POR DANY DÍAZ MEJÍA

Tengo un sueño. Mi padre, que murió en la calle, muere lentamente en una banca frente a mí. De pronto, la cara de mi padre se convierte en mi rostro, y me veo a mí mismo viéndome morir. Me despierto asustado. Paso las siguientes tres horas sin poder sacudirme el mareo que me provoca el avistamiento. Aunque racionalmente sé que solo es un sueño, hay una fractura en mi realidad, el antecedente verdadero de mi padre, quizás, que ralentiza mi recuperación de la pesadilla. No puedo articular a ciencia cierta, ni siquiera a mi paciente sicóloga, el mecanismo que se activa en mi mente ansiosa y que me escupe a un bucle de arenas movedizas. Sin embargo, reconozco ese mecanismo en Una cierta nostalgia (2000), el libro de cuentos de María Eugenia Ramos.

Decía Cortázar, en su ensayo «Del cuento breve y de sus alrededores» (Último round, 1969), que un cuento fantástico puede fracasar por su impermeabilidad, la falta de una vinculación convincente entre los elementos fantásticos y ordinarios de una historia. Un cuento memorable, por el contrario, respira. Respira como un organismo completo y de mecanismos imprevisibles, hasta el punto de volver al escritor un lector azorado de sí mismo. Este efecto de respiración armoniosa y total se encuentra en cada cuento de Una cierta nostalgia, lo que lo vuelve un libro delicioso e imprescindible de la narrativa hondureña de las últimas dos décadas.

La autora logra este efecto a través de un despliegue sostenido de habilidades técnicas y por la profundidad sicológica de sus personajes.

En el cuento Domingo por la noche, por ejemplo, Ramos emplea con destreza múltiples narradores. La historia empieza con un narrador omnisciente, que conoce los últimos acontecimientos en una ciudad sitiada. Luego nos adentra en los pensamientos de la protagonista, con un estilo indirecto libre, pero después, en el mismo párrafo, los pensamientos de la protagonista son interrumpidos por fragmentos de diálogo del marido, quien, aun sin entrar en escena, será una presencia narrativa importante. Es una manera sutil de mostrarnos el poder y la violencia que ejercen los hombres sobre la configuración simbólica del mundo, a tal punto que invaden incluso la estructura narrativa del texto.

La protagonista del cuento, cuyo nombre no sabemos, es la esposa del capitán Octavio Díaz. Se encuentra en la calle después del toque de queda. Se preocupa cuando se halla frente a dos militares, pero piensa que al ser la esposa del capitán estará a salvo. Sin embargo, sabe que nada está garantizado bajo ese régimen de excepción del cuento, que se vale del contexto de la guerra fría y las tensiones entre Honduras y El Salvador para mostrarnos el abuso del poder bajo pretextos patrióticos. Un eco de la Centroamérica de hoy.

Dos mujeres cruzan la acera y acaparan la atención de los militares, quienes las acusan de ser subversivas al ver que llevan un volante que exige el alto a la violencia contra las mujeres. El ejército se adueña de la noche como espacio: «solo las putas y los subversivos andan en las calles a estas horas», dice uno de los militares. Otro soldado hace referencia explícitamente a la violación como arma contra cualquier mujer que proteste. No disimula que le gusta esa parte de su trabajo. La naturalidad de su admisión hace al cuento brutal y vigente.

Sin embargo, cuando todo parece estar perdido, la protagonista interviene ingeniosamente para ayudar a las desconocidas.

Esa es una de las claves del libro. Sus personajes no se resignan al terror. Pero Ramos jamás cae en el panfleto. Sus personajes titubean, llevándonos, como lectores, a cuestionar lo heroico y las verdaderas razones, a veces impremeditadas, que nos llevan a jugarnos el pellejo. Los lectores de la serie de novelas Episodios de una guerra interminable de Almudena Grandes, obsesionada con contar la historia desde abajo, encontrarán una enorme afinidad en los retratos sicológicos de estos cuentos, aunque el contexto histórico sea difuso.

