura que te hace ñáñaras con las palabras y con algo más con lo que no se puede decir; un mundo que nace en cada página, que truena, que nimba. El libro de Ortiz Ruano va calando el cuerpo, se hace árboles de guayabas, se hace isla y también gritos de muerte, sollozos, arrullos, la traducción del mundo de Limones en su acontecer natural.
Entramos a Limones por esa sonoridad, salimos de ahí zumbados. Ainoha, niña máquina deseante, como dice en la contraportada de la edición española, niña con la fiebre en el cuerpo y en el lenguaje nos habla desde lo que antecede a la palabra y también desde eso que la rompe. Ainoha es de esos personajes que uno no consigue sacarse de la cabeza, una música pegadiza, una enfermedad y lo es porque Yuliana Ortiz Ruano consiguió crear su voz como un delirio radical. Como dice María Auxiliadora Balladares, poeta y crítica ecuatoriana, «lo que hace Yuliana alcanza a generar una novela que es bastante performática […] hay un trabajo con la palabra que es radical muy en el sentido de arenas, que es como que se hunde en el archivo lingüístico popular».
5.
El dolor y el trauma atraviesan a Ainoha, su goce la eleva, pero su fiebre no es síntoma, es consecuencia. Ese dolor y trauma atraviesan también su casa, el barrio, la isla, el país que parece colarse a través del bullicio de la radio. Esta es una de las pocas novelas (y quizá la que mejor lo ha conseguido) que muestra la crisis de fin de siglo en Ecuador: el feriado bancario, la posterior dolarización. Una ruptura total, un país que se iba y otro que se quedaba, una herida siempre abierta. Así lo narra Ainoha:
«Crisis y la radio contando historias de lanchas con migrantes ecuatorianos que huyen ensardinados y desaparecidos para siempre hacia el gris opaco del mar vía a estados unidos. Crisis y una turba de ecuatorianos caminando la frontera de guatemala para cruzar a estados unidos. Crisis y los niños de al frente de la calle principal que nunca los bañan ni los cuidan, como dice mi mami Nela, abandonados por sus papis que se fueron, capaz a chile a estados unidos. Crisis. Crisis. Crisis. Feriado, pero aquí no hay una feria, ni alegrías, solo muertos en la radio, personas que saltan de edificios en la capital en Guayaquil, una turba de personas asumiendo la calle como el único hervidero posible»
En la novela, Ortiz Ruano pone todo al servicio de un lenguaje que se rompe, pero también baila en los escombros, un lenguaje como un cuerpo que hace tris tras, un cuerpo como un país quebrado, roto.
Dice Fernando Montenegro, docente e investigador de la Universidad de las Artes del Ecuador:
«¿Cómo fue posible que los y las escritoras ecuatorianas no hayan tocado este tema? ¿Es tan fuerte el dolor? ¿Tan profundo el trauma? Me parece que parte de la respuesta que nos da Ortiz es que solo desde esa posición fronteriza quedaba habilitada la historia de la dolarización como una narrativa del dolor que esta, relata, además, desde la especificidad archipielágica afroecuatoriana. Quizá por eso solo ella ha sido capaz de contarla de esa manera tan descarnada. En este sentido, la frontera es también una posibilidad crítica».
Volvemos a la frontera como espacio, también, de lo que viene, de lenguajes nuevos, desarticulados y vueltos a articular para narrar lo indecible. Hay algo de novela del futuro en Fiebre de Carnaval. Hay muchos gestos, todos propuestos desde una radical posición estética, ninguno gratuito. No tengo duda de que Fiebre de Carnaval es uno de los libros más relevantes que se han publicado en el siglo XXI en Ecuador, lo sé y he intentado justificarlo inútilmente, como se hace siempre con los libros que nos exceden, porque poco se puede decir, más bien habría que escribirlo otra vez, frase a frase, aquí, para que ustedes lo sientan, lo meneen, lo bailen, lo sufran, lo gocen, se descuajeringuen, escapen del sentido y entren en ese ruido de otro mundo.