POR LUIS H. CASTAÑEDA

Hace veintiséis años, en un sello universitario de difusión limitada, se publicó una de las novelas más discretamente influyentes de la narrativa peruana del actual siglo: La disciplina de la vanidad, el cuarto libro de ficción del entonces conductor televisivo y bloguero literario Iván Thays, recordado hoy por sus Notas Moleskine. Para el año 2000, Thays era un autor reconocido en su país, además de participar de una novísima generación de peruanos internacionales como Fernando Iwasaki, Jorge Eduardo Benavides y Santiago Roncagliolo, entre otros. Pese a su presencia digital y a ser invitado a festivales de la época, como el primer Encuentro de Escritores Latinoamericanos en Sevilla (2003), que fuera la última aparición pública de Roberto Bolaño un mes antes de su fallecimiento, Thays lograría insertarse en el sistema editorial español con la novela Un lugar llamado Oreja de Perro, finalista del Premio Herralde en 2008. Reeditada en el Perú en 2019, La disciplina de la vanidad nunca apareció en España, a pesar de su parentesco con títulos de aquellos tiempos como Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas. En 2011 la editorial Anagrama lanzó Un sueño fugaz, un fino libro de cuentos desgajado de La disciplina de la vanidad (que es una novela, cierto, pero no sólo una novela), cuyo legado es mayor de lo que su módica circulación permitiría suponer. Existe en el Perú una hornada de escritores marcados por ese libro, que legitimó ciertas claves de escritura y maneras de sentir lo literario novedosas para el contexto: hibridez formal, identidad cosmopolita, reflexión metaliteraria, humor liberado, voz autoficcional. Si bien la narrativa peruana del siglo XXI ofrece novelas más visibles, entre ellas La hora azul (2005), de Alonso Cueto, No somos nosotros (2023), de Katya Adaui y el díptico Vivir abajo (2019)/Minimosca (2024), de Gustavo Faverón, creo que no me arriesgo mucho si afirmo que la de Thays ha sido la más inspiradora y formativa de las dos décadas últimas, aunque sin hacer demasiados aspavientos.

En pocas palabras, La disciplina de la vanidad trata de las aspiraciones y frivolidades de los escritores, sobre todo de los que asisten a los congresos para darse aires y escalar posiciones dentro del mundillo literario. La génesis del texto, según cuenta el propio Thays, estuvo en una visita que el autor realizó a México para participar en un encuentro de esa naturaleza. Era un evento organizado en la Universidad del Claustro de Sor Juana, al que fue invitado por Mario Bellatin. El autor de Salón de belleza acababa de dejar el Perú, donde publicó sus primeros libros (y cultivó grandes amistades, como la de Thays), para afincarse en Ciudad de México. Recuerda Thays que estando en el auto de Bellatin rumbo al encuentro, este le preguntó si estaba escribiendo algo; lo cierto es que no estaba escribiendo nada, pero, para no quedarse atrás, aseguró que sí y que el discurso que leería ese día era parte de un proyecto titulado La disciplina de la vanidad, ocurrencia de ingenio que fascinó a Bellatin de entrada. Andando el tiempo, y no sin una sana dosis de autoironía, Thays encontró un primer modelo para el improvisado libro mexicano en las Meditaciones sobre un palo de escoba, de Jonathan Swift, la conocida sátira que se burla de las ambiciones del hombre comparándolo con la escoba (que figura en la novela como el «palo ensebado»). La idea surgió, pues, como una broma entre amigos dentro de una charla entre colegas, una escena que quedó plasmada en la obra final, donde ambos escritores cuentan con un alter ego tan reconocible como transfigurado: Mario Bellatin es Mario, y la charla en México se repite en la ficción, cuando este encara al narrador-protagonista con sarcasmo y honestidad: «No mientas, hombre; no me vas a decir que has venido a un encuentro de escritores en España sin un inédito bajo el brazo. Anda, dame eso que tienes cerrado con un listón que dice: Para ser leído sólo por Carmen Balcells» (60).

He sugerido que esta no es sólo una novela, y es que el texto está formado por una trinidad de hilos entrelazados: hay una trama convencional, sí, que podría inscribirse dentro del subgénero de las «novelas de evento literario», como El congreso de literatura (1996), de César Aira, Arno Schmidt (2014), de Mariano Dupont o Mona (2019), de Pola Oloixarac. Los episodios de esa trama vienen entreverados con un reguero de breves y largas citas de autores variopintos, así como de reflexiones del narrador sobre el arte de narrar. Una dimensión meditativa afín al estilo de Sergio Pitol, aludido más de una vez en la novela, se ve complementada por un libro de cuentos completo, cuyo inusual título es Los alces premeditados (el que será retitulado como Un sueño fugaz). El cuentista es el narrador-protagonista de la trama central, un joven escritor que parece una reformulación distorsionada, algo cómica, del Thays aprendiz. En síntesis, se podría hablar de tres líneas mezcladas que van cruzándose y descruzándose en una suerte de trílogo de gran variedad y coherencia simultáneas. Este es uno de los méritos capitales de la novela, que pese a cautivar y distraer gracias a su aparente dispersión, nunca se aleja mucho de su núcleo obsesivo (subrayado desde el título). Tres líneas, decía, que podríamos denominar la novelesca, la ensayística y la cuentística, cada una con sus personajes y sus peripecias, aunque todas ancladas en la «disciplina de la vanidad»  —que Mario Vargas Llosa compararía, quizá, con la férrea rutina de encauzar el fuego—, o tal vez en la vanidad de la disciplina, su gemelo perverso llamado careerism: esa aberración que tan ligada al gusto por los reflectores, la promoción del ego a toda costa y el arribismo literario como divisa.