Una cierta nostalgia también está atravesado por lo fantástico y lo onírico. A pesar del contraste con los cuentos realistas, el libro mantiene su unidad e hilos conductores, a veces al compartir ejes temáticos como la violencia o la soledad, y a veces al continuar experimentado con aspectos formales, como el manejo del tiempo narrativo.

Por ejemplo, en el cuento Entre las cenizas, la autora nos ofrece una versión del cuento de la Cenicienta que combina elementos de una historia de caballería medieval, incluyendo una historia de amor, para luego trasladarnos al mundo de las pesadillas y volver al leitmotiv de la violencia como fuerza arrasadora. Mientras que en La partida no se sabe en qué mundo están los personajes. Parecen estar atrapados en algún tipo de dimensión paralela. Pero también parecen vivir en una estructura muy parecida o igual a una casa. Hacen que estalle su casa para saltar a lo desconocido.

La belleza, los celos y la obsesión emergen como temas centrales en La otra. Carmen es consumida por los celos, aun cuando no hay pruebas de por qué debería de estarlo. La narradora juega con la violencia. Se asume que la mirada de los hombres de la misa no es maliciosa, puesto que al saber que está comprometida, no pueden verla con ojos de lascivia. No porque no sean maliciosos o porque no exista el potencial de violencia en ellos, sino porque al ser propiedad de otro hombre, automáticamente se asume que deben respetarla.

La protagonista pasa de ser una fuente de belleza sublime, casi incorpórea, a convertirse en un recipiente de una ira incontenible, carcomida por un odio que «le crecía adentro como una llama hambrienta». A diferencia de Blancanieves de los hermanos Grimm, donde la dulce enemiga de la bruja del espejo es reivindicada, el espejo de La otra solo lleva a la autodestrucción, sin ninguna moraleja, y sin salvar al lector de la incomodidad de su eco.

Este es un recurso frecuente en los cuentos de Ramos, llevarnos al plano fantástico para mostrarnos las contradicciones de la realidad, jamás convenciéndonos con argumentos sociológicos, sino atrayéndonos con historias aparentemente sencillas, con ecos de cuentos de hadas, para luego arrastrarnos a contemplar una distorsión en el mundo, que desordena la lógica dentro de los universos que crea.

Imagen de María Eugenia Ramos. Fotografía de Fernando Destephen. Contracorriente.

El poeta Leopoldo María Panero en el prólogo a su libro El último hombre (1983) habla de la inquietante extrañeza como una fuerza cohesionadora, peligrosa y rompedora. El extrañamiento que surge del juego con la locura, con las distorsiones sicológicas que se confunden con lo familiar y aturden la imaginación del lector al enredarla en la imagen poética del libro. Una cierta nostalgia tiene mucho de esta inquietante extrañeza. Ramos inserta al lector en sus juegos narrativos, lo sumerge en mundos ambiguos y lo hace dudar de los límites entre locura y fantasía, realidad e imaginación. Por eso los cuentos más perturbadores del libro son donde más se difumina la línea entre lo perceptible y lo invisible. El extrañamiento como producto de la indeterminación. Lo inquietante como residuo de una realidad agrietada.

Así la solución del cuento Cuando se llevaron la noche variará en relación con nuestra percepción de la voz narrativa, ya sea que confiemos en ella como una guía de un ambiente metafísico y desconocido, o sospechemos de su percepción del mundo que dice describir. Ninguna solución es del todo satisfactoria, puesto que complica nuestra relación con el mundo narrativo, dejándonos atrapados entre una posible distorsión sicológica y la irrealidad.

Ramos también juega con los límites de la imaginación del lector. Introduce mundos familiares, tensa sus reglas, pero mantiene el embrujo de la narración. En Los visitantes unos seres extraterrestres interrumpen una escena violenta y trastocan el ordenamiento del mundo. Pero la estructura del relato deja entrever una posibilidad más oscura e inquietante, una mente atrapada en disociaciones sucesivas que nos hunde en una atmósfera en la que el tiempo no parece avanzar. Esa posible alteración del tiempo también contiene un nivel de consuelo sicológico, aun si es producto de una realidad deformada.

Ramos no cree en los fantasmas. Sin embargo, desde niña se ha sentido atraída por los cuentos góticos; el terror, la muerte, la locura y la oscuridad. En su juventud leyó a Cortázar y se interesó por la idea de lo fantástico como una parte oculta de la realidad, indicios que la mente logra entrever de forma inexplicable y momentánea. Para ella, diferentes mundos conviven dentro de una misma persona. Por eso le interesan los estados sicológicos alterados, como la locura y el extrañamiento, y escribe sobre ellos activamente, buscando desentrañarlos.

Aunque El vuelo del abejorro inicia como un aparente juego de música, con referencias a compositores rusos y europeos, su interés está en cómo la mente del protagonista logra extender el tiempo de su propia muerte, un mecanismo que recuerda El hombre muerto de Horacio Quiroga. Mientras que en Para elegir la muerte, la narradora moviliza el humor para introducir un mundo donde, aunque no se puede escoger cómo vivir, se puede elegir cómo morir. Aquí la realidad del mundo físico choca con lo fantástico para inquietar al lector: «la mayoría de los humanos morimos como lo que somos, animales».

La autora describe su escritura como un proceso instintivo, más atraída por asir imágenes que le llegan inconscientemente que por una trama específica. Pero también confiesa que las historias que más le gusta leer y escribir son en las que se da un golpe al lector a través de giros narrativos, que tienen que ver más con trastocar la atmósfera que la trama.

Cuando Ramos empezó a escribir Una cierta nostalgia no quería ser escritora. Desde pequeña lleva consigo un diario donde hace infinitas anotaciones. Tiene muchos cuadernos llenos de apuntes. En estas notas, por lo general, encuentra las imágenes de sus cuentos, bajo un proceso alquímico, misterioso aun para la misma autora. Nunca se sintió presionada por publicar. Acepta no ser una autora prolífica con la naturalidad de quien acepta el rojo como su color favorito.

Por eso, Una cierta nostalgia se escribió durante muchos años. Ramos escribió el cuento El visitante, por ejemplo, cuando tenía dieciocho años, pero fue hasta 20 años después cuando apareció en una muestra de sus cuentos para el suplemento cultural del diario hondureño El Heraldo. Al reunir los cuentos para esa muestra, impulsada por el poeta hondureño Óscar Acosta, se dio cuenta de que, si consideraba sus otros cuentos, tenía un libro entre sus manos, el cual apareció por primera vez en el año 2000 en la editorial Guardabarranco.

Después de que se publicó el libro, Ramos no pensó en él por muchos años. Diez años después fue invitada a presentarlo en un evento literario en Roma, y en 2011 el libro llegó a la Feria del Libro de Guadalajara donde María Eugenia Ramos fue nombrada en la lista de «Los 25 secretos literarios mejor guardados de América Latina». Tenía 51 años. En el 2016 la editorial Guaymuras de Honduras publicó la última edición del libro.

En una literatura nacional marcada por las profundidades de la herida social —como el golpe de Estado, el narcotráfico, las pandillas y las migraciones—, resulta extraño que Una cierta nostalgia, un libro que rompe ese canon temático, siga persistiendo. No creo que tenga que ver exclusivamente con su rebeldía formal. Más bien, creo que, desde su inquietante extrañeza, la escritura de María Eugenia Ramos activa en el lector otra manera de acercarse al mundo, una mirada que le está vedada a los canales habituales de la percepción.

Regreso a mi sueño. Mi sicóloga insiste en que enfrentarme al mundo onírico es un camino a la sanación. Yo le creo. Quizás esté ahí la vigencia de Una cierta nostalgia. Al trasmutar la realidad en símbolos fantásticos nos permite digerirla mejor, sin promesas de reconciliación. La exposición a la extrañeza de Ramos, en lo que Borges llamó el álgebra de la creación, es probablemente un sendero a lo más cercano que podremos estar de la sanación, acorralados por una realidad agrietada donde incluso la nostalgia es incierta.