

El siglo XXI literario comenzó en España con una novela inopinadamente revolucionaria: Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Inopinadamente porque se trataba de una novela sin piruetas estructurales ni alambicamientos estilísticos, de lectura sencilla y amena, que narraba linealmente la crisis de convicción de un aspirante a escritor que, formado en unas determinadas coordenadas estéticas (las del posmodernismo ensimismado), lograba salir adelante por una vía imprevista y en apariencia contraria a las de esas coordenadas (la del compromiso con la realidad histórica). Y digo también revolucionaria porque la novela provocó una rehistorización de la narrativa española (y aun diría en español, por su repercusión en América Latina) y desató un debate a veces enconado tanto sobre el tratamiento literario que había recibido la Guerra Civil y la dictadura franquista como sobre el proceso y sentido de la Transición a la democracia. Desde luego no fue el único libro que aquel 2001 tenía la guerra en su epicentro, porque coincidió, por ejemplo, con la edición popular de los relatos A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales (la obra se había recuperado en 1993 dentro de la Obra narrativa completa), ni el único que abordó por entonces con excelencia literaria los traumas del pasado (en 2002 aparecería el primer volumen de la extraordinaria Tu rostro mañana, de Javier Marías), pero sí fue la obra que se convirtió en un fenómeno editorial, por sus ventas estratosféricas, y sociológico, por la reverberación social y política que tuvo, en cuyos efectos de onda larga cabría situar la Ley de Memoria Histórica de 2007. Y, obviamente, toda la obra posterior de Cercas, convertido casi súbitamente en escritor global. Me permito una breve retrospección.
En 1999 se conmemoraron los sesenta años del final de la Guerra Civil española. Esa efeméride simbolizaba bastante más que la conclusión de tres años de muerte fratricida e indiscriminada; significaba la derrota de una República democrática y la victoria de un ejército sedicioso que contó con la ayuda militar de la Italia fascista y la Alemania nazi. En esas postrimerías del siglo pasado, la guerra era el obstinado silencio de muchos ancianos que preferían no hablar, no recordar, no hurgar en heridas aún sangrantes. La memoria del pasado reciente era una región caliginosa y resbaladiza, que los sucesivos gobiernos constitucionales desde 1978 habían soslayado como si su mero contacto produjera graves ulceraciones sociales. Esa memoria, además, era muchas memorias: la hegemónica de los vencedores, administrada desde el poder franquista y convertida en un relato triunfalista y falaz; la de los millares de ciudadanos que tuvieron que salir al exilio en una diáspora muy dolorosa; la de los represaliados en el interior, quienes perdieron a sus familiares (fusilados, encarcelados y dejados morir, desaparecidos…), quienes perdieron sus bienes y sus puestos de trabajo; la de los luchadores antifranquistas, tanto en los partidos comunista —en especial— y socialista como en organizaciones sindicales clandestinas; en fin, la de los hijos y nietos de todos ellos, que fueron oyentes de relatos familiares más o menos secreteados o testigos de silencios recalcitrantes. Pero por encima de todas estas memorias en conflicto, la guerra era, para los jóvenes que andaban entre los veinte y los treinta años, una antigualla aburrida, un bordón de las batallitas del abuelo que ni les concernía ni les interesaba. Un rollo macabeo del que habían escrito, y con incomparable acierto literario, exiliados como Max Aub o Paulino Masip o Arturo Barea, pero también escritores del interior como José María Gironella o Camilo José Cela o, desde una perspectiva ideológica distinta, Juan Iturralde o Joan Sales o tantos otros. El tema parecía agotado, y la suspensión a finales de los ochenta del ciclo novelesco Herrumbrosas lanzas de Juan Benet podía interpretarse como un síntoma de ese agotamiento (aunque lo fuera de otras cosas). En 2001 la publicación de Soldados de Salamina demostró que no era así y propició un debate público sobre la gestión cultural y política de la memoria que se ha mantenido flagrante hasta ahora mismo.
Javier Cercas era el reverso de un novelista histórico o un escritor engagé. Sus narraciones anteriores (un par de nouvelles, algunos cuentos y la novela de humor y campus El vientre de la ballena) procedían de un marco estético más afín al del posmodernismo norteamericano (o a Gonzalo Suárez, al que dedicó su tesis, con sus ademanes metaficcionales, su gusto por la ironía cultural, la parodia y el pastiche genérico y estilístico) que a ningunas otras. La dimensión política y la perspectiva histórica parecían haber sido abolidas de su carta de navegación. Y sin embargo, en Soldados de Salamina, esas dimensiones vinieron a incorporarse a su escritura a través, precisamente, de un sagaz ejercicio de poética y retórica posmodernas por el que la novela se transformaba a la vez en una reivindicación del compromiso moral del escritor con la denuncia de la amnesia colectiva que había engullido a quienes habían sacrificado su vida en defensa de la democracia y, sin dejar de ser eso, en una celebración del poder de la ficción, capaz de subvenir a la historia allí donde los instrumentos de esta se muestran inoperantes. ¿Cómo compaginar esos dos postulados aparentemente opuestos, que habían servido de divisa a sendas concepciones del arte y la literatura contemporáneos: el compromiso social y político frente al formalismo esteticista y el juego intelectual? Y, lo más difícil, ¿cómo lograrlo sin hundir la novela en las arenas movedizas del tedio más letal? Fue clave que Cercas utilizara, como un cañamazo invisible, su propia evolución como escritor, que lo llevó desde la reflexividad y autoconsciencia posmodernas al compromiso moral (o cívico) con una posición ante la realidad.

Con ese propósito, creó un narrador autodiegético que llevaba su nombre y, como él, aspiraba a convertirse en un escritor de éxito, aunque, a diferencia de él, no era profesor universitario sino periodista, atravesaba un serio bache sentimental y andaba en busca de tema para el libro con el que necesitaba triunfar. La anécdota del fallido fusilamiento del escritor fascista Rafael Sánchez Mazas —oída a su hijo Rafael Sánchez Ferlosio— y su posterior salvación por parte de un miliciano que lo descubre y ni le dispara ni lo delata, le dio la materia. Pero de una forma borrosa, porque el narrador —el Cercas ficticio— está persuadido de que su protagonista ha de ser el falangista y su historia ha de ser la del proceso por el que sobrevivió cerca del santuario del Collell con ayuda de unos «amigos del bosque». De ahí que el gacetillero emprenda una investigación que debía culminar en la biografía de Sánchez Mazas o, por lo menos, en el relato que este les prometió a sus salvadores que haría y cuyo título tenía que ser Soldados de Salamina. Esta suerte de biografía ocupa, en forma de narración encastrada, la segunda de las tres partes de la novela: ahí tiene el lector lo que ha conseguido escribir el periodista, un retrato del fascista. Pero se percata de que no es eso lo que pretendía y siente que ha fracasado. Abatido ante sus propias limitaciones, cobra conciencia de que su protagonista no puede ser Sánchez Mazas, sino el soldado que decidió no disparar cuando nada le impedía hacerlo e incluso cuando tenía el deber de hacerlo: un soldado republicano genérico, sin nombre ni identidad, esto es, un héroe moral.
Para arrancar de la depresión a su narrador y activar la trama, Cercas introdujo en la novela a su amigo Roberto Bolaño con el fin de que su trasunto lo entrevistara y recibiera de él los consejos de un escritor de raza, que serían una lección formidable de ética literaria. Bolaño comparte con él su recuerdo de un viejo exiliado al que conoció en los veranos en que fue vigilante nocturno en un camping de playa: Antonio Miralles, un soldado que peleó contra el fascismo durante nueve años, primero en España y desde 1939 en la guerra europea. El periodista de inmediato acaricia la epifanía de que aquel Miralles sea el miliciano que no disparó y se obsesiona con encontrarlo para confirmar su hipótesis. Pero esa pesquisa está, obviamente, llamada a naufragar, porque los héroes sin nombre se disuelven en el olvido y carecen de paradero. El impulso de la búsqueda procede de un profundo deseo de filiación —y reconocimiento— y no de un deseo meramente periodístico-literario. La lección de Bolaño es sencilla y radical: el miliciano Miralles que el periodista Cercas se obstina en encontrar solo puede habitar en las palabras de una fábula imaginada. Si la verificación histórica es escurridiza y a menudo imposible, la ficción siempre proporciona la posibilidad de una verdad distinta, una verdad moral: no se puede hallar al Miralles concreto, pero se puede representar la grandeza y tragedia de tantos jóvenes que perdieron o torcieron su vida en lucha contra las tinieblas totalitarias y consiguieron que, por lo menos en Europa, la causa de la democracia acabara venciendo. Pero el novelista Javier Cercas sabe que esa disyuntiva (la de la verdad factual e histórica y la verdad moral encerrada en la ficción) no debe resolverla, sino mantenerla en un umbral ambiguo, entre el ser y el no ser, como el Borges de El Sur, de manera que el lector se vea obligado a tomar partido o a admitir, sin más, que el homenaje que le propone la novela —su verdad profunda— es inmune al hecho de que Miralles sea un anciano olvidado en un asilo de Dijon o sea un fantasma creado por el Cercas ficticio a sugerencia de Bolaño.
Estas sutilezas, concentradas en la tercera parte, «Cita en Stockton», trascienden el consabido cubileteo posmoderno entre la realidad y sus simulacros para apuntar al prodigioso dispositivo interno de toda ficción, que no es otro que la construcción de verdades hondas e intemporales capaces de apelar y conmover a lectores de latitudes y tiempos muy separados. De este modo, Soldados de Salamina no es solo una novela que puso de moda el hibridismo genérico (discurso autobiográfico, narración detectivesca, investigación histórica, periodismo, ensayo…) o el recurso de la autoficción para indagar en las grietas y deudas impagadas de la memoria histórica (una autoficción que otorgaba el primer plano narrativo a los nietos de quienes hicieron la guerra, los herederos morales de su memoria), sino que, siendo todo eso y más, desplegaba una apología in actu de los poderes de la ficción para llegar allí donde no alcanza el quehacer riguroso de los historiadores. En el territorio excepcional de la imaginación literaria, lo que en el mundo ordinario son canallada y estolidez (engañar y dejarse engañar) se transmutan en mecanismos virtuosos y necesarios, según una viejísima reflexión del sofista Gorgias sobre la invención literaria que a Cercas le gusta repetir: esta consiste en «un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar». El Cercas ficticio es honesto, porque entiende que debe inventarse a su héroe anónimo y que, tras entrevistarse con él y comprobar que su reticencia y su pudor le impiden admitir quién es, ha de bastar el ruego de un abrazo para que todo quede dicho, la soledad y el olvido, la falta de reconocimiento y gratitud, el peso de una derrota que para él —para los luchadores por la libertad que fueron derrotados en 1939— se perpetuó en el tiempo. Sin la esperanza de un acto de restitución que es justo lo que el periodista Cercas está dispuesto a asumir como misión: recordar y dignificar a quienes fueron engullidos por la desmemoria.
La novela ilustra, así, el tránsito de una literatura autorreferencial, deshistorizada y apolítica, enfrascada en juegos intertextuales y culturalistas, perdida en la casa encantada de los espejos donde solo se reflejaba a sí misma (a la manera de los grandes maestros Borges, Nabokov o Beckett) a una literatura que, teniendo muy activo ese bagaje, observa el mundo político y social, la historia reciente de nuestros países con sus clamorosas zonas de sombra y el presente siempre incierto en el que se debaten y entremezclan los conflictos individuales con los graves problemas colectivos. Tanto Mario Vargas Llosa (cuyo artículo «El sueño de los héroes» disparó el 3 de septiembre la notoriedad de Cercas) como Kenzaburo Oé identificaron este tránsito y lo celebraron. Luego vendrían los plácemes de Susan Sontag, George Steiner, W. G. Sebald, J. M. Coetzee… El público mayoritario respondió convirtiendo la novela en un fenómeno de ventas como pocos en este siglo: en dos años vendió más de medio millón de ejemplares.