Imagen de Iván Thays. Fotográfico de Carlos Wetherman.

Resumo el argumento, que ofrece una dura (y divertida) crítica de los vicios señalados y resulta sintomático de las mutaciones del campo literario de inicios de siglo XXI: la historia es la del viaje de noventa jóvenes autores de Hispanoamérica, invitados por una fundación cultural española a un congreso en el pueblo andaluz de Morillo. La ambición de estos principiantes es la de trascender fronteras con su talento, los mueve lo que el crítico Mariano Siskind llamó un «deseo de mundo»: un proyecto representado no sin ironía. La broma de Mario sobre el inédito del narrador no es sólo una boutade: en Morillo corren rumores de que la mítica agente literaria Carmen Balcells, hada madrina del boom latinoamericano, deambula —disfrazada de camarera o quizá de groupie— por el ficticio Centro de Escritores Jóvenes (CEJ) en busca de rostros frescos. El fantasma de Balcells subraya un tema de fondo: una cierta crisis de creatividad en la literatura hispanoamericana, acompañada de nostalgia por un pasado glorioso que debe ser revivido a como dé lugar, aunque sea como simulacro. La sed de reconocimiento de los escritores y la soberbia de casi todos, que poco piensan en libros que no sean los suyos y pasan demasiado tiempo persiguiendo los micrófonos, crean una atmósfera de competitividad engreída y sospecha paranoica que convierte un acontecimiento presuntamente literario en una escaramuza farsesca, tan frívola como peligrosa, y finalmente condenada a la violencia, el homicidio y la desbandada. El propio narrador no es inmune a los encantos del relumbrón, de los que irá despertando poco a poco gracias, en medida no menor, a la corrosiva lucidez de su amigo Mario, quien observa los sucesos del CEJ desde una ácida distancia. Al final, el grupo se desintegra al modo de un happening, con las brillantes jóvenes promesas huyendo despavoridas para salvar la vida de un rinoceronte: delirante atractivo «turístico» del evento y símbolo de la vocación genuina. Al releer estas páginas después de casi tres décadas, escritas antes de las redes sociales y sus patrullas de influencers, uno percibe que la temida desviación se ha vuelto la norma contemporánea y que los ideales aquí descritos, si bien podrían parecer utópicos y enternecedores en su defensa de una pureza más imaginada que perdida, esos ideales quijotescos siguen activando lo que resta de vivo y genuino en el diluido espíritu del escritor actual.  

Este rinoceronte tiene connotaciones positivas ligadas a la «literatura en serio», pero tampoco se puede ignorar que se trata de un animal encadenado y fuera de lugar, aherrojado y espectacularizado, símbolo de un arte domesticado: acaso una imagen crítica de la estandarización posboom, aquel «nuevo internacionalismo» de la prosa neutra(lizada) tan deplorado por críticos como Ignacio Echevarría, por uniformizador. No cabe duda de que el congreso literario aparece como una alegoría del filo cercenador del mercado, que busca someter, exprimir y canalizar el talento bruto, por no decir salvaje. No es coincidencia que el trazado del CEJ, con su falsa hospitalidad, sea el de una cárcel trunca, con austeras barracas para los invitados (o internos). Para preservar su integridad física, el narrador debe escapar del pesadillesco festival, experiencia de la que extrae una epifanía acerca de su futuro y de su siguiente libro. Después de que el escritor camerunés Mboma —obviamente inspirado en el nigeriano Wole Soyinka— es asesinado por uno de los desquiciados y ambiciosos jóvenes, el protagonista vuelve a Lima, una megalópolis transformada en paradójico refugio pastoril, donde al fin podrá escribir una obra auténtica cuya verdad está dada, hay que subrayarlo, por sus condiciones de escritura. Lejos del sistema literario y sus batallas absurdas, al margen de la pugna por la fama y el prestigio, se retorna a lo esencial: la soledad, el empeño y la concentración cotidianos de la disciplina de la vanidad, que es sólo otra forma de designar la consagración artesana, forzosamente humilde y silenciosa, al trato con las palabras. 

«Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito», concluye el narrador, atracando a Shakespeare, al cerrarse la historia. Su espacio infinito es la vasta patria interior que se despliega en un lugar aparentemente estrecho, como la periférica y remota Lima. No se recluye allí, no obstante, para realizar una obra literaria mayor, trascendente, revolucionaria: la disciplina de la vanidad es alérgica a los aires de grandeza y prefiere lo pequeño y lo íntimo, incluso lo trivial, puesto que el arte de narrar historias es, afirma él, un pasatiempo para distraerse de la muerte. No hay que darle una mayor importancia. Más allá de los méritos formales que he señalado, sin olvidar los dispositivos del humor ya comentados —de la autoironía risueña al sarcasmo más grueso—, uno de los mayores aportes de La disciplina de la vanidad es su renuncia pública, combativa y ruidosa, al «manual de escritura para escritores latinoamericanos» que muchos narradores parecen seguir, incluso hasta hoy. La primera consigna exige abordar «las grandes preguntas celestes», como diría el poeta Antonio Cisneros, adjudicadas a la región por decreto geopolítico, esa carretera de dos direcciones que va y viene entre la dictadura y la precariedad, y que alguna vez hizo escala en el realismo mágico. No debe admirar, por ello, que Iván Thays reivindique siempre a Luis Loayza, el genio discreto de las letras peruanas, como su maestro y el mejor prosista del país. Ajeno a la cosa pública y abrazado a sus obsesiones, la narrativa de Thays inauguró una ruta distinta, absolutamente propia, que algunos han seguido y otros, espero, seguirán